Primer
Premio
Se
Comienza
Por
La Mantequilla
Si el mayor de los pecados de la mujer contemporánea
es la gordura, la liposucción, en la mirada de Luis Freire (Lima,1945),
puede convertirse en curioso renacimiento de pishtacos y goce por los
lípidos humanos. Perturbador por su abierta trasgresión,
el lector será seducido por lo absurdo y deliciosamente mórbido
del relato, en el que la resina que otros abominan se convertirá
en objeto de deseo
Por CANNON
(Lucho Freyre)
EN la ceremonia hedonista de una liposucción femenina,
los cirujanos plásticos limpian con su dedo gordo la última
gota de grasa atrapada en la cánula aspiradora. Es un ritual arcaizante
que reitera la superioridad del arte manual sobre la tecnología.
Algunos, no resisten la tentación de probar la gota con la lengua.
La adicción es inmediata e irreversible. Por eso, se llama cirujano
cebado al que ha probado grasa pura de mujer y no puede prescindir de
su consumo. En las alturas andinas le dan otro nombre: pishtaco, grito
de auxilio y susurro de terror que ha marcado desde siempre a los lipidófagos
peruanos. Se comienza por lamer la mantequilla hasta limpiar la caja.
Y nada de dorinas margarinas. Luego es manteca de chancho como si fuese
manjarblanco, pero ninguna te calma el apetito, tu cuerpo sabe lo que
necesita pero tú no quieres saberlo. Estudiaste nueve años
de Medicina en San Marcos, después te perfeccionaste en lo mejor
de Houston y cuando hiciste el juramento hipocrático lo sentiste
de veras como una misión. Eres disciplinado, honesto e incansable
como todos los Almenara, hasta trabajas en un hospital para niños
de la calle arreglando labios leporinos y mounstritos insolventes. Pero
tu necesidad aumenta con los días, tus arterias se embriagan de
lípidos cuadrúpedos y es que ya no sabes en qué sustituto
esconderte de la grasa humana que te coquetea desde el interior de las
barrigas, las papadas, los brazos flanudos y los muslos con bandera de
las mujeres que acuden a tu consultorio buscando un salvavidas que las
rescate del espejo en que se ahogan, un mesías que resucite sus
cuerpos gloriosos de la tumba sebosa en que descansan. Porque tú
eres el doctor Alfredo Almenara Rey, el mago de los implantes y las liposucciones
de la pituquería limeña, a pesar de que hace tres semanas
dejaste inexplicablemente la cánula que tan magnífica estela
ha dejado en los cuerpos que pasaron por esas tus manos elegidas de Dios,
como bien las magnifica Dorita Echecopar cuando exhibe sus tetas de concurso
en la playa de Las Totoritas.
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Pishtacos hubo siempre y en el mundo entero (el gobierno alemán
mantiene abierto al turismo el gabinete secreto del enfermero nazi Uwe
Liebfraumilch, en cuya cocinita de campaña se freían pastelitos
de carne con grasa de judías), pero nunca tantos como en estos
tiempos. Aquellos que despellejaban a pastores y campesinos solitarios
con su cuchillo capatoros para lamerles la grasa del cuerpo con su lengua
áspera como la piel de una serpiente, eran monstruos fugitivos
y escasos que se debatían entre el mito y la miseria de una vida
agazapada en los rincones más agrestes del paisaje, huyendo de
exterminadores implacables contratados por las poblaciones que asolaba
más el terror de su presencia que sus crímenes. Se los persiguió
como a una encarnación de Satanás y se los persiguió
con saña especial y éxito mayor en el siglo XIX. Desde aquellos
años, casi no se ha vuelto a ver ninguno. La verdad es que el pishtaco
desollador es un modo en extinción, cuya existencia no ha merecido
últimamente la atención de ningún estudioso serio,
si exceptuamos la tesis "El Pishtacopiteco Andino, un Homínido
Lipidófago del Plioceno sobreviviente en los Andes Centrales del
Perú", del extravagante paleontólogo australiano Warrant
Murray. Te mueres de miedo de caer en el abismo que se abrió
a tus pies cuando esa gotita de grasa de las caderas de Malena Rizo Patrón
te erizó la lengua hasta la raíz y se engrapó en
tus papilas gustativas como una garrapata inamovible. El moderno,
el agazapado entre nosotros, es el cirujano plástico cebado de
diez diplomas y clínica privada. No es fácil reconocerlo,
la mascarilla verde obligada en el quirófano absorbe la saliva
golosa que se le escapa por las comisuras de los labios cuando desliza
la cánula por debajo de la piel de sus pacientes. Pero uno de
estos días no vas a poder seguir resistiéndote y vas a llevar
a la mesa de operaciones a la gorda más gorda que se te ponga delante
y le vas a decir a las enfermeras que te guarden la materia lípida
extraída de la paciente porque tienes que hacerle unos análisis
para descartar posibles complicaciones oncológicas. Una vez
solo, separa la sangre de los residuos lípidos y se los come a
cucharadas sin sal, limón, pimienta, mostaza, salsa inglesa o de
tomate, mucho menos ajicito, la adicción no necesita condimentos.
Y lo volverás a decir luego de la siguiente liposucción,
y lo dirás una tercera, una cuarta, una quinta vez, y esa quinta
vez, a lo mejor ni siquiera serás capaz de esperar a que termine
la intervención y delante de tus horrorizadas enfermeras, vas a
chupar hasta la última gota de grasa directamente de la cánula.
Si la ración le ha resultado insuficiente, puede que en un arranque
de gula animal se encierre con la paciente en la habitación de
la unidad post-operatoria, le reabra diestramente las heridas y empuje
la lengua para cepillar lo que pueda haber sobrado entre los músculos
palpitantes. Estarás tan asqueado de ti mismo, que sentirás
la tentación de cortarte la garganta con tu nuevo bisturí
láser que no deja huella. Pero ya habrás mandado al carajo
a la misma muerte y aunque pienses que mancharse la boca con la grasa
de un ser humano es peor que lamer mierda, la angustia de privarte de
esos lípidos gloriosos te arrastrará hacia adelante como
una locomotora todopoderosa, divinamente todopoderosa, a lo largo de cuya
ruta atemperada por la complicidad de muchos colegas prestigiosos y sus
elegantes refugios para los iniciados como tú en el vicio lípido,
conocerás a un grupo selectivo y cosmopolita de pishtacos que han
arrojado las culpas o los escrúpulos por la ventana para entregarse
al goce hedonista de la grasa femenina y aprenderás con ellos a
disfrutar sus mil sofisticadas recetas para prepararla y servirla con
otros alimentos, recetas que un aplicado freidor como el enfermero Uwe
Liebfraumilch no imaginó jamás en su grueso paladar de bárbaro
germano. No es peligroso mientras no sufra de abstinencia, porque
entonces sí que puede matar. Pero eso es algo que difícilmente
ocurrirá mientras la gordura siga siendo el pecado capital de la
mujer contemporánea.
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