MEMORIAS
DE ROBIN HOOD
(Coatlicue)
LA historia no distingue entre el hombre y la leyenda. Una supervivencia
de más de seis siglos inevitablemente hace pensar en la inmortalidad.
A fines del siglo XII, Robin Hood, leal súbdito del rey Ricardo
I, devoto de la Virgen María, recorre los bosques de Sherwood con
arco y espada. En el siglo XVIII Robin Hood continúa vivo, siempre
fiel a las dos entidades que concentran el poder: clero y realeza.
Ningún hecho sobrenatural explica esta incongruencia, tampoco la
desmedida fantasía de la humanidad. El Robin Hood del siglo XVIII
fue tan real -tan frágil, tan humano- como aquél del siglo
XII. En ese lapso ocurren episodios similares -ligeramente distintos-
que tiñen la leyenda con pinceladas de maravilla y de misterio
.
Hacia 1198 el héroe muere atravesado por las flechas de los soldados
del sheriff de Nottingham. Tiempo después sigue asolando las arcas
de los barones feudales para morir nuevamente en 1247, traicionado por
su prima Elizabeth de Staynton. Elizabeth, en complicidad con su amante,
Roger de Donkesley, empezó a practicarle una sangría y luego
lo abandonó presa de una hemorragia incontenible en la iglesia
de Kirklees. Otra muerte posee características más reposadas
y apacibles: de viejo, entre los brazos de una también anciana
Lady Marian. Como dije, es absurdo pensar en una explicación mágica.
A veces la verdad sorprende, se torna increíble o inverosímil
por ser tan simple. Inconscientemente preferimos los prodigios y los milagros
a la prosaica sencillez de lo cotidiano. En este caso, lamento desilusionarlos.
Luego de que Robin Hood muriera por las flechas de los soldados, aparece
un sucesor. Que la palabra no confunda: la "aparición" no tiene,
en absoluto, virtudes merlinescas.
Robin Hood era famoso y admirado y muchos querían ser como él.
Finalmente alguien que sobresalía en el uso del arco y de la espada
se autoerigió como el continuador de la gesta.
La tarea no fue fácil. Primero tuvo que reagrupar a la pandilla;
luego convencerlos de que tenía los atributos necesarios para ser
el líder, émulo de su antecesor.
Much, el hijo del molinero, que se había vuelto pastor y relajado
en las artes bélicas, no opuso mayor resistencia. También
fray Tuck se mostró entusiasmado por continuar la aventura. Las
cosas fueron diferentes con Will Scarlok y Little John. -El Sol es único
-dijo el gigante-. El día en que se apague reinará la oscuridad.
Scarlok fue más crudo:
-Ningún mequetrefe advenedizo podrá reemplazar al incomparable
Robin Hood -dijo.
A cien yardas un saltamontes brincaba sobre la hierba. El nuevo héroe
escogió la más fina de sus flechas, contuvo la respiración
mientras apuntaba y disparó.
El blanco era tan pequeno que tuvieron que acercarse para comprobar la
asombrosa puntería del "mequetrefe advenedizo".
Cuando Scarlok tendió la mano en señal de amistad su puño
se alargó como un rayo y se estrelló en la quijada del aspirante.
Este rodó por el suelo, pero de inmediato se repuso. La pelea se
prolongó por más de media hora. Al cabo Scarlok quedó
inconsciente, con un ojo morado y una muela de menos.
Al día siguiente Little John fue vencido con la espada y entre
ríos de vino y tajadas de lechón todos celebraron el regreso
-del mundo de los muertos- del único e incomparable Robin Hood.
Con el tiempo la búsqueda de sucesores se estableció con
rigurosidad y secreto de cofradía. Los postulantes eran seleccionados
y adiestrados desde niños, luego combatían sin clemencia
por el puesto.
Lo que en un principio funcionó únicamente para el líder,
se extendió posteriormente para el resto de la banda. El aprendizaje
se diversificó y especializó para llegar a ser Much, fray
Tuck, Lady Marian... Ciertos hechos sugieren que esto también se
dio en los enemigos: varios sheriffs de Nottingham, varios Guy de Gisborne...
La situación se complica con la multitud de impostores que se hizo
pasar por Robin Hood, ya para lucrar con las fechorías o para rendir
tributo al héroe.
El caso más problemático fue siempre el de Little John.
No es fácil encontrar hombres desproporcionadamente descomunales.
En una oportunidad -lo que provocó una severa oposición,
finalmente superada- se tuvo que recurrir a un coloso sarraceno.
La diversidad ortográfica perceptible en poemas, dramas y baladas
no es capricho, descuido o ignorancia de autores y copistas. Estas variaciones
no sólo obedecen a cambios históricos, naturales a todo
lenguaje, sino también a la adaptación del nombre según
el gusto de cada protagonista. Así las variantes Robyn Hode, Roberd
Hude, Robbin Hood, Robert Hoode, etc., no son simples variaciones de estilo,
sino nombres reales de distintos seres que, sin embargo, fueron el mismo
personaje. Lo mismo ocurre con Scarlok, Scarlett, Scathelocke, Shacklocke.
Incluso Marian, en cierta época, desechó este nombre y prefirió
el de Matilda.
Las generaciones posteriores no pudieron preservar la armonía original
y hacia 1600 ocurrió una grave disputa. El Little John de entonces,
convencido de poseer mejores cualidades que el Robin Hood contemporáneo,
intentó asesinarlo mientras dormía. Su flecha no encontró
el cuerpo de su rival, sino un maniquí de ropa sucia. Robin no
quiso privarse del placer de matarlo con sus propias manos y descartó
el arco y desenvainó la espada. Se repitió entonces la pelea
de siglos atrás, por distinto motivo, pero con igual -aunque no
idéntico- resultado. Esta vez la cabeza del gigante fue rebanada
de un solo tajo y un nuevo Little John tomó el lugar del anterior.
A fines del siglo XVII Much se vendió al oro del sheriff y preparó
una emboscada. El veneno de las flechas casi acaba con Robin, pero Emily
de Wakefield, una anciana tía de Marian, pudo curarlo con un emplasto
de hierbas. Cuando Robin se repuso mandó quemar vivo a Much.
Las transformaciones políticas y sociales demandaban un continuo
cambio de estrategia. Al primer Robin Hood le interesaba la sinceridad
de los viajeros que interceptaba en los caminos (los que decían
la verdad, eran respetados; a los que mentían se les despojaba
de cuanto llevaban); para un Robin Hood posterior el enemigo fue el normando
invasor; luego los abusivos señores feudales y sus cómplices
del clero; más tarde aún los poderosos en general. El estereotipo
de rebelde social, de ladrón de ricos y benefactor de pobres es
moderno, lo que no lo hace falso. La existencia de diversos hombres implica
distintas banderas; bajo todas Robin Hood estuvo en contra de leyes injustas.
Pero nada más errado que idealizarlo. Siempre le gustó cortar
cabezas y tasajear gargantas. El sheriff de Nottingham fue decapitado
a pesar de sus ruegos por clemencia y sus invocaciones a la Virgen María,
protectora del mismo Robin. El maltrato al cuerpo de Guy de Gisborne es
un tema recurrente en poemas y grabados. Robin puso su cabeza en un extremo
de su arco y a punta de espada lo desfiguró, tornándolo
irreconocible. Se podrá decir que lo hizo por fines pecuniarios,
pero esto no contradice su gusto por la sangre.
En efecto, el desfigurar el rostro del vencido tenía un objetivo
práctico: hacer pasar la cabeza por la suya propia. Robin, vestido
con la armadura y el yelmo de Gisborne, se presentó ante el sheriff
y cobró la recompensa que por sí mismo se ofrecía.
Esta usurpación de personalidad no deja de tener consecuencias.
Robin no se disfraza simplemente de Guy de Gisborne. Por unas horas es
su odiado rival.
En eso consistía su habilidad para los disfraces. Para Robin Hood
disfrazarse no es sólo vestirse como otro; implica compenetrarse
totalmente con la personalidad ajena: ser otro.
El Robin Hood orate se abstuvo de bañarse por más de un
mes. Incluso se vio obligado a comer carne de perro cruda cuando los guardias
del arzobispo Knightley sospecharon la farsa.
El Robin Hood leproso estuvo a punto de perder la vida por la enfermedad.
Ya cuando en su piel empezaban a aparecer las primeras pústulas
la cura se logró con un efecto adverso: la personificación
de un hombre sano.
El Robin Hood princesa fue igualmente odiado y temido por sus caprichos
y maldades que el modelo original: Sofía III, de 14 años,
amante del rey Eduardo y posteriormente su reina, después de que
ella se librara de Estela de Escocia con una puñalada por la espalda.
Robin Hood - Sofía, del todo compenetrado en su papel, estuvo a
punto de condenar a muerte a sus compañeros; por suerte a último
momento recordó que el objetivo de la suplantación era,
precisamente, salvarlos.
Mucho se ha especulado en cuanto a las armas favoritas del héroe.
No hay duda sobre su preferencia por el arco -grande, de largo alcance-
y la espada. Nunca usó escudo ni ballesta (el arma del enemigo),
salvo en situaciones de emergencia.
El báculo es una novedad que introduce el fray Tuck del siglo XVI
-arma insólita que fue inmediatamente acogida por Little John.
En manos del gigante se convirtió en algo terrible, ideal para
golpes bajos y fracturar cráneos.
El famoso episodio del cruce del río, que enfrenta a Robin Hood
y a fray Tuck, es verdadero, pero recién ocurre hacia 1550.
Aunque en una leyenda que vence el tiempo, ¿qué importancia
tiene el orden de los diversos hechos? La cronología se vuelve
intrascendente ante la contundencia del anacronismo. El antes y el después
se anulan y convergen.
Fray Tuck vence a Robin Hood con un arma nueva, impensada: un bastón
que hasta entonces sólo servía de ayuda para ciegos y ancianos.
Desde entonces y para siempre el báculo se vuelve símbolo
de la banda, como el arco y la capucha, como el bosque y la causa común
con el pobre.
Ya por indiferencia, ya por misoginia, los primeros Robin Hood se mantuvieron
empecinadamente solteros, rodeados de una pandilla enteramente masculina.
Hay apenas una aventura -como consta en los versos de la Gesta- que soslaya
un discreto coqueteo entre Robin y la esposa del sheriff de Nottingham.
Típico de los lances del amor cortés, los hechos no son,
sin embargo, mero artificio literario.
Luego de que el sheriff captura a dos hombres de Robin, éste logra
atrapar al abad de Westminster. Se llega a un acuerdo para el intercambio
de prisioneros; como mediadora y garante actúa la mujer del alguacil.
En la brevedad del cruce de miradas se dijeron todo. Robin, el decapitador,
capaz de pasar una flecha por entre la visera del yelmo, no es más
que un cordero al contemplar la limpidez de esa sonrisa y la profundidad
celeste de las pupilas. Jura solemnemente no intentar ningún ardid.
Efectuado el intercambio, Robin recordará para siempre la despedida
cruel, el insomnio de la noche estrellada y los susurros del bosque.
El cuarto o quinto Robin Hood (hacia el siglo XVI), apremiado por necesidades
más terrenales, opta por incorporar a la banda la primera mujer:
Marian.
(Había, además, que desmentir odiosos rumores que ligaban
a Robin y a Much en espantosas prácticas del diablo).
El recuerdo imagina a Marian de origen noble, diestra en el uso de las
armas y, sobre todo, hermosa. Es mejor preservar esta imagen...
Ya es tiempo de finalizar estos escritos. En realidad las líneas
que siguen debieron ir al principio, para de alguna manera continuar la
tradición. Pero ante el empuje incontenible de la urbe y la paulatina
desaparición de la naturaleza, ¿no es más adecuada
aquí la inclusión del infaltable elogio?
Cuando, con las primeras luces y el arrullo de los pájaros el espíritu
del día disuelve la negra noche; y en las ramas, los ríos
y barrancos los rayos del sol juegan con las gotas de rocío y el
perfume de las flores; el ciervo -señor de los árboles;
ágil raíz invertida- proyecta la magnificencia de su sombra
en el mágico laberinto verde y en el entramado de su cornamenta
se lee el destino de los simples mortales...
Es inútil continuar. Aunque mis palabras son sinceras, percibo
un resto de falsedad en ellas, algo indefinible que las hace postizas
y extemporáneas. Para el romántico no hay nada más
cruel que aceptar que los tiempos cambian. La modernidad es a su vez destruida
por corrientes posteriores. A veces me resisto a aceptar que moriré
atravesado por el plomo de las balas y no por el hierro de las flechas.
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