Edición N† 1629

 

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    26 de Julio de 2000
    Por AUGUSTO ELMORE

    LOS Cuatro Suyos en realidad son nuestros, de todos los peruanos. Será, probablemente (esperamos y necesitamos) la marcha más grande que se haya visto en la historia del Perú, que servirá para demostrar que esa parte del himno nacional que dice: "mas apenas el grito sagrado ¡Libertad! en sus costas se oyó, la indolencia de esclavo sacude y la humillada cerviz levantó", es hoy más vigente que nunca. El pueblo de toda condición, la clase media pauperizada, los trabajadores sin trabajo, la juventud en pleno, saldrán a las calles a demostrar aquello que suele escucharse en las manifestaciones: ¡El miedo se acabó!

    Por primera vez en años oigo hablar a la gente en voz alta, en el taxi, en la calle, en cualquiera lugar, expresando su malestar por la condición de vida en la que ha sido sumida por un gobierno ineficaz en lo económico e inmoral en lo político, que usa tretas tan groseras como ésa del supuesto bono guerrillero que con el rostro de Toledo y los símbolos de Sendero y Perú Posible está distribuyendo por todas partes, atribuyéndole a la Marcha de los Cuatro Suyos una intención violenta que ha sido reiteradamente negada por sus organizadores. Es tan, pero tan grosera la manipulación que ni el más tonto de los propios gobiernistas dejará de darse cuenta de que es una maniobra.

    Aquel que desde fuera del gobierno, ya no digamos de la oposición, esté contra la Marcha, o la sabotee, deberá ser tratado como un traidor. Como si antes de que el Ejército Libertador entrara en Lima los realistas, para evitar que el pueblo se pliegue a quienes venían a liberarnos del yugo, le hubieran atribuido una intención depredadora. ¿O sí se la atribuyeron?

    Claro que la Marcha de los Cuatro Suyos no es ningún Ejército Libertador, pero sí constituye una manifestación de la voluntad libertaria del pueblo. Por ello, aunque no les guste, deberán respetarla.

    El problema principal radica en que el gobierno quiere hacerla pasar como una marcha que se propone la violencia, y eso, como sabemos, es fácil de obtener. Para ello le sobran efectivos (y pagados en efectivo) dispuestos a producir toda clase de provocación. Una piedra por allí, otra por allá, una vitrina rota, y la andanada de gases y la carga de los garrotes policiales se producen de inmediato, alterando el ánimo de los pacíficos manifestantes. Fácil.

    Pero levantemos la humillada cerviz y estemos allí, para gritar ¡Libertad!, y justificar así la letra del himno nacional por lo menos. Es lo último que nos queda. Si no triunfa vendrá el silencio. Y continuará todo como está, empeorando cada día.

    La mordida de un perro agresivo a un grupo de personas parecía una jugada psicosocial del SIN. Porque esa noticia rebajó la protesta pública, con desfile de canes y todo, de un grupo de ciudadanos por el aleve asesinato de un perro, cometido por un propietario desaforado. ¿El asesino de ese perro habrá pedido asesoría a la mencionada institución?

    Los gobiernistas acérrimos, como la senadora Martha Hildebrandt y otros, minimizan y tratan de soslayar ese acto ejemplarizador y simbólico que es la ceremonia pública de Lava la Bandera. A ellos, que ya no tienen símbolos, les llama la atención algo tan sencillo y significativo creado por la juventud para demostrar su descontento. Porque el único símbolo que vale para los miembros del Congreso es el de S/., ya que en estas Fiestas Patrias saquearán el erario público llevándose, sin vergüenza alguna, cada uno más de 200.000 soles para la granja.

    Los países civilizados, aún cuando están en desgracia -como Inglaterra durante la primera parte de la Segunda Guerra Mundial, cuando las V8 alemanas caían todos los días sobre Londres-, saben apreciar los símbolos. El de Inglaterra entonces fue ese simplísimo de los dos dedos de Churchill haciendo la V de la victoria. Ese fue un símbolo simple, hermoso y contundente, que supo superar las dificultades y condujo a su país a la victoria. Seguramente que Hitler, que entonces destruía Londres alevemente, despreció el símbolo. Igual que nuestros gobiernistas desprecian la actitud serena de los jóvenes, extendida ahora a todo el país. ¡La la Bandera, sí! Ya es hora.

    Esta página, que fue alegre, socarrona e irónica, se ha convertido en otra cosa debido a las circunstancias. Yo, de veras, lo lamento. Pero ya llegarán tiempos mejores. Seguramente, digo.

    La fiscal Trabucco sigue imperturbable. ¿Para qué año preparará el informe en el que exculpará, como ya lo ha hecho el Congreso, a los verdaderos culpables de la monstruosa falsificación de padrones electorales? Si los va a exculpar, como que así será, hágalo de una vez, señora.

    ¡Amigos lectores!: ¡Nos vemos en la Marcha de los Cuatro Suyos! (que son vuestros, nuestros, míos). Estemos allí sin miedo, para hacer oír nuestra voz y levantar de una vez la humillada cerviz.



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