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ARTICULO
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6
de Julio de 2000 |
El Ají Yanqui
Humores, escosores y cambios en la diplomacia
gringa respecto al Perú.
ESTE año los centenares de invitados a la recepción
del 4 de julio en la Embajada de Estados Unidos escucharon con particular
atención el discurso del embajador John Hamilton.
Su predecesor, Dennis Jett, había sido un diplomático inusualmente
franco en sus críticas de los notorios excesos autoritarios cometidos
entre 1996 y 1999 por el gobierno del Presidente Fujimori. Algunos atribuían
sus comentarios tajantes no sólo a las circunstancias mismas (como
la toma de Canal 2) sino a un estilo personal y al hecho de estar casado
con Linda Schuster, una afamada ex corresponsal de guerra.
Otros señalaban que lo que decía Jett era un simple reflejo
de la política de su gobierno -y eso era lo más probable.
Entonces, hace un año, llegó Hamilton y el estilo se morigeró.
No es, por cierto, extraño que un gobierno cambie de táctica
en sus relaciones con otro y utilice para ello un relevo de representantes.
Antes hubo hincones y ahora sería por la buenas.
Pero entonces se inició el proceso electoral con todas sus trapacerías,
y en el curso de la primera vuelta y de la segunda, del cómputo
prolongado y dudoso, de las discusiones en la OEA y del nombramiento con
visita de la Misión de Alto Nivel, las declaraciones del embajador
cambiaron de tono en una y otra dirección, como siguiendo indicaciones
dubitativas.

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Embajador
John Hamilton. Derecha, Estado mayor diplomático norteamericano:
Thomas Pickering, Peter Romero, Arturo Valenzuela, Luis Lauredo
y `Buddy' MacKay.
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Por eso, esta vez, muchos se preguntaban por el énfasis que pondría
Hamilton en sus palabras al celebrar la fiesta nacional de su país.
Y la verdad es que, con toda la amabilidad del caso, el embajador llegó
a señalar específicamente que le tocaba sobre todo al gobierno
fujimorista actuar lo antes posible sobre las medidas "democratizadoras"
recomendadas por la OEA, y que las operaciones cosméticas no bastarían.
Esto no estuvo mal y seguramente fue un reflejo de la última declaración
emanada de la Casa Blanca a raíz del triunfo de la alternancia
en México -declaración que, por cierto, coloca a nuestro
gobierno en un club de apestados antidemocráticos con Cuba, Haití
y Venezuela.
Quizás eso explicara la ausencia total de militares peruanos en
la recepción, aunque Keiko Fujimori y el canciller Fernando de
Trazegnies sí se hicieron presentes.
Pero ¿es que el gobierno norteamericano ha tenido una actitud cambiante
frente al desarrollo del autoritarismo en el Perú?
Definitivamente.
Primero fue la etapa crítica de Jett, pero después, cuando
el Presidente Fujimori inscribió su candidatura en vísperas
del Día de los Inocentes para postular por tercera vez consecutiva
al estilo de Ferdinand Marcos, la manifiesta inconstitucionalidad del
acto y la batahola desatada en el Perú entre las fuerzas democráticas
no tuvo registro en Washington. Un comunicado del Departamento de Estado
apenas aludió a la esperanza de que en las elecciones ganara el
mejor.
El Centro Carter y el DNI se aprestaron a realizar una observación
electoral, pero en ese grupo no se pensó en incluir al propio Jimmy
ni a algún congresista de peso norteamericano.
El gobierno fujimorista hizo gestiones entonces para que la OEA enviara
su propia misión de observadores, confiado en que ésta sería
pasiva y complaciente como las anteriores, y capaz de neutralizar un informe
adverso del Instituto Carter. Pero la OEA tuvo problemas iniciales en
armar la expedición porque el gobierno norteamericano no estuvo
interesado en proporcionar los US$ 275.000 necesarios para financiar las
operaciones del embajador Eduardo Stein y compañía.
Esto cambió, sin embargo, el 29 de febrero cuando El Comerció
comenzó a publicar sus primicias sobre la falsificación
de un millón de firmas para inscribir a Perú 2000.
El caso se convirtió en noticia de primera plana en la prensa norteamericana
y fue seguida de los aprestos del régimen para reprimir judicialmente
al diario -hecho denunciado en la propia asamblea anual de la Sociedad
Interamericana de Prensa.
Siguieron las visitas de Alberto Bustamante Belaunde a Washington, las
que, según diversos analistas allá, empeoraron las cosas.
El Primer Ministro se ha contagiado del estilo arrogante y cínico
de nuestro ya rancio oficialismo, y éste no cae bien en todas partes.
De hecho, en esas semanas ambas Cámaras del Congreso norteamericano
aprobaron por voto bipartidario la Resolución 43 que pone en salmuera
las relaciones políticas, económicas y militares con nuestro
país.
En las semanas que siguieron, las observaciones críticas a la manipulación
del proceso electoral planteadas por Stein y el Instituto Carter no sólo
fueron ignoradas o burladas sino rechazadas por el candidato a la vicepresidencia
Francisco Tudela como actitudes neocolonialistas.
La prensa internacional crucificó al régimen en forma virtualmente
unánime, acusándolo de montar un fraude, y cuando el gobierno
jugó con la idea de atribuirse un triunfo en primera vuelta, recibió
el peso de las presiones internacionales más enfáticas para
evitar esa provocación. En ellas participaron tanto la embajada
de los Estados Unidos como las de la Comunidad Europea.
Fue ése quizás el momento cumbre en la firmeza de la posición
norteamericana. Logrado el objetivo de evitar un robo electoral espectacular,
el compromiso democrático pareció perder adeptos en la maraña
de estamentos que constituyen el poder en Estados Unidos.
Por cierto que el lunes posterior al soliloquio del 28 de mayo emanó
del Departamento de Estado una declaración que aludía a
las elecciones como "no válidas". Pero el término fue aclarado
al día siguiente como parte de un memorándum no oficial
emitido por una vocero de turno en un día de fiesta.
También es cierto que en las discusiones en el Consejo Permanente
de la OEA y posteriormente en la Asamblea General en Canadá, el
embajador norteamericano ante el organismo Luis Lauredo se pronunció
a favor de tomar medidas enérgicas e invocar la Resolución
1080 para llevar a cabo una reunión ad hoc de cancilleres.
Sin embargo, cuando la mayoría de la OEA se inclinó en otra
dirección, el Departamento de Estado cedió y la falta de
un plan operativo y un cronograma razonable en la Misión de Alto
Nivel refleja la ambivalencia diplomática norteamericana y un vaivén
algo desinteresado en la Casa Blanca.
Lauredo responde a las indicaciones de Peter Romero, el Subsecretario
de Estado a cargo del Hemisferio Occidental. Este, junto con Thomas Pickering,
el Subsecretario de estado para Asuntos Políticos, parece favorecer
el plan de "democratizar" a Fujimori durante 5 años más
en lugar de apoyar a la oposición en un esquema que acorte el tercer
mandato del Chino -y esto quizás porque no están convencidos
de la capacidad de Alejandro Toledo para juntar las piezas.
Más comprometidos con la alternancia parecen estar Harold Koh,
el Subsecretario para la Democracia, los Derechos Humanos y Asuntos Laborales,
y Arturo Valenzuela del Consejo Nacional de Seguridad.
Cuando el autogolpe de 1992, recuerda la profesora Cynthia Mc Clintock,
el entonces Presidente George Bush llamó al Ing. Fujimori y habló
con él durante 35 minutos.
Más aún, a las 24 horas de ese evento, el BID suspendió
el desembolso de un préstamos de US$ 100 millones.
Nada parecido ha sucedido ahora, aunque la aprobación de la Resolución
43, y de la Enmienda 3521 en el Congreso norteamericano van en camino
a acarrear problemas a la economía nacional. La 3521 establece
un límite de 90 días para que el Departamento de Estado
informe sobre los avances en el proceso de democratización. Como
la intención del fujimorato parece apuntar en otra dirección,
allí puede doler.
Por otro lado, el Congreso de EE.UU. ya ha suspendido una asignación
suplementaria de US$ 42 millones. Se estima que entre 1992 y 1998 el Perú
ha sido el país más favorecido de la región por la
ayuda financiera norteamericana y que entre pitos y flautas el aporte
para la lucha antidrogas ha estado llegando a US$160 millones.
En otras palabras, si bien el Ejecutivo duda entre consideraciones de
real politique y la defensa de la democracia y los derechos humanos
en el Perú, el Congreso de ese país está ya empezando
a aplicar sanciones.
Al columpio de esta relación cambiante se ha añadido un
peso que no podrá ser ignorado en el futuro inmediato.
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