CUANDO
MAÑANA VENGAN POR MI
Por ANTONIO STOYNIC
(Liliput)
CUANDO me dijeron lo de Arróspide no me sorprendí
en absoluto. Ya desde el día anterior yo maliciaba que algo así
ocurriría. Lástima no haber estado con él. No por
afán de novelería o para ir por allí después
comentándolo en los infaltables corrillos que más tarde
se formaron, sino simplemente porque eso era justamente lo que Arróspide
hubiera deseado, y también por Matías. claro. Encerrarse
en un octavo piso y tirar cuarenta o cincuenta terminales de computadora
y algunas viejas máquinas de escribir a través de las ventanas
puede ser también un acto de liberación, pero en estos casos
de poco sirve hacerlo sin testigos.
Fue justamente Arróspide quien la semana anterior había
subido a contarme lo que pasaba con Matías. Aquel día llegó
casi sin aliento y con las mismas bajamos a leer en el panel del primer
piso lo que en ese momento venía poniendo de cabeza a todo el ministerio.
El comunicado no decía mucho, mencionaba apenas que el sancionado
era Matías Garmendia, jefe de logística, y que la medida
venía haciéndose efectiva desde el martes anterior. Esto
significaba, desde hacía tres días. Tres largos días.
Recuerdo muy bien la cara de Matías, que en ese momento entraba.
Estaba claro que ya lo sabía. Perdido como siempre detrás
de sus anteojos de carey grueso y dentro de un terno más holgado
que de costumbre, trató de pasar inadvertido sin lograrlo. Inmediatamente
fue rodeado, palmoteado y estrujado. Se diría que estábamos
en un velorio de cuerpo presente, de cuerpo aún vivo presente.
Incluso llegué a escuchar como en una letanía decir a Barreiro
algo así como "no somos nada". Como para meterle un solo viaje
de patadas ahí mismo. Otros, con los puños en alto y los
rostros sombríos, lanzaban consignas y le demostraban su solidaridad
y su convicción de lo injusto de la disposición, a pesar
de que todos conocíamos su carácter irreversible, y por
extensión, el proceso de cambios que para entonces ya debía
estar padeciendo Matías. Algunos, como Arróspide, pedían
por lo menos -¿qué otra cosa se podía hacer?- una
inmediata actitud de repudio a la arbitraria decisión. Tampoco
faltaron, como era previsible, quienes discretamente se apartaron del
tumulto. curándose en salud, ni los comentarios apenas susurrados
de los más observadores sobre el reiterado gesto de Matías
de recogerse el pantalón, ni el patético agregado en los
tacos de los zapatos. Los más prácticos incluso se preguntaban
quién sería el siguiente. Yo sentí entonces que la
lógica de las cosas se resquebrajaba, que esa rutina muelle y segura
en la que hasta ese momento nos habíamos arrellanado se quebraba
bajo nosotros, que algo en definitiva se hacía pedazos.
La primera reunión -sin la presencia de Matías. por supuesto-
fue en casa de Madueño, y se discutió hasta muy tarde sobre
las probables causas de la sorpresiva disposición. Menudearon los
alegatos encendidos, la retórica fácil y se sugirió
incluso que, paradójicamente, todo se debía justamente a
ciertos comentarios de Matías en relación con la nueva política
de incentivos y sanciones de la institución. Esta conclusión
terminó por caldear los ánimos y así tras algunos
gritos y empujones, finalmente se optó por postergar las deliberaciones
hasta el siguiente lunes.
Tras el fin de semana, Matías, quien fatalista y tácitamente
parecía haber aceptado su destino, se presentó a trabajar
como todos los lunes. Se le notaba abatido pero dispuesto a continuar
con su trabajo hasta el final. Para entonces los primeros síntomas
del proceso eran ya fácilmente apreciables, no sólo por
simple recurrencia a la memoria o a la comparación, sino también
en ciertos detalles significativos que venían a sumarse a los ya
anotados el viernes anterior: el abultado cojín en el sillón
del escritorio, el exagerado dobladillo de los pantalones, corregido de
una forma que denotaba apresuramiento, y unos zapatos en los que parecía
navegar. Por otra parte, y a pesar de los esfuerzos de la mayoría
por mostrarnos naturales y cumplir con nuestras tareas como si nada sucediera,
las miradas de inteligencia en los corredores y los murmullos compasivos
de las secretarias comenzaban a hacerse comunes.
En la segunda reunión, y a duras penas -la asistencia había
disminuido de manera significativa-, se concluyó un "pronunciamiento
de extrañeza" de cinco páginas, documento que debía
presentarse en mesa de partes a más tardar el martes a primera
hora. Sin embargo, después de que alguien sugiriese echar a suertes
quién encabezaría la lista con su firma, -¿uno de
los hermanos Siura tal vez?- se decidió casi por unanimidad, con
la excepción de Arróspide y apenas alguno más, esperar
que las cinco páginas circulasen lo suficiente como para acumular
un número razonable de adhesiones.
El jueves ya todos sabían de los problemas de Matías para
subir sin ayuda a su sillón de trabajo o alcanzar los servicios
en el baño de contabilidad, y de su necesidad de vestir la ropa
de sus hijos menores, para evitarle de esta manera gastos inútiles
a su familia. Con el correr de los días, sin embargo, debió
resignarse a utilizar los vestidos de un títere de madera de propiedad
de su hija menor, a pesar de la cerrada oposición de ésta,
y llegar a la oficina dentro de un maletín: esta última
medida, según decían, estaba destinada tanto a protegerlo
de los perros vagabundos como de la maledicencia de la gente. Para entonces,
y a pesar de los esfuerzos de Arróspide, las cinco páginas
con el pronunciamiento de extrañeza se habían extraviado,
traspapeladas tal vez en alguna de las múltiples dependencias de
la institución, y la presencia de Matías a esas alturas,
si cabe el término en tales circunstancias, sólo tenía
por finalidad facilitarle a su sucesor la indolora asunción de
sus funciones, tarea que llevaba a cabo a través de oficios y precisas
instrucciones que redactaba con increíble paciencia en la computadora,
mediante un fatigoso procedimiento que consistía en saltar, como
quien cruza un río de piedra en piedra, sobre el teclado del aparato.
Quedaba para la anécdota que en el almuerzo se las arreglaba con
algunos trozos de galleta que comía en su misma oficina, en consideración
a que su asistencia a la cafetería que solía frecuentar
con sus vecinos de escritorio, resultaba ahora innecesaria, además
de comprometedora para éstos, desde el momento en que como ellos
mismos lo habían señalado juiciosamente, su compañía
podría acarrearles dificultades con el concesionario del negocio,
e incluso con los demás comensales.
El siguiente lunes dejó de asistir al trabajo. Le apenaba no tener
qué ponerse, y alguien contó que le desagradaba la idea
de ser aplastado por algún compañero de trabajo. Como era
inevitable, los últimos momentos de Matías serían
por mucho tiempo materia de especulación y controversia. Cuando
a principios de la siguiente semana, Arróspide descubría
su nueva condición al intentar alcanzar, sin conseguirlo, una ruma
de expedientes que sólo el viernes anterior había colocado
sin dificultad en lo alto de un estante, yo estaba a su lado; por eso
para mí, conociendo a Arróspide como yo lo conocía,
lo previsible de su actitud cuando al día siguiente arrojó
media oficina por la ventana. Lo que no me esperaba era que también
se arrojara él.
Después de eso, yo ya sabía como venía la mano, y
para lo que pudiera presentarse ya tenía en mente algunas ideas,
algunas buenas ideas. Y el resto Ud. ya lo sabe. Ahora le agradecería
que me ayude a bajar del sillón, -la altura siempre me ha dado
vértigo-, que tengo que hacer algo en lo que no puede ayudarme.
¿Una última foto? Está bien. Pero le recuerdo que
ya todos los demás están afuera y que sólo le quedan
cuatro minutos para salir de aquí.
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