Edición N† 1629

 

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    26 de Julio de 2000

    EDITORIAL

    ES difícil encontrar Fiestas Patrias en la historia que se hayan celebrado en circunstancias más grotescas y desalentadores como éstas.
    Inauguran un abusivo tercer mandato del Ing. Alberto Fujimori en medio del más generalizado ostracismo internacional. Dan trámite formal al inicio de un gobierno que es inconstitucional en su origen e ilegítimo por varios motivos.
    Remachan una situación denunciada a lo largo de un proceso electoral fraudulento, manipulado deliberadamente a pesar de todas las advertencias.
    Instalan una mayoría parlamentaria lograda en base a la traición y al soborno que es una vergüenza para el Perú, como si con esa galería de doce Judas, que recibe los escupitajos del pueblo y las pesetas de la galería, se quisiera terminar de demoler la dignidad nacional.
    La Bolsa de Valores se ha desplomado y la inversión extranjera también. La economía anda por los suelos, como el empleo y los salarios. La supervivencia de muchos miles de empresas nacionales peligra. Consecuentemente, y antes de reasumir el mando, ha caído la popularidad del mandatario reincidente.
    Pero quizás la peor característica de esta encrucijada es la incertidumbre sobre el futuro.
    En 1990, en medio de la hiperinflación y el terrorismo, existían algunos parámetros básicos para revertir esa crítica situación.
    Había que aplicar el proceso de reestructuración económica que ya se difundía en el resto del continente, y al iniciarlo el nuevo régimen peruano fue recibido por la comunidad financiera internacional como si se tratara de un hijo pródigo que retornaba al regazo del llamado "consenso de Washington".
    Ahora son sanciones las que amenazan desde Washington y el gobierno, cargado como está con un servicio severo de la deuda externa y un déficit fiscal peligroso, confronta el rechazo del resto del mundo desarrollado con un creciente desconcierto doctrinario.
    El terrorismo. por otro lado, era hace diez años el enemigo que se debía combatir policial, militar e inteligentemente, pero ahora el régimen parece empeñado en acentuar las condiciones de asfixia política, convulsión social, y penuria económica que dieron origen a la violencia en primer lugar.
    La alternancia en el poder oxigena la vida política, pero en el Perú de hoy se perpetúa un sistema que se hace rancio y corrupto, y en el que, como escandalosa muestra, se acepta que el jefe de facto de los sistemas de Inteligencia, y el factótum de los entripados con vigencia, maneje ingresos millonarios en su cuenta personal sin dar explicaciones.
    En estas Fiestas Patrias, por lo tanto, el Perú está en un proceso de subdesarrollo cívico, con un primer vicepresidente propenso al disfuerzo contradictorio y un cacique oficialista proclive al negocio, que recibe ovaciones de su maquinaria encaramado sobre un millón de firmas falsificadas.
    Las fuerzas de la oposición, mientras tanto, hacen esfuerzos por enhebrarse, pero esto no es fácil después de una década de acciones oficiales para desprestigiar y demoler a dirigentes y partidos, organizaciones y gobiernos locales.
    El caso de Alberto Andrade y las agresiones contra Lima del gobierno central son un buen ejemplo de estos extremos.
    Así las cosas no pueden faltar la improvisación ni congresistas elegidos que compitan con los gobiernistas en niveles muy modestos, prometiendo así un Congreso pintoresco.
    El empobrecimiento de la actividad política es consecuencia y herencia de los regímenes autoritarios, que dejan naciones al garete.
    Sin embargo, y a pesar de todo, subsiste tercamente en el Perú un núcleo pensante de dirigentes nuevos y antiguos, y un fenómeno de masas de singular importancia, que son los elementos para construir una alternativa.
    Construir esa alternativa viable es de singular importancia, porque este gobierno está condenado, y como no piensa aplicar en lo substancial las iniciativas "democratizadoras" de la OEA, como considera que esa agenda no debe dejar de ser un paliativo para engañar a la comunidad internacional, seguirá estando condenado.
    Así que después de las quejas y denuncias hay que remangarse las mangas del optimismo. El futuro se ganará no sólo en las calles sino en las mentes de tanta gente capaz que tiene nuestro país, gente que cree que el progreso real se consolida en democracia y no a través de presuntos hombres providenciales.



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