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EDITORIAL
ES difícil encontrar Fiestas Patrias en la historia que
se hayan celebrado en circunstancias más grotescas y desalentadores
como éstas.
Inauguran un abusivo tercer mandato del Ing. Alberto Fujimori en medio
del más generalizado ostracismo internacional. Dan trámite
formal al inicio de un gobierno que es inconstitucional en su origen e
ilegítimo por varios motivos.
Remachan una situación denunciada a lo largo de un proceso electoral
fraudulento, manipulado deliberadamente a pesar de todas las advertencias.
Instalan una mayoría parlamentaria lograda en base a la traición
y al soborno que es una vergüenza para el Perú, como si con
esa galería de doce Judas, que recibe los escupitajos del pueblo
y las pesetas de la galería, se quisiera terminar de demoler la
dignidad nacional.
La Bolsa de Valores se ha desplomado y la inversión extranjera
también. La economía anda por los suelos, como el empleo
y los salarios. La supervivencia de muchos miles de empresas nacionales
peligra. Consecuentemente, y antes de reasumir el mando, ha caído
la popularidad del mandatario reincidente.
Pero quizás la peor característica de esta encrucijada es
la incertidumbre sobre el futuro.
En 1990, en medio de la hiperinflación y el terrorismo, existían
algunos parámetros básicos para revertir esa crítica
situación.
Había que aplicar el proceso de reestructuración económica
que ya se difundía en el resto del continente, y al iniciarlo el
nuevo régimen peruano fue recibido por la comunidad financiera
internacional como si se tratara de un hijo pródigo que retornaba
al regazo del llamado "consenso de Washington".
Ahora son sanciones las que amenazan desde Washington y el gobierno, cargado
como está con un servicio severo de la deuda externa y un déficit
fiscal peligroso, confronta el rechazo del resto del mundo desarrollado
con un creciente desconcierto doctrinario.
El terrorismo. por otro lado, era hace diez años el enemigo que
se debía combatir policial, militar e inteligentemente, pero ahora
el régimen parece empeñado en acentuar las condiciones de
asfixia política, convulsión social, y penuria económica
que dieron origen a la violencia en primer lugar.
La alternancia en el poder oxigena la vida política, pero en el
Perú de hoy se perpetúa un sistema que se hace rancio y
corrupto, y en el que, como escandalosa muestra, se acepta que el jefe
de facto de los sistemas de Inteligencia, y el factótum de los
entripados con vigencia, maneje ingresos millonarios en su cuenta personal
sin dar explicaciones.
En estas Fiestas Patrias, por lo tanto, el Perú está en
un proceso de subdesarrollo cívico, con un primer vicepresidente
propenso al disfuerzo contradictorio y un cacique oficialista proclive
al negocio, que recibe ovaciones de su maquinaria encaramado sobre un
millón de firmas falsificadas.
Las fuerzas de la oposición, mientras tanto, hacen esfuerzos por
enhebrarse, pero esto no es fácil después de una década
de acciones oficiales para desprestigiar y demoler a dirigentes y partidos,
organizaciones y gobiernos locales.
El caso de Alberto Andrade y las agresiones contra Lima del gobierno central
son un buen ejemplo de estos extremos.
Así las cosas no pueden faltar la improvisación ni congresistas
elegidos que compitan con los gobiernistas en niveles muy modestos, prometiendo
así un Congreso pintoresco.
El empobrecimiento de la actividad política es consecuencia y herencia
de los regímenes autoritarios, que dejan naciones al garete.
Sin embargo, y a pesar de todo, subsiste tercamente en el Perú
un núcleo pensante de dirigentes nuevos y antiguos, y un fenómeno
de masas de singular importancia, que son los elementos para construir
una alternativa.
Construir esa alternativa viable es de singular importancia, porque este
gobierno está condenado, y como no piensa aplicar en lo substancial
las iniciativas "democratizadoras" de la OEA, como considera que esa agenda
no debe dejar de ser un paliativo para engañar a la comunidad internacional,
seguirá estando condenado.
Así que después de las quejas y denuncias hay que remangarse
las mangas del optimismo. El futuro se ganará no sólo en
las calles sino en las mentes de tanta gente capaz que tiene nuestro país,
gente que cree que el progreso real se consolida en democracia y no a
través de presuntos hombres providenciales.
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