JACINTO
ESPUELAS SIGUE RONDANDO
Por DANTE CASTRO
(Amaru)
SERA porque ese pueblo se secaba como los ríos que les
roban el agua en las alturas, pero hubo un año malo en que ya no
pasaba casi nadie. El siguiente fue igual, hasta que nos avisaron que
la carretera que abrieron allá abajo se llevaba a los viajeros
por otras rutas. Nos quedamos comerciando con los pocos arrieros de las
minas, atendiendo a uno que otro comprador de carne de llama y sintiendo
cruzar el viento que arañaba las ventanas. Y ventanas en Poronq'ollay
se hicieron para cerrarlas, porque el frío de la cordillera, la
helada o el granizo hacían imposible salir y menos abrir nada.
-Triste caserío de Poronq'ollay, ya no te volveré a ver
-escuché decir al Melecio Baldeón antes que se largara a
buscar caleta en la carretera para su negocio de aguardiente.
Los pocos que íbamos quedando lo hacíamos por no abandonar
así nomás la tierra donde descansaban nuestros muertos.
Y ver al resto de casas con los destrozos que le iba haciendo el tiempo,
nos hacía tragar un suspiro de desesperanza.
-¿Pueblo de Poronq'ollay? ¡Cadáver de Poronq'ollay!...
Pronto nos veremos igual nosotros -decía mi madre.
Pero cuando la convencía de irnos repetía que de allí
para su tumba, que quién le llevaría sus cositas a papá
en el día de los muertos, igual a los abuelos en el panteón.
Y ella conversaba harto con los difuntos y con el anima del nevado Yarusyacán,
que le respondían quedito dentro del corazón.
Poronq'ollay, caserío que nació de un tambo en medio del
paso obligado de los que transitaban por las jalcas, se quedaba postrado
como los viejos que esperaban la muerte. Y el Yarusyacán impasible,
vestido de blanco, viendo desgranarse a su pueblo como una mazorca castigada
de maldición. Hasta los perros que sus dueños dejaron a
su suerte, fueron muriendo de frío y de tristeza.
De esos perros recuerdo cómo aullaban en medio de la noche. Extrañaban
a sus dueños, seguro. Unos los dejaban sueltos para que se buscaran
el sustento. Otros, más desalmados, los abandonaban amarrados al
horcón de las acémilas para que no los siguieran. De una
o de otra forma, quedaban de pasto para los cóndores.
Otras cosas podía escuchar por las noches. En medio de la oscuridad,
sentía el tránsito atropellado de mulas que pasaban por
el camino. Parecía que las conducía un solo arriero a pifidos
y latigazos que lastimaban el silencio. Nunca había alcanzado a
verlo, pero iba a llegar el día en que conociera su rostro.
Una tarde en que los rayos del sol ponían morados los peñones
de la cuesta, bajaron tres mineros que marchaban a paso apretado detrás
de sus mulas. Tenían el color amarillento de los hombres que viven
escarbando la tierra y los uniformes tan gastados como sus cascos metálicos.
-Comida, mamá... Te pagaremos bien -dijo el mayor con voz cavernosa,
escupiendo su bola de coca.
Les servimos una sopa de charqui con habas, porque no había más.
Ellos comieron en silencio, sin ocuparse de aliviar a las mulas de su
peso. -¿Pa' ónde van, así de apuraditos? -les preguntó,
pero mirándose entre ellos evitaron dar respuesta.
Cuando terminaron, se despidieron sin siquiera pedir un trago. Yo, inquieto
por lo que oía en las noches, me acerqué a conversarles.
Les conté del trasiego de mulas que escuchaba a medianoche y que
subían por el camino que va a las minas. Era tanto ruido que debían
ser una docena de acémilas, pero sólo notaba la voz de un
hombre arreándolas. Se miraron asombrados y enseguida rompieron
en carcajadas.
-Lo que te falta es una pasña pa' que le levantes su hualacho...
-dijo el más trejo adivinándome la edad.
Me hicieron sonrojar de vergüenza. Pero más me hizo avergonzar
mi mamá insinuándoles con gestos para que no me hicieran
caso.
Desaparecieron como habían venido, entre la polvareda levantada
por las pezuñas de las bestias y los chasquidos de reata para espantarlas.
De lejos vimos el resplandor de sus cascos apagarse como estrellas.
-Rateros son... Caras de culpables huyéndole a la justicia- me
dijo después, sin importarle lo que quería contar.
Y eran ladrones verdaderamente, porque al día siguiente llegaron
guardias montados. Nada les informamos por no meternos en problemas, pero
la misma pregunta les hice a los policías.
-Nadie sube, cholito. Nosotros supiéramos. Más bien ustedes
deben irse a la carretera. Pueden morirse aquí. -respondieron mirándonos
con lástima. Esa noche, ya cuando se agotaba mi vela de sebo, volví
a escuchar el paso apurado de las mulas. Otra vez la misma voz arreándolas
a gritos; otra vez la punta del látigo restallando en las piedras.
Harto frío hacía. Aún así salí tratando
de cazarlas con los ojos, pero la noche cerrada no permitía ver.
En el día, de lejos observaba la rutina del viejo Najarro. Cuando
amanecía soleado el anciano salía de su casa a limpiar las
acequias. Con una pala gastada y afilada en las piedras de los canales,
desafiaba a las malayerbas.
La misma herramienta entre sus manos ordenaba los surcos de la huerta.
¿Desayunaba el viejo? Tal vez no, pero antes del mediodía
su paso cansado lo llevaba a la pampa para cumplir con el cuerpo. Más
de una hora pasaba oculto tras la maleza de retamas, sacando su cabeza
canosa para mirar si no lo miraban. Pero en esa soledad sólo los
quilinchos que cazaban pichones tiernos podían verle su trasero.
Conseguía trabarle las pujadas desde la puerta de mi casa. Como
hacía antes con los perros, juntando meñiques y halando
fuerte, miraba hacia donde estaba el viejo. "No vas a cagar", decía
yo. Y tiraba arrancándole truenos a los huesos. Entonces él
volvía a asomar juntando las cejas, mirando molesto a todos lados.
Esa diversión luego me hacía sentir mal. Porfirio Najarro
era uno de los antiguos vecinos de Poronq'ollay, respetado antes por los
jóvenes que se fueron. Otra tarde, cansado de fastidiarle la cagalera,
me acerqué para conversarle.
-¿Todavía acá, jovencito? De este pueblo hay que
salir pa' siempre... -No me iré sin mi mamá, don Porfirio.
-Terca la señora Emiliana. Cuando muchacha, era como florcita del
campo que no se dobla con el viento... Me acuerdo yo de ella así.
jTerca!... ¡Terca! -Quiero saber algo, taita. Usté puede
contarme.
-¿Qué será que no se sepa ya?... Mi edad no ayuda
mucho al seso.
-Sabrá algo usté de eso que escucho por las noches. Viene
una recua de acémilas pasando por mi casa; fuerte ruido hacen.
Pero no puedo verlas, señor. Mi mamacita dice que estoy volviéndome
loco.
-¿Acaso el hijo de doña Emiliana no iba tener ojos pa' ver?
¿Ni oreja pa' escuchar? ¡Quién dice que no!
-Como tren de mulas, siento. Será cierto que mi cabeza anda mal.
-Tú no sabes que ésta era tierra de gentiles. Gente de antigüedá,
digo siempre. Y ésos no adoraban sólo a nuestro señor
Jesucristo. Si le adoraban con una mano, con la otra daban ofrendas a
su gentilidad. Pastores de llamas se volvieron arrieros de mulas, pero
seguían pagando a la tierra y al Yarusyacán con coca, aguardiente,
tabaco...
-¿Y esa voz que atormenta mi sueño por las noches? ¿De
quién es?
-El Yarusyacán cobra sus muertos de vez en cuando, caballerito.
Pa' eso le hacían su pagapu los arrieros. Pa' que sus nieves no
se tragaran más gente en el abra de su cordillera. Ahora no hay
quién pague al cerro, pué...
-¿El alma del Yarusyacán me espanta el sueño?
-No... Apu Yarusyacán, antes adorao cuando éramos gentiles,
no necesita atormentar a nadies... Este es otro... Este es un condenao
que se quedó andando los caminos desde que hizo pacto con el diablo.
"No quiero morirme" dijo él cuando se congelaba allá arriba.
Y el maligno le ofreció la vida a cambio de algo. ¡Todo lo
que ofrece es a cambio de algo! ¡Y siempre el patudo paga mal! "De
lo que sea", contestó este desventurado sin saber que se condenaba.
Y el diantre lo salvó sólo pa' hacerlo rondar pa' siempre
los caminos, arriando y arriando mulas que nadies conoce. A ese condenao
lo llamábamos Jacinto Espuelas, porque espuelas de plata tiene.
Nos asustaban con Jacinto Espuelas a los changuitos que no queríamos
obedecer. Y ahistá, ahora que no hay quién le pague su ofrenda
al Yarusyacán, ha salido de nuevo el condenáo a vagar.
-¿Y qué hay que hacer pa' librarse de él? -pregunté
con la boca seca. El viejo cazurro me miró, todo su rostro arrugándose
en una sonrisa. -Varón joven y bien bragao debe ser quien nos libre
de este condenao. Joven que haga ñutu de hueso de cristiano y en
el mismo batán prepare otras cosas. Ese ha de mandarlo de una vez
al infierno, que es donde debe quedarse. Hasta ahora nadies, nadies, nadies
ha podido....
Al último recodo en donde los arrieros frenaban la caballada para
emprender el ascenso, antes le decían Cheq'ta y después
se olvidaron cómo se llamaba. Todavía quedan allí
los restos de un descanso de tejas que era bueno para hacer pascana o
darle la última bendición a los viajeros.
Llevaba horas aguardándolo ahí en Cheq'ta, con oreja fina
para escuchar y el ojo casi inútil en la penumbra. Buscaba valor
apretando un atadito con polvo de hueso de muerto. "Si Jacinto Espuelas
te mira fijo, estarás difunto antes que digas Jesús", había
dicho Najarro.
De pronto sentí que venía un tropel de cien pezuñas
hacia el recodo, escuché los pifidos salvajes del que las conducía
y mi valentía se fue consumiendo adentro, como vela que irremediablemente
se apaga. "Es todo o nada, Jacinto Espuelas, aquí estamos para
saber si estoy loco o soy cobarde. Te escupiré a los ojos y con
rabia he de soplarte polvo de huesos murmurando la oración de San
Cipriano", me dije dándome guapeza.
Hizo detener su caballo, confiado en recuperar luego a las bestias que
continuaban solas el camino. Era un flaco alto, vestido y ensombrerado
de negro, cuyas espuelas deslumbraban a la noche sobre los costillares
del macho. Entre él y mi escondite no se había disipado
aún la polvareda, pero olía a cuero crudo, como de vaca
recién matada. Largo rato estuve observándolo sin que nada
ocurriera, con la luna muriéndose a mis espaldas y el viento congelándome
el espinazo.
Algo olisqueaba el condenado, porque dirigió su cabalgadura hacia
el cobertizo de tejas. Santiguándome con el pensamiento, crispando
la mano debajo del poncho, pude sentir su respiración de fuelle,
ver su boca abierta como si sudara por la lengua como los perros serranos.
Pero qué cara más lánguida lucía a la luz
de la luna, como si cargara con todas las desgracias del mundo: Jacinto
Espuelas parecía que me estaba mirando con sus ojos amarillos,
tan tristes como si allí no estuviera nadie. Tiró las riendas
frenando al animal, mientras yo soltaba un puñado arenoso que se
perdía en la tierra muerta.
Y no me atreví, entonces, a cumplir el juramento. ¿Quién
era para torcerle más la existencia a él que tan caro la
estaba pagando? ¿Quién si no alguien que había de
irse de Poronq'ollay cargando una vieja para no volver? Ambos nos hemos
dicho todo, viéndonos sin mirarnos. El arriero misterioso recuperó
prontamente el camino tras su recua y yo lo dejé transitando para
siempre por los parajes que nadie más ha de transitar.
Ahora que en Poronq'ollay sólo deben haber casas sin techo, Jacinto
Espuelas continuará cabalgando la cuesta con su desgracia pintada
en el rostro. El único cristiano que ha podido decir amén
antes que ese maldecido le arrebate la vida, quiso dejar las cosas como
estaban; porque a los condenados debe quedarles siquiera un lugarcito
entre la tierra y el purgatorio.
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