HASTA
QUE LA MUERTE NOS SEPARE
Por ROSA COLOMER
(Señorita Blancafort)
A principios de los setenta, todos creían que mi hermana
Marina se quedaría para vestir santos. Todos deberían haber
sabido también que permanecer soltera no estaba en su naturaleza.
A Marina le gustaron los hombres desde pequeña. Cuando venía
el chiquillo con las verduras del mercado, se levantaba el vestido y le
mostraba las braguitas de perlé, asegurándose de que sólo
lo viera yo, aparcada en la cocina en mi silla de ruedas. Luego me decía:
un día me casaré con él.
Cuando éramos niñas, en verano, entre papá y el taxista
me bajaban en brazos a la playa. Tendida en la chaise-longue, bajo el
cañizo, completamente vestida para ocultar mis piernas feas, observaba
a Marina en la orilla.
Aquella mañana merodeaba alrededor de un catamarán varado
en la arena. Su flamante propietario, un chico bastante mayor, se preparaba
para salir a la mar y no veía las miradas insistentes que le lanzaba
Marina, ni los andares remolones con los que trataba de atraer su atención.
Hasta que Marina se colocó detrás de él y, de un
brusco tirón, le bajó el bañador, dejando al aire
la mitad de sus nalgas blancas. El chico se revolvió enfadado,
no sé lo que le dijo Marina, pero podía verla coqueteando
a pleno sol, con un dedito en la boca, y pude oír la carcajada
del chico. Estuvieron charlando un buen rato, y él la levantó
en vilo y la subió a bordo, y ella lo miró todo. Luego Marina
persiguió al chico, salpicándole, y él la dejaba
acercarse y se escapaba riendo.
Apenas se metieron en el mar, le dije a mamá: Marina lleva toda
la mañana en el agua, ya debe estar arrugada. Y mamá la
llamó: basta de baños, ahora juega un rato con tu hermana,
y no la quiso escuchar, por más que Marina protestó. Más
tarde, mientras hacía un castillo de arena a mi lado, me dijo que
había cambiado de idea: se casaría con el fornido navegante.
A los dieciocho años, Marina había cambiado de idea muchas
veces. Entonces me pusieron los hierros en las piernas y pude caminar
con muletas. Para celebrarlo, hicimos el viaje a Italia. Estábamos
en la terraza de un café, y Marina lamía lascivamente un
helado de pistacho con los ojos clavados en un joven muy moreno sentado
en la mesa de enfrente.
Primero él se rebullía en la silla, intimidado. Luego empezó
a sonreírle a Marina, que ahora le miraba burlona.
Papá creyó que el joven le sonreía a él y
le saludó sacándose apenas el sombrero. El joven llamó
al camarero, pagó la cuenta, y se acercó a nuestra mesa,
con su traje blanco elegantemente arrugado: scusi, signore, pero llevo
un rato observando a su simpática familia, he oído que hablan
en español y siempre es un placer practicar su bello idioma, permita
que me presente, soy el conde Fabrizzio Delle Scarpe, y le tendió
a papá una tarjeta, con su nombre en letras doradas bajo una diminuta
corona, mientras miraba de reojo a mi hermana, para cualquier cosa que
se les ofrezca en Milano.
Papá y mamá se declararon encantados de conocer al conde,
que deseaba que le llamáramos Fabrizzio a secas. Impresionados,
le invitaron a sentarse con nosotros y él arrimó una silla
al lado de Marina, aunque entre mamá y yo había mucho más
espacio. Al rato, ya se estaban riendo los dos y contándose secretitos.
Cuando nos despedimos quedó convenido que el amable Fabrizzio sería
nuestro cicerone en Milán. Él nos develaría los misterios
de la ciudad a cambio de escucharnos hablar en nuestra lengua, tan seductora,
al parecer, para sus oídos italianos.
Debe conocer a mucha gente, se ilusionaba mamá de regreso al hotel,
y lugares a los que no van los turistas, y, además, qué
chico tan educado y apuesto, se le nota la buena cuna.
Por eso le dieron permiso a Marina para salir a pasear con él al
anochecer, aunque estuvieron toda la tarde perdiéndose por los
rincones oscuros del Duomo. Y también hubiera ido con él
a esa fiesta, papá estaba de acuerdo, incluso le habían
comprado un vestido, pero yo empecé a sentirme mal y cuando me
desmayé en el baño, decidieron adelantar el regreso a casa.
Marina olvidó a Fabrizzio en cuanto conoció a Rafael, que
tenía un cortijo en Córdoba donde criaba toros de lidia
y toreaba vaquillas. Luego olvidó a Rafael y quiso casarse con
Toni, que era escalador y se despeñó en el Aneto. Más
tarde, amó platónicamente al Padre Eugenio, un cura obrero
y comunista, y acarició por un tiempo la idea de casarse con Dios
y hacerse monja guerrillera.
Siempre cambiando de parecer, cumplió los treinta y siguió
siendo una niña precoz. Pero dejaron de salirle pretendientes.
Una vez, en primavera, fuimos las dos a Menorca. Alquilamos un apartamento
junto a una caleta con un rosario de bares excavados en la roca. Desayunando
en la terraza, veíamos cada mañana a un joven pescador que
llegaba del mar. Venía remando, tan fuerte y desvalido a la vez,
que erizaba la piel. Con los pies desnudos y la espalda brillante de sudor,
amarraba su barca a pocos metros de nosotras, y Marina me hablaba muy
alto, hacía comentarios mordaces sin dejar de mirarle, tratando
de arrancarle una palabra, una sonrisa. El primer día, él
le echó una ojeada torcida, y no volvió a mirarla ni a desfruncir
el ceño. Ni siquiera cuando pasó con dos langostas vivas
en la mano y Marina le llamó, diciendo que quería comprárselas,
y el pescador contestó, sin apenas detenerse, que estaban comprometidas.
Entonces se abrió el cielo encapotado, y el sol tibio de abril
me dio de lleno en la frente.
Seguíamos durmiendo en el mismo cuarto, en dos camas gemelas con
colchas de ganchillo, tejidas por mamá entre suspiros. Éramos
inseparables, y yo era más guapa de cara, eso me decía mi
madre.
Pero una tarde de setiembre, a principios de los setenta, Marina conoció
a Víctor en la biblioteca. Víctor olía a tabaco de
pipa y llevaba una barba entrecana. Enseñaba castellano en una
universidad de California, escribía poesía de vanguardia
y acababa de decidir que había llegado la hora de buscarse una
mujer para compartir el otoño de la vida. Supo que la había
encontrado cuando Marina se cruzó en su camino con un libro de
Kerouac bajo el brazo.
Al cabo de tres semanas, en vísperas de regresar a Berkeley, le
pidió a mi hermana que se casara con él. Y Marina, que dejó
pasar el tren de hombres mucho más guapos, ricos e interesantes
en espera de alguno que lo fuera más todavía, accedió
inmediatamente y se dispuso a amarle con pasión.
Cuando lo contó en casa, papá y mamá no le dieron
importancia, pensaron que se le pasaría como los anteriores caprichos.
Desde luego, le prohibieron casarse inmediatamente con ese advenedizo
que pretendía llevársela al otro lado del océano.
Que se escribieran, si querían, que se fueran conociendo, ¿qué
prisa había?
A pesar de todo, nos divertimos mucho, aquel invierno. Ibamos a los conciertos
matinales, y a merendar con las amigas. Fuimos a todas las corridas, y
bordamos entre las dos un mantelito de té con motivos taurinos
y las firmas de los toreros que se hospedaban en el Ritz, a pocas manzanas
de casa. Y cada vez que encontré una carta con sellos de los Estados
Unidos en la bandejita del correo, la eché al brasero.
Pero Víctor regresó al terminar el curso, vino una tarde
de domingo a casa y se encerró con papá en el despacho.
Al rato oí voces airadas en el pasillo y el llanto a gritos de
Marina. Tras el portazo, llegó deshecha a nuestro dormitorio y
se arrojó sobre su cama, a morirse boca abajo. Entre sollozos me
contaba que papá y mamá no la dejaban casarse para que yo
no me quedara sola, siempre hicimos todo juntas, siempre dieron por supuesto
que Marina se ocuparía de mí cuando ellos faltaran.
Juré que no me importaba, pero papá seguía negándose
a dar su consentimiento y amenazó a Marina con desheredarla si
se iba de todos modos. Entonces, Marina sacó el taburete del baño
al balcón, se montó a horcajadas en la barandilla y comprendí
que papá y mamá cederían. Y me vino la recaída,
fiebres muy altas, convulsiones, delirios en los que oí que Marina
me decía: no te servirá de nada. Y en efecto, una noche,
cuando todos dormíamos, se escapó a California con Víctor
y yo no volví a levantarme de la cama.
Marina se casó con una túnica india y el pelo sembrado de
margaritas, Víctor con su eterno traje de pana. Lo vimos en una
foto en colores que nos mandó, ellos dos bajo una enramada. Mamá
opinó que Marina nunca tuvo buen gusto para la ropa, puso la foto
en un marco, y la guardó para siempre en un cajón de la
cómoda, entre las mantelerías de hilo que jamás se
usaban, porque daba mucho trabajo plancharlas.
No supimos nada de Marina ni cuando papá murió de infarto,
hace ya dieciséis años. Pero a mediados de enero, una semana
después de que enterráramos a mamá, casi centenaria,
sonó el teléfono a las tres de la madrugada, dándonos
un susto de muerte, a la enfermera y a mí.
No reconocí la voz de mi hermana, que llamaba desde California
diciendo que hacía un año que era viuda, no, no había
tenido hijos, se acababa de enterar del fallecimiento de mamá al
leer la esquela en La Vanguardia, que recibía con retraso, y estaba
a punto de abordar un avión que la traería de regreso a
casa.
Al atardecer del día siguiente, después de treinta y cinco
años de ausencia, Marina se apareció con toda naturalidad
en mi dormitorio, para cumplir el destino que nuestros padres le tenían
reservado. Llegó convertida en una vieja estrafalaria, con el pelo
muy corto sin teñir, y una boina ladeada. Pero entre la telaraña
de arrugas brillaban los maliciosos ojos de mi hermana. Plantada a los
pies de mi cama, me miró largamente, y se echó a reír
sin amargura: al fin solas, ya no hay moros en la costa.
Me despertó la claridad del día y vi a Marina encaramada
a una escalera, arrancando los espesos cortinajes que cubrían las
ventanas. Luego, entre ella y la enfermera me sentaron a la fuerza en
la silla de ruedas, y Marina me empujó por el pasillo, al ritmo
de la música de la radio.
Empezamos por el comedor. Mi hermana abrió la vitrina de la plata
y fue sacando los fruteros repujados, las fuentes de servir, el juego
de café, la pesada cubertería. Trajo una de las mejores
sábanas bordadas, envolvió toda la plata en ella, y se fue
arrastrando el fardo, pasillo abajo, gritándome para que la oyera:
no necesitamos todo esto.
Hemos cambiado la decoración de toda la casa, nos hemos deshecho
de las cosas viejas. Ahora vivimos como reinas con vajilla de plástico
y sábanas de tergal, comemos comida congelada y nos hemos comprado
una televisión panorámica. Puedo moverme sola por el departamento,
con esta silla de ruedas moderna.
Marina ha salido a hacer la compra. Cuando vuelva, no le diré que
hace un rato tocó el timbre el abogado de enfrente, ése
de pelo blanco que le gusta tanto. Estoy junto a la ventana, aparcada
en mi silla de ruedas, comiéndome, pétalo a pétalo,
las preciosas rosas que trajo para ella.
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