ANGELES
CAIDOS
(Mikel)
¿Quién está contando esta historia? Quién,
te preguntas. O más bien, te preguntarías si pudieras, porque
hace tiempo que no puedes articular una pregunta con tanta nitidez. Te
acercas a tus nietas o a tu hija y te quedas balbuceando y sólo
la rabia, la rabia de no poder poner una palabra detrás de la otra
y preguntar la hora o el menú de la comida o quién tiene
el periódico, sólo la rabia llega, no las palabras, y entonces
aprietas los puños y te das media vuelta, gruñendo, balbuceando
tu frustración, la frustración que ves en sus rostros, y
entonces la buscas, te sientas a su lado en el jardín, con su mano
entre las tuyas, y no necesitas hablar, porque ella hace tiempo que dejó
de hablarte, pero te sientas a su lado, su pelo tan blanco y tan suave,
y esos ojos grises que alguna vez te miraron con amor, su mano entre las
tuyas, y todo está bien. Angela. Pero no puedes encontrarla, como
si fuera un mal sueño, como si fuera un sueño más
malo que el sueño diario de levantarte y ducharte y hacer como
que lees el periódico que hace tanto que no entiendes. Sólo
que hoy es peor, porque Angela no está en su cama, ni en el jardín,
y no entiendes qué está pasando, ni quién mierda
está contando esta historia. Y piensas, si es que piensas, que
debe estar molesta contigo otra vez, y te preguntas, si es que puedes
preguntarte, qué es lo que has hecho ahora, todas las culpas, todas
las culpas arremolinándose ante la cólera sorda de tu Angela,
que alguna vez te amó, y ahora te odia minuciosamente, tanto te
odia, que se ha ido despegando del mundo de a pocos, y no oye y no mira,
pero deja que te acerques y le des la comida en la boca y le pases los
dedos por el pelo tan blanco y tan suave... y te preguntas, si todavía
puedes articular una pregunta en tu mente, si eso es la paz, si ahora
que ha pasado ese constante quejarse del color del cielo, de los muebles
mal limpiados por las empleadas, de la carestía de la vida, del
ruido que hacen los niños de la vecina, si esa mirada perdida de
ahora que ya no hay quejas, es la paz... Pero si te lo preguntas, si puedes
preguntártelo honestamente, también sabrás que no,
que tal vez es una forma de la muerte. Pero no la muerte. Porque está
a tu lado y puedes tener su mano entre las tuyas y darle de comer y pasar
tus dedos por su pelo tan blanco y tan suave. Pero no, en este instante
no está y no sabes quién está contando esta historia
y no puedes preguntar dónde está tu Angela.
Tus hijos, tus hermanos, todos piensan que ella no te puede perdonar aquella
historia, lo de esa mujer que han convertido en innombrable, innombrables
ella y la historia, pero no es así. Tu culpa es aún más
antigua. No, no fue una infidelidad, ni muchas, ni la dedicación
a tu trabajo, ni todas las cosas con las que han especulado durante años.
No, nada de eso, y aunque ya no seas capaz de articularlo, tú lo
sabes. Fue otra cosa. Fue haberla sacado de su patria, haberla traído
a lo que nunca dejó de ser para ella "este país de indios",
sin amigas, sin familia, a este lugar que nunca comprendió, ni
aun después de haber parido cinco hijos en él. No podía
entender que a tu hermana el apellido vasco no le impidiera decir groserías
en una lengua de salvajes, no podía entender que tú pensaras
que la india que trabajaba en la cocina tuviera derecho a comer los mismos
alimentos que ella, no podía adaptarse a la altitud de las montañas
ni a Ia humedad del mar y, aunque nunca lo dijera, no podía aceptar
que sus hijos en el fondo le resultaran extranjeros. Y tú veías
a tu dulce Angela amargarse y envejecer, y quejarse día tras día
de los detalles más pequeños, sin atreverse nunca a gritarte
a la cara que la sacaste de su tierra y la trajiste a este lugar incomprensible.
Vale un Perú, había escuchado decir ella, como si valiera
algo.... ella no podía imaginarse, tan jovencita, sin haber salido
de un par de barrios de Madrid, lo que sería ser extranjera en
esta tierra. Pero tú, tú tendrías que haberlo imaginado.
Ahora ya no se queja y su rostro ha recuperado la dulzura. No habla, pero
a veces, con la voz quebrada, una voz delgada como un hilo, canta "Qué
bonitos ojos tienes debajo de esas dos cejas..." Y sus ojos a veces se
ven tristes, pero parecen en paz. Y ahora, dónde está Angela
ahora, es lo que preguntarías si pudieras.
Te acercas a tu hija ensayando la pregunta en silencio, moviendo los labios,
para poder articularla cuando estés frente a ella, pero ella se
te adelanta y te arregla la corbata y te dice siéntate en la sala,
papacito, ya va a empezar a venir la gente, y tú te quedas con
la pregunta en los labios, quién carajo está contando esta
historia, y ella te lleva hasta un sillón y te sienta y tú
no protestas porque hace tiempo que te resignaste a recibir órdenes
de tu hija, primero que te prohibiera manejar, que ya no veías
bien, que no controlabas el timón y te subías a las veredas,
que era peligroso...ahora te ordena la vida hasta en los detalles más
pequeños y tú te dejas, porque no sabes qué harías
sin ella...especialmente después del día que te perdiste.
Esperando y esperando, sí, sí, te vamos a llevar a ver al
tío Carlos por Navidad, sí, pasamos por ti más tarde,
y tú esperando y esperando y nada, coño, por qué
mierda tenías que depender de que alguien te llevara a ver a tu
hermano el día de Navidad, así que saliste a la calle decidido
a ir andando...pero de pronto todas las calles se veían iguales
y caminaste y caminaste y caminaste hasta que el sol de diciembre parecía
perforarte la cabeza y las calles se hicieron más grandes, menos
familiares, y el sol y el ruido de los autos, los microbuses echando gases...
¡Don Luis! te gritó la muchacha y te llevó hasta la
vereda, ¡Don Luis, qué está haciendo usted por acá!
Y luego tu hija llorando y retándote como a un niño, que
nunca, nunca más volvieras a salir solo, mientras te curaba las
llagas que el sol te había dejado en la piel. ¿Y Angela?
Leer el periódico, regar las plantas, sentarte al atardecer en
el jardín de la mano de Angela. Y torta con helado en los cumpleaños.
No quedaba nada más. Incluso tu libro te lo habían arrebatado,
sí, sí, es que el ministerio quiere publicarlo este año,
te habían dicho. Tú sabías que lo que querían
era que dejaras de enmarañarlo más. Lo habías estado
corrigiendo tanto tiempo...y no sabes en qué punto las frases empezaron
a sonar abstrusas y por más que te empeñabas no podías
enderezarlas, darles coherencia, así que te lo quitaron e hicieron
ese simulacro de edición. Pero qué chucha les importaba,
a esas alturas. Además, ya tu nieta de nueve años te lo
había dicho. ¿Quién iba a leer ese libro? Un libro
de salud pública en el Perú. ¿Quién? Claro,
lo que ella quería era que dejaras de trabajar en el libro por
un rato para jugar con ella a los avioncitos de papel, pero tenía
razón...qué tanto esforzarse si nadie iba a leer ese libro...Pero
era tuyo, no tenían derecho a sacártelo así de las
manos... Cuando ya Angela no quería hablarte, tú tenías
tu libro y tu escritorio y un horario de trabajo y...¿Pero quién
está contando esta historia?
Si creyeras en Dios, tal vez, podrías pensar que es Dios el narrador
de esta historia. Pero no crees. Una lástima que tu hija no te
dejara exponerle tus argumentos en contra de la existencia de Dios a la
pequeña. Estabas seguro de que te hubiera entendido...pero incluso
si creyeras, si creyeras en Dios, tendría que ser un dios muy perverso
para inventar semejante pesadilla, mal sueño en el que ni siquiera
te es dado articular una frase, contar tu propia historia, y Angela no
está. Y no entiendes quién carajo está contando esta
puta historia.
La mayor de tus nietas se sienta a tu lado y te acaricia con tristeza
la mejilla y no dice como otras veces, ay papacito, pinchas, así
no dan ganas de besarte, vamos que te voy a afeitar, ni te agarra y te
lleva al baño y te envuelve con toallas calientes y espumas y te
deja el rostro lisito y luego te agarra y te da besos a un lado y al otro
para decirte, ves, así sí, no, ahora sólo te hace
un cariño tan triste...y está vestida de negro, una chica
tan joven, pero las modas de las chicas tampoco las entiendes, así
que...Y, sin embargo, no sólo ella está vestida de negro.
Llega gente y te saluda llorando, te abrazan, murmuran unas palabras y
se apartan y todos, todos están vestidos de negro. Entonces reparas
en el cajón, un cajón negro en medio de la sala. Te paras
tambaleando, te acercas, un enorme temor te paraliza, un paso, otro, otro
y te asomas y es tu propio rostro, el rostro tuyo, la íntima cara
que te evoca ante ti mismo, aunque la muerte desdibuje ciertos rasgos,
es tu rostro el que te enfrenta en el ataúd. Temblando, con los
ojos llenos de lágrimas, te preguntas, te preguntarías si
pudieras, quién es el conchasumadre que está escribiendo
esta reputa historia. Tu hija se te acerca, te abraza, pero tú
la apartas y la miras a los ojos y la pregunta sale impecable de tus labios:
-¿Me he muerto? Ella te mira desconcertada, triste. -No, papacito,
es mamá. Miras y la ves. El rostro de Angela desfigurado por la
muerte toma forma entre tus lágrimas. La ves y lloras y entiendes
que Dios existe porque sólo un dios perverso e implacable podría
estar escribiendo una historia como ésta.
|