REDENCION
Por José
de Piérola
(Raymundo Herrera)
1
El malo, el desgraciado, el maldito, se llamaba Ayala. Era el que ya había
fumado marihuana, el que tenía un tatuaje en el brazo izquierdo,
el que cargaba una manoseada Play Boy en la mochila. Era, también,
el que organizaba los partidos de fulbito del recreo, eligiendo siempre
a los mejores para su equipo. Había insultado al cura, le había
tirado una moneda al profesor de música, había hecho llorar
a la monjita que pedía limosna para los desamparados.
Sabíamos que era huérfano, que una tía le remendaba
el uniforme, que dormía en la trastienda de un taller de mecánica.
No era ni más alto, ni más fuerte, pero cuando estaba de
mal humor, los que podían, se hacían a un lado. Los otros,
ya rendidos de antemano, terminaban en el suelo con el labio partido,
porque Ayala peleaba a punta de cabeza, rodilla y puño. Nadie le
había pegado nunca.
2
También entre los profesores había un malo, un desgraciado,
un maldito. En primero había sido el profesor de educación
física, ex teniente del ejército, que corría junto
a los rezagados para decirnos, con su aliento aguardentoso, que éramos
maricas, amanerados, rosquetes, hasta que los más débiles
de espíritu abandonaban la carrera.
En segundo había sido el cura panzudo que enseñaba religión
quitándose el grueso cinturón de cuero antes de lanzar preguntas
sobre la fe, señalando intempestivamente al preguntado. Sonreía
beatíficamente cuando respondíamos bien. Pero si errábamos,
cosa más probable, nos llamaba al frente, donde, al grito de ¡hereje!,
descargaba la ira divina en nuestras descreídas nalgas adolescentes.
Volvíamos a nuestro pupitre apretando los dientes, aguantando el
ardor, pero las lágrimas brotaban solas. El único que nunca
lloró, el que aguantó los correazos con un estoicismo escalofriante,
fue Ayala.
Los dos primeros años aguantamos insultos y correazos con solidaridad
anónima, pero la humillación pública que nos hizo
conocer el profesor de inglés de tercero, fue diferente. Lo llamábamos
Chicoria. En parte porque nadie recordaba su nombre, pero también
porque compensaba su baja estatura con ojos venenosos y una voz carrasposa
y amarga. Los lunes nos tomaba una prueba que nos devolvía los
viernes, empezando por las mejores, sentado en el tablero del escritorio
para poder mirarnos hacia abajo sin empinarse. Cuando llegaba a las notas
más bajas, llamaba nuestro apellido, después repetía
sonoramente nuestra mala nota, agitando la prueba, mientras nosotros recorríamos
esos pocos, pero interminables metros, con la boca seca, las manos heladas,
odiándolo visceralmente.
3
Ese año pasaban por televisión una serie llamada "Kung
Fu". El protagonista, después de hacerse monje en un templo chino,
había viajado a los Estados Unidos en busca del padre aventurero
que lo había engendrado. Su equipaje era una mochila, un par de
zapatos que nunca usaba y una flauta de madera que tocaba a la vera del
camino, descansando de sus largas caminatas, porque, a diferencia de los
vaqueros de botas, pistola y espuelas, él viajaba a pie y descalzo.
Cada semana se cruzaba, sin querer, en el camino de algún canalla
mal afeitado. El meditativo monje, muy tranquilo, trataba de resolver
el problema con filosofía oriental, pero el villano resultaba siempre
inclinado a métodos más expeditivos. El monje soportaba
las provocaciones, las humillaciones, algunos golpes menores que le partían
el labio, pero, cuando el villano sacaba la pistola, no tenía más
remedio que recurrir a las artes marciales, cuyos golpes precisos, armoniosos
como pasos de danza, dejaban inconscientes al bravucón y a sus
pasmados segundones. Ya vencedor, el monje arrojaba lejos las inservibles
pistolas, antes de despedirse de los caídos con una venia. Al final
del episodio se lo veía otra vez caminando por interminables arenales
en busca del padre perdido.
Todos los lunes nos reuníamos en una esquina del patio, después
de jugar fulbito, para comentar el último episodio. Soñábamos
con tener la habilidad del monje, para usarla, sin sabiduría ni
parsimonia, contra Ayala, contra algún enemigo personal, o, mejor
todavía, contra Chicoria.
4
Hacia el tercer mes llegó un alumno nuevo. Usaba zapatos de charol,
pantalón de casimir y camisa almidonada. Se llamaba Ishikagua.
El auxiliar que lo había traído, después de presentarlo,
nos ordenó que dejáramos libre el primer pupitre. Ishikagua
saludó inclinando la cabeza antes de avanzar, muy despacio, como
caminando sobre papel de arroz, hasta tomar posesión de su lugar.
Lejos de indignarnos por el desplazamiento, a la hora del recreo lo bombardeamos
a preguntas. ¿Era chino? No, era hijo de japoneses. Da lo mismo,
dijo algún impaciente. ¿Sabes kung fu? Ishikagua nos miró
con sus ojos rasgados, tan sabios, que ni siquiera parpadearon cuando
se cruzaron con la sarcástica mirada de Ayala. Luego asintió.
De inmediato hicimos espacio para que nos hiciera una demostración,
inclusive dos de nosotros nos ofrecimos como agresores, adoptando las
poses de los avinagrados vaqueros. Pero Ishikagua se negó. El kung
fu, nos dijo, es una disciplina de la mente, no un entretenimiento.
5
También ese año, aprovechando las horas en que los auxiliares
se trenzaban en algún juego de cartas, empezamos a saltar la cerca
de alambre que daba a la calle. Una vez, por culpa de un as perdido, recibimos
unos varazos que nos ardieron en las nalgas una semana entera. Pero, en
general, lográbamos evadirnos con éxito.
Algunos iban al viejo cine de barrio junto al mercado. Otros iban a fumar
en los parques. Unos pocos nos escapábamos para jugar fulbito con
los chiquillos que cargaban bultos en el mercado. Aunque eran de nuestra
edad, nos ganaban nuestras propinas, jugando con una pelota de cuero,
parduzca y jorobada, siempre descalzos y carajeando como adultos.
Una tarde, después de una de esas derrotas, nos encontramos con
Ayala. No era el mismo de siempre. Sus ojos no brillaban con furia, ni
se movía con ademanes insolentes. Tampoco llevaba su uniforme parchado,
sino un mameluco luido en los puños, manchado de grasa, de un color
azul indefinido. Recién cuando nos miró sorprendido, con
una pieza mecánica en las manos, recordamos que había faltado
al colegio.
En lugar de ordenarnos que nos quitáramos de su camino, nos saludó
con un simple hola, casi avergonzado, luego se quedó en silencio,
sin saber qué decir, hasta que un vozarrón salió
del taller ordenándole que entrara, muchacho de mierda.
6
Desde entonces ya no se metió con nosotros. Simplemente pasaba
a nuestro lado, mirándonos con ojos cómplices, antes de
abalanzarse sobre su víctima. Desde entonces, también, empezó
a elegirnos para su equipo a la hora del recreo. No perdíamos nunca.
7
Una tarde alguien aprovechó el alboroto que se armaba después
de la clase de inglés para gritarle a Ayala: ¡Qué
le vamos a hacé, si no sabe inglé! Ayala, todavía
con la hoja en la mano, se acercó al grupo de donde había
salido el insulto. Todos se callaron, pero cuando Ayala agarró
al primero, éste delató al insultador, que, ya con el terror
en la mirada, trató de escapar saltando sobre el pupitre. Pero
Ayala, más rápido, lo derribó con una zancadilla
y se abalanzó sobre él. El insultador, desde el suelo, lanzó
un grito desesperado: ¡Ishikagua!
Todos, inclusive Ayala, volteamos. Ishikagua, tan impasible como siempre,
había observado la escena desde su pupitre, con el libro de inglés
todavía abierto, porque Ishikagua, en pocas semanas, ya era el
primero de la clase. Ayala, todavía con el tenso puño en
alto, lo miraba intrigado.
Ishikagua se puso de pie, muy despacio, como si tuviera todo el tiempo
del mundo. Cerró su libro de inglés, dejó su lápiz
en la ranura del pupitre, luego avanzó hacia Ayala, que todavía
retenía al insultador en el suelo. Entonces gritamos: ¡Pégale,
Ishikagua, pégale!
Ishikagua, ignorándonos, se desabotonó los puños
de la camisa, se quitó los zapatos de charol y se cuadró
con las manos al frente, los dedos ligeramente curvados, las rodillas
flexionadas, igual que el monje de la televisión. En medio del
silencio expectante, Ishikagua, con su acento japonés, pausado,
casi ponderativo, le pidió a Ayala que, por favor, dejara tranquilo
a su compañero.
Ayala miró al caído con ojos furiosos, lo insultó
una vez más, pero lo dejó libre. Ishikagua se lo agradeció
con una venia, se calzó los zapatos de charol y volvió a
su pupitre abotonándose los puños como si no hubiera pasado
nada.
8
Desde entonces, cada vez que Ayala empezaba a pegarle a alguien, uno
de nosotros salía corriendo a llamar a Ishikagua. Desde entonces,
también, Ayala dejó de organizar los partidos de fulbito
del recreo.
9
Llegamos a diciembre, las últimas semanas de clase, preocupados,
tratando de reponernos de nuestras malas notas de los primeros meses.
Algunos de nosotros, ya desaprobados en dos cursos, tratábamos
de salvar inglés para no repetir el año. En esos días,
Ishikagua, en lugar de organizar los partidos de fulbito del recreo, nos
explicaba metódicamente cómo se conjugaban los verbos en
inglés. El único que no asistía a la cátedra
era Ayala. Las pocas veces que asistía al colegio, ya domado, huraño,
se sentaba en el último pupitre sin hablar con nadie, como resignado
a lo que le deparara el destino. El último día de clases,
un viernes, Chicoria llegó con los exámenes finales. Teníamos
las manos heladas, el estómago hecho un nudo, sin embargo, esperamos
con paciencia mientras él, demorándose más de la
cuenta, se sentaba en el tablero del escritorio. Empezó, como era
natural, devolviendo el examen de Ishikagua, el único aprobado.
Luego fue bajando lentamente, llamándonos uno a uno, repitiendo
la nota desaprobatoria con morboso placer.
Se quedó con el último examen, mirando con ojos burlones
hacia el fondo. Quizá sabía que Ayala repetiría el
año si desaprobaba inglés, porque, gozando infinitamente,
agitó el examen hasta que Ayala no tuvo más remedio que
ponerse de pie. Pero Chicoria, arrugando la hoja, le preguntó que
para qué se paraba, Ayala, si ya sabía que tenía
cero. Luego, riéndose, tiró la bola de papel a la esquina
del basurero. Ayala lo miró con odio infinito. Chicoria, como provocándolo,
agregó: Tiene cero Ayala, por bruto, pues, qué le vamos
a hacé, si no sabe inglé.
Lo despreciamos con todas nuestras fuerzas, odiando, además, que
Ayala hubiera sido domado por Ishikagua. Quizá por eso no nos dimos
cuenta en qué momento Ayala enfiló hacia el escritorio,
ni en qué momento Chicoria salió corriendo hacia las escaleras.
Nuestra reacción tardía fue salir tras ellos para ver la
paliza desde el balcón del segundo piso. Chicoria, bajito, amargo,
pero ágil, cruzó el patio, luego subió jadeante las
escaleras y apareció en el balcón de enfrente, con los ojos
desorbitados, el pelo agitado, corriendo despavorido hacia la oficina
del director. Manoteó la puerta antes de doblar hacía nuestro
balcón, patinando en las losetas, corriendo desesperadamente, mientras
Ayala, que lo había seguido de cerca, acortaba distancia. Al vernos,
Chicoria agitó las manos pidiéndonos que nos hiciéramos
a un lado. Pero nosotros le cerramos el paso. Entonces, ya con Ayala en
los talones, Chicoria gritó: ¡Ishikagua!
Sin que nos diéramos cuenta, tal vez antes de que Chicoria gritara,
Ishikagua ya se había interpuesto entre perseguido y perseguidor,
sin zapatos de charol, con la camisa remangada, adoptando la postura del
monje chino. Pero Ayala no se detuvo esta vez. Sin darle tiempo a nada,
lo agarró de la camisa, le descargó un cabezazo, lo dobló
con un rodillazo en la ingle y lo derribó con un soberbio puñetazo
en la mandíbula. Ishikagua cayó muy despacio, agarrándose
el estómago, apretando los dientes con una mueca de dolor, mientras
Ayala, con los puños crispados, los ojos encendidos, se acercó
a su víctima. Chicoria, acorralado, tragó saliva. Luego
hizo algo increíble. Se arrodilló implorando: ¡No,
por favor! Entonces gritamos: ¡Pégale, Ayala, pégale!
En ese momento, Ayala, con el puño en alto, nos dirigió
una larga mirada. Sus ojos encendidos de furia cambiaron rápidamente
a un desprecio largo, pausado, casi infinito con el que también
miró a Chicoria. No lo golpeó. Lo dejó arrodillado.
Dio media vuelta y le ofreció la mano a Ishikagua. -Discúlpame-le
dijo-. Yo no sé kung fu.
Julio de 1999.
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