Edición N† 1629
 

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    26 de Julio de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Ilegitimidad Insoportable
    LA enorme movilización de los Cuatro Suyos no es una manifestación electoral en apoyo a algún candidato, pues no hay comicios convocados. No se trata de exigir alguna reivindicación específica, como aumento de salarios o agua y luz para un pueblo joven. ¿Qué es lo que puede movilizar entonces a decenas o cientos de miles de personas en todo el país? La indignación de la población con el gobierno de Vladimiro Montesinos y Alberto Fujimori, sin duda.
    Esa es la motivación básica que congregará a los manifestantes durante tres días, en un hecho sin precedentes en las últimas décadas.
    La gente está harta de este Gobierno y no está dispuesta a soportarlo cinco años más. También parece ser muy claro para la mayoría de los ciudadanos que un régimen producto de un fraude escandaloso no merece respeto y carece de legitimidad.
    Por eso la población está dispuesta a desafiarlo y a no permitir que permanezca cinco años más en el poder. Es decir, se ha hecho insoportable para un amplio espectro de la sociedad, la sola idea de tener que seguir tolerando indefinidamente la arbitrariedad, la corrupción, el cinismo y el desastre económico que este Gobierno representa.

    Ese cambio en la conciencia popular es un factor muy importante. En el período 1995-2000 el Gobierno era igualmente corrupto e inepto, pero se le reconocían cierto logros y la ciudadanía estaba dispuesta a respetar los resultados de las elecciones. Hoy día ya no.
    Tiene razón el cientista político norteamericano Samuel Huntington cuando sostiene que para acabar con este tipo de gobiernos hay que "centrar la atención sobre la ilegitimidad o dudosa legitimidad del régimen autoritario" porque ése es su punto más vulnerable. Y que eso tiene efecto sólo cuando la situación económica, producto de los errores del régimen, se deteriora.
    Cuando la economía crece y muchos se benefician, en países sin tradición democrática como el Perú, la mayoría tolera sin grandes reparos las dictaduras. Eso ocurrió con el general Juan Velasco Alvarado, los primeros años de su gobierno. Y antes con Manuel Odría y Augusto B. Leguía.
    Pero cuando las cosas comienzan a marchar mal, la gente busca un cambio. Y ahí vienen los problemas. Porque en una democracia, cuando un Gobierno es dañino, existen mecanismos para hacerlo variar de polìtica y si eso no ocurre, para cambiarlo al final de su mandato. Pero con una dictadura que intenta perpetuarse indefinidamente, no hay manera razonable y establecida anticipadamente, en reglas predecibles, para reemplazarla.
    Desde 1987, cuando la economía empezó a descomponerse, Alan García entró en una espiral descendente. Pero todo el mundo sabía que su gobierno terminaba el 28 de julio de 1990 y que el mecanismo para cambiar de rumbo eran las elecciones.
    Hoy día nadie sabe cuándo terminará el gobierno de Montesinos y Fujimori. Porque es obvio que si llegan hasta el 2005, significará que han logrado doblegar al pueblo peruano y aplacar a la comunidad internacional. Por tanto, creerán -con toda razón- que si lo hicieron en esta ocasión, pueden seguir haciéndolo en el futuro. Y harán un nuevo fraude enfilando hacia el 2010. Y así indefinidamente,
    Eso lo saben ellos. La novedad es que también lo entienden la mayoría de los peruanos. Por eso no están dispuestos a esperar cinco años más.
    La alternativa que planteó Alejandro Toledo y la oposición democrática -nuevas elecciones- es la que puede propiciar una transformación rápida, pacífica y aceptable. Ya sea como la que se forzó en República Dominicana en 1994 o en Guatemala en 1993, con un Gobierno transitorio que presidió el Defensor del Pueblo, Ramiro de León Carpio.
    Salidas a la crisis política existen. El asunto es persistir en ellas. El Gobierno pretende que la población se canse y se resigne. Hasta ahora está fracasando en ese intento, porque la protesta no amaina y sigue creciendo.
    Si la marcha de los Cuatro Suyos es exitosa, se reafirmará la voluntad ciudadana de perseverar en nuevas acciones, hasta terminar con el régimen ilegítimo y fraudulento.


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