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RANTONIO STOYNIC (Quimera) ¿Acaso duermen las sirenas? EL pueblo se asemeja, en su inmovilidad y quietud, a un charco
de agua cuando no sopla el viento, como si el tiempo hubiera titubeado
antes de entrar en él y decidiera pasar de largo. Uno de esos pueblos
perennes e inmutables como su propia historia, y perdido en los infinitos
campos de la Bretaña, al que llegué después de abandonar,
camino de la abadía del monte Saint-Michel, el tour guiado que
debía permitirme conocer, además de París, el norte
de Francia en dos días. Con el escaso presupuesto de un estudiante
peruano becado, intentaba conocer las entrañas mismas del país,
al margen de las rutas turísticas oficiales, y hurgar de ser posible,
muy a mi pesar y por irresistible ruego materno, en los lazos que nos
ligaban a un lejano antepasado llegado al Perú en tiempos de Ramón
Castilla, cuyo apellido aún llevábamos, y que había
abandonado su país con cierta prisa -esta parte de la historia
era aceptada apenas a sotto voce en el círculo familiar e incluía
un oscuro incidente que involucraba a una joven del pueblo abandonada
con un hijo a cuestas, e incluso un suicidio-, y de quien mi familia guardaba
como un tesoro, dos cartas descoloridas por el paso de los años,
con la dirección del desconocido remitente, -un hermano, en apariencia-,
apenas legible, curiosamente idénticas las dos, palabra por palabra,
en las que se le sugería de manera inequívoca no volver,
consejo que él siguió al pie de la letra. Con la información
que logré reunir en la biblioteca de la universidad de Montpellier,
en el tiempo libre que me dejaban mis estudios de arte, averigüé
que las cartas procedían de un pequeño pueblo en las cercanías
de Rennes, y si mi plano de carreteras está en lo cierto, he llegado
a él. Intentando cumplir con el difícil encargo en el menor
tiempo posible, para seguir con mi peregrinación por la zona, me
adentro en sus calles estrechas y arboladas, ahora desiertas, con la dirección
escrita en las cartas, cuidadosamente anotada en un papel. Buscando quien
pueda orientarme, deambulo al azar en un vericueto de callejas secundarias
cuyo desorden me hacen extrañar la sencilla cuadrícula del
centro de Lima. Descubro con alivio que los nombres de las calles aparecen
grabados en estuco sobre los muros en los cruces, y que además
parecen no haber cambiado en siglos. A mi alrededor, el sol empuja su
larga sombra a lo largo de las fachadas de las chatas casas de piedra
y casi puedo oír, en medio del silencio, su suave roce contra los
frisos de las ventanas y bajo los aleros de los tejados. Es esa hora indefinible
del día en que si bien aún no ha anochecido, ya es posible
sentir la presencia de la pronta oscuridad como si estuviera aguardando
agazapada detrás de la esquina más cercana, esa misma esquina
desde donde me llega de improviso, muy brevemente al principio, el rumor
de un llanto ahogado y lejano, como si brotara de las profundidades de
la tierra, en cortos hipidos que se suceden con unos pocos segundos de
intervalo. Transcurridos algunos minutos, en los que compruebo que a nadie
más parece importarle, y movido por la curiosidad, abandono momentáneamente
mi búsqueda y avanzo hasta el final de la calle, deteniéndome
por momentos a escuchar, para así conseguir precisar el lugar de
donde proviene el llanto. Doblando el primer recodo, a pocos metros de
la intersección, se levanta una cerca de tablas de poca altura,
y detrás de ella emergen las ramas más altas de un añoso
nogal. La imagen es extraña; se diría que el árbol
también surge, como el lamento, de varios metros por debajo del
empedrado de la calzada. Me asomo sobre la valla y miro hacia abajo. La
empalizada oculta el huerto trasero, de aspecto abandonado y librado a
la benevolencia de eventuales lluvias, de una casona que por un momento
me resulta vaga e inexplicablemente familiar, y cuyo frente debe dar sobre
la otra calle. A simple vista se aprecia que éste nace a cuatro
o cinco metros por debajo del nivel de la vereda, e imagino que debe accederse
a él desde algún sótano de la casa. Es en ese momento
que el llanto regresa alto y nítido a mí, ahora desde mucho
más cerca, y resulta evidente que procede del huerto. El sollozo
tiene algo de metálico, de herrumbroso, y su cadencia me recuerda
el llanto de un niño. Buscando su origen, alcanzo a divisar, en
una esquina, al otro extremo del huerto y salpicada por los pocos rayos
de sol que logran atravesar el denso ramaje del árbol, una ruinosa
y estrecha escalera de madera, a punto de zozobrar. La escalera se apoya
en una pared ciega y desciende en un único tramo hasta el nivel
inferior. A pocos pasos de su base, en el centro del espacio en penumbras
que se adivina allá abajo, asoma el grueso tronco del nogal, cubierto
por una hiedra espesa y empecinada. En el primer peldaño, donde
la escalera nace o termina, me parece distinguir, confundida con la densa
sombra del árbol, una sombra más clara e imprecisa, con
forma humana, que, inmóvil, parece esperar. En ese segundo, el
sollozo se deja sentir nuevamente y entonces comprendo; la sombra más
clara es un niño, -deduzco que de muy corta edad-, que parece estar
atrapado, y que por alguna razón que no alcanzo a penetrar, está
solo. Más arriba, a través de la frondosa copa del árbol,
se puede entrever que los postigos de las ventanas que dan hacia el huerto
están todos cerrados, y debajo de ellos destaca un recuadro velado
que parece ser una puerta clausurada con ladrillos. Por un momento pienso
en volver y salir a la otra calle para llamar desde la entrada de la casa,
pero aun antes de dar el primer paso, llego a la conclusión de
que será inútil, porque, ahora tengo la certeza de ello,
la casa está deshabitada. Entonces, siguiendo el impulso del momento,
decido bajar, y empiezo a hacerlo alcanzando las ramas más cercanas
del árbol que asoman sobre el cerco. A medida que desciendo, el
ramaje se hace menos apretado, como los hilos más alejados del
centro de una telaraña, y me permite ver, esta vez con claridad,
la silueta del niño confundida con la sombra del follaje. Me dejo
caer sobre el piso de tierra cubierto de musgo y hojas secas, y aún
en cuclillas, ensayo una pregunta estúpida del tipo "¿estás
solo, niño?", o algo por el estilo, sabiendo de antemano que no
tendré otra respuesta que el eco de un llanto rebotando en las
paredes del patio, ahora sucediéndose a intervalos más breves;
un lamento que brota del niño como el ruido que hace una puerta
durante mucho tiempo cerrada al abrirse. Por las proporciones del cuerpo,
ya que el rostro está un tanto girado hacia la derecha y me ofrece
apenas un resto de su perfil, compruebo que se trata en realidad de una
niña que difícilmente tendrá más de un año,
a pesar de la posición hierática que me recuerda la de una
estatua. Viste lo que parece ser un traje azul que le cubre los tobillos,
y botines de charol. Tiene el pie derecho en el primer peldaño,
y el izquierdo un poco doblado, al estilo de algunas pinturas renacentistas,
apoyado en el escalón siguiente, y todo el cuerpo como detenido
en ese tiempo que parece no existir, como sorprendida por el estallido
inoportuno de un relámpago. Estoy componiendo mi segunda pregunta
idiota, cuando me llega su respuesta, perfectamente audible, no más
de cuatro o cinco palabras, con una voz cuyo sentido y procedencia me
niego a aceptar, y que busco sorprendido a mi izquierda, primero, y después
a mi espalda, y tal vez, qué buena broma, debajo de la escalera,
apenas un instante antes de que el rostro infantil gire hacia mí,
como si no se moviera, mirándome sin apuro y sin verme, desde el
fondo de unos ojos que son dos trozos de vidrio en ese casi anochecer
y mostrándome dos hileras de pequeños dientes blanquísimos,
en una sonrisa que no es una sonrisa, mientras repite la frase en un tono
que no deja lugar a ninguna duda.
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