Segundo
Premio
Los
Invitados de la
Ultima Cena
El
trujillano César Silva Santisteban (1965) es el autor de Los
invitados a la Ultima Cena, cuento deliciosamente trabajado, donde
el testimonio de un viejo monje que aún teme salir del Medioevo
conduce el relato. El Renacimiento italiano sirve de paisaje para una
intensa ficción donde el libre conocimiento humano debe enfrentarse
(por los siglos de los siglos) al oscuro dogma de las instituciones.
Por CESAR SILVA SANTISTEBAN
(Fra Angélico da Folino)
1. El maestro Bernardo, tras largas semanas de agonía,
dejó de existir en el país de los paganos que nos invadieron.
Ahora ya no habitará más entre nosotros y eso, en parte
-Dios me perdone-, pacifica mi ánimo. Sé que su entierro
fue sencillo, que sólo una voz entonó la cantata fúnebre
compuesta por él y que su tumba en Amboise fue luego profanada
con rabia por los hugonotes. Espero que en el designio de la Providencia,
nadie más, urgido de plomo para sus matanzas, toque el metal que
cuida su precioso cadáver. Y también que nuestro Señor,
en el día del Juicio, sea misericordioso con él y conmigo,
su humilde pecador.
Todos aquí saben que no he de tardar mucho en acompañarle.
Soy viejo ya y voy entrando en la muerte como el cierzo en la tierra,
casi indiferente a los buenos tormentos de la justa Madre Iglesia. He
confesado que el maestro, con su atrevimiento, ha tocado un nervio de
la Verdad Inmaculada, pero al mismo tiempo, al hablar, he descubierto
que nadie aún está preparado para conocerla.
Fra Luciano da Lucca, mi confesor, ha tratado de disuadirme de todo lo
que ahora creo. Su voz de asmático y sus palabras calmas, que en
otro tiempo lograron untar con paz mi espíritu, ahora las siento
vacías. Nada ya puede hacer que olvide el propósito de maese
Bernardo y los pormenores de su obra en Santa Maria delle Grazie. Nada.
Recuerdo con nitidez el primer día en que lo vi. Su extraordinaria
apariencia inquietaba a cuantos se fijaban en él. Sus ojos podían
pasar por los de un milano, pero no había sobre la tierra ninguna
bestia u hombre semejante. No se podía afirmar que era elegante
o desastrado, vulgar o erudito; era, para decirlo con una palabra restringida
a nuestro Creador, perfecto. Como si Dios, hastiado de engendrar
hijos del barro, hubiese puesto en él todo su cuidado.
El mayor de nuestra Orden fue quien le encargó el fresco. Sólo
Domenico Popolano se opuso, pues había formado parte del Consejo
que, en Florencia, procesó a cuatro jóvenes por la monstruosidad
antinatura, entre los cuales estaba el maestro, entonces casi un niño.
Fra Doménico, por ello, prefería en su memoria a Paolo Taccerelli
por su religiosa exhuberancia, y no a Bernardo, quien era difícil
de comprender y tenía sobre sí el perverso manto de la duda.
Sin embargo, prevaleció el mandato del prior, de quien se decía,
a sus espaldas, que imaginaba al mundo como lo dibujaba maese Bernardo
y como lo dejó escrito, antes, el sacrílego Bruno.
Fue una mañana de 1488, el II de mayo, cuando atravesó el
portón de Santa Maria della Grazie, no lo olvido. Venía
de Nápoles, donde su fama era cuantiosa sobre todo como inventor
y arquitecto, y donde había dejado escorzos de máquinas
de guerra y edificios imposibles. Luca Pacioli había llegado muy
temprano para anunciarlo. Al terminar las cuaresmas, un hombre alto, de
barba cobriza, largos cabellos y ojos diáfanos, traspasó
el portón sin más carga que un morral enorme y unos lienzos
de distintos tamaños bajo el brazo. Un hermano portero, sorprendido,
quiso detenerlo, pero el muchacho que venía detrás le dijo
en voz baja: "Es el maestro Bernardo". Y fue suficiente.
Al verlo pensé en una imagen que me hizo temblar: el de una fiera
capaz de mirar al sol para desprenderse del velo que cubre sus ojos.
2. En todos los años que le ocupó su labor en nuestro
refectorio, sólo una vez se alimentó con nosotros. Frugal
como pocos, su conversación fluía como un arroyo, serpenteando
y formando pequeñas cascadas de regocijo. Pero sus gestos bondadosos
divergían de esa mirada imperturbable que, como antes ya he dicho,
alarmaba a cuantos se detenían en ella.
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Las semanas siguientes nadie lo vio en el monasterio. Por el cargador
de estiércol nos llegaron algunos rumores de su conducta en el
pueblo, que fra Luciano interpretaba como el efecto de una posesión.
Compraba y liberaba, decían, a cuantas alimañas veía
presas. Gozaba viéndolas correr entre los pies sucios y deformes
de los aldeanos, o volar por encima de sus cabezas nauseabundas. Jamás
se dio cuenta de que esos animales benditos, apenas les daba la espalda,
eran cogidos de nuevo por el gaznate para otro vil negocio.
Cuando reapareció entre nuestros muros, se dedicó febrilmente
a calcular y limpiar cada uno de los contrafuertes del salón donde
iría la imagen de la Santa Cena. Entre tanto, ya más de
un hermano sentía en sus entrañas que el abad había
cometido un error al encargar el fresco a maese Bernardo. Yo entre ellos.
Un mediodía anunció cuál iba a ser la pared donde
estarían para siempre nuestro Señor y Sus discípulos.
El silencio fue la medida de nuestra reprobación. No pudo elegir
peor, me susurró al oído fra Domenico. Esa medianera
es la más pequeña, y está cortada por una puerta
ridícula. Y agregó: Dios sabe que ese perjuro lo hace con
mala fe.
Días y noches se sucedieron sin que la blancura de ese lienzo de
yeso, adobe y cal fuera manchada. Súbitamente, una madrugada a
todos nos alarmó un grito repetido. El hermano que barría
los interiores del cenáculo había visto aparecer frente
a él la maravilla de otra creación. Aquello fue entonces
para fra Cosimo el descubrimiento de lo sagrado, y cuando pudo hablar
lo proclamó con desesperación y alabanza. De él fueron
esos gritos. Cuando llegamos al refectorio, un nuevo silencio- cuán
distinto del anterior -nos sobrecogió. Todos nos arrodillamos a
orar, a suplicar, a agradecer por aquel prodigio.
Delante nuestro estaba la más bella suma de imágenes que
en ningún tiempo hubo del Libro de los libros. En ese instante
milagroso nadie receló de lo que estaba viendo, porque los cuerpos
de carbón y sanguina estaban asombrosamente vivos, empujados hacia
el centro por un soplo celestial. Cada apóstol desembocaba en nuestro
Salvador, cuyas manos vueltas hacia lo alto proclamaban su inagotable
comprensión y pureza. Cada línea y cada perfil señalaba
la travesía de un humor contrariado, y el movimiento de Sus santos
seguidores -incluyendo al nefasto traidor- igualaba al de un oleaje en
un mar embravecido.
Y, sin embargo, la calma de lo sobrenatural imperaba en el conjunto. El
portento era manifiesto.
3. Después de los maitines, la conmoción de lo visto
me llevó fuera del monasterio. No cesaba de temblar y mi memoria
mezclaba las imágenes del boceto con pasajes grotescos de un texto
licencioso. Me pareció entonces que no había palabras más
justas para la actitud de nuestro Creador y al mismo tiempo sabía,
como sé hoy, que era una aberración pensar así.
Per me siva nella citta dolente, per me siva nell eterno dolore, per
me si va trá la perdutta gente*: aquella era una inscripción
sobre la puerta de los condenados y no el Verbo manifiesto por el Salvador.
No lo ignoraba. Pero tales palabras -así lo presentía- encerraban
la maldición de una señal vertiginosa que, en mi desvarío,
semejaba a la ternura.
Pensé: Nuestro Señor, aún sin rostro, está
encima de una pequeña puerta. Pensé: Todo confluye hacia
Él y, sin embargo, maese Bernardo lo ha vuelto solamente un hombre.
El abad había consentido en dejarme salir para buscarlo.
-Decidle que cumpla con nuestro acuerdo. Que no se ausente de este modo,
porque Dios espera el término de esa obra para mayor gloria Suya
-me dijo.
Asentí a todo. Al salir, el aire frío de la mañana
y la vastedad de la campiña me parecieron infinitamente más
reales que los pellejos manuscritos o el polvo escondido entre las piedras
de mi celda. Caminé hacia el villorrio que de lejos parecía
un hormiguero y, a cada paso, la nieve derretida se filtraba por las grietas
de mis sandalias. Sentí miedo y dicha.
Miré los campos inflamados por el granizo, el cabeceo triste de
los álamos, las reses escuálidas sobreviviendo a la muerte
de los hombres. Oí el céfiro, el grito de las mujeres parturientas,
el chillido de los buitres anunciando el hambre y la peste. Pude oler
la fritura y la pestilencia de las entrañas de la aldea, desplegada
como una malla rústica sobre la tierra, y una vez ahí la
trocha se ensanchó como la desembocadura de un río que me
condujo, por fin, hacia la plaza donde encontraría al maestro.
En el trayecto indagué con ansia, por todos lados, y cada lugareño
me dijo que poco antes lo había visto.
Subí por la colina de los herreros y, de improviso, un pequeño
carromato se cruzó conmigo; detrás iba maese Bernardo, a
pie, ensimismado. Era tan diferente a todos los demás, tan majestuoso,
que me dio vergüenza acercármele y hablar. Pese a ello, lo
seguí. Fui tras él como un ladrón y un mendigo, refugiándome
en cada esquina, imitando con fervor sus luengas zancadas, dándome
cuenta de cómo flameaba la capa negra de paño que, abrazándolo,
contrastaba con su blanca piel y su barba metálica, convirtiéndolo
en una ave rapaz gigantesca y serena.
Encima del carromato había un fardo; un tosco siervo guiaba la
acémila.
4. No sé cuánto tiempo estuve persiguiéndoles
por el descampado, ya lejos de los confines del pueblo, entre bajas hierbas
que serpenteaban intentando escapar de la ventisca. Todo a mi alrededor
parecía animado por algún espíritu recóndito,
y mi corazón latía empujado por el miedo. Por fin, los vi
detenerse frente a los restos de un granero antiguo, quizá de la
época del último rey pagano. En ese lugar descargaron el
bulto y entraron.
Me cobijé detrás de unos arbustos casi marchitos junto a
una zanja, y el chasquido de su ramaje angustió aún más
mi conciencia. Al cabo de unos minutos apareció el siervo y se
marchó con la carreta.
Me levanté y di un largo rodeo hacia una de las tapias del silo;
la luz convertía mi sombra en una nefasta aparición que
me guiaba. Toqué la tapia y luego me encaramé hasta un agujero
del ancho de un puño. La repugnancia y la fascinación me
impidieron escapar.
Maese Bernardo tocaba con incesante delicadeza los restos de una mujer,
y cada cierto tiempo anotaba algo con la mano zurda, o dibujaba.
Fijos los ojos en él, vi que de su morral extrajo una daga y cómo,
de un tajo recto desde el esternón hasta el vientre, abrió
igual que si fuera un pez la substancia de esa mísera hembra. Entonces
de ella brotó un aniego viscoso y, luego de otro corte más
profundo, las manos de maese Bernardo sacaron otro cuerpo de ahí.
No recuerdo más de esas espantosas visiones del Infierno. Sé
que me desmayé y estuve como muerto hasta que la crudeza de la
garúa me devolvió la fibra del temor. Al despertarme, ya
era de noche y maese Bernardo se había ido. Me atreví entonces
a ingresar en el granero y por más que escarbé hasta la
grava dura -venciendo a mi propia repugnancia, guiado por un hechizo que
sólo con la idea del Mal puede explicarse- no descubrí ningún
rastro de lo que vi.
Llegué a pensar en una corrupción de mis sentidos, en las
tentaciones que muchos de nuestros hermanos han referido en las Escrituras.
Miré hacia lo alto y unas nubes en forma del Leviatán intimidaron
mi razón. Y entonces huí de ese paraje execrable.
5. Por días y noches enteros no quise -ni pude- salir de
mi celda. El abad me había interrogado minuciosamente cuando regresé
de ver lo que ya dije. Nada le conté en esa entrevista. Mentí
sin pudor. Sabía que si confirmaba las habladurías que sobre
maese Bernardo se soltaban por doquier, al abad no le quedaría
más remedio que entregarlo a los brazos de la Santa Inquisición.
Y yo no lo hubiera podido soportar.
¿Qué es lo que impedía mi repudio hacia el maestro?
¿Por qué, pese a mi entendimiento, quería que me
adoctrinara con lo que sabía de los hombres y lo que creía
de nuestro Señor?
No lo sé. Me recogí en la penitencia. Atormenté mis
carnes con soguillas que, devotamente, mezclé con espinas y hebras
de hierro, pero dejé que el agua tocase mis entrañas porque
entonces no codicié el sosiego de la muerte.
En los albores de un crepúsculo me dirigí lentamente hacia
el refectorio para implorar por el camino justo. Débil por el ayuno
mi cuerpo se movía insensible y, cada cierto tramo, exigía
el soporte de los murallones. Al llegar, me arrodillé frente a
las imágenes vivientes del maestro. Recé. No puedo afirmar
cuánto tiempo estuve en las letanías. Creo que pronto sentí
sus ojos.
-Maese Bernardo... -murmuré sin voltear-, las Escrituras nos dan
apenas un asomo del sufrimiento de Nuestro Señor...
-Es cierto, fra Angélico.
Temblé al oír mi nombre.
-¿Cómo, pues, representarlo?
Él, estoy seguro, miraba el óvalo blanco donde iría
luego aquella terrible sombra de las facciones divinas.
-Buscando conciliar en su mirada la fragilidad del hombre y la seguridad
de Dios -dijo con paciencia.
-¿Los opuestos reconciliados?
Él siguió escrutando el temple húmedo.
-¿Os parece que son opuestos, fra Angélico? -dijo.
No quise insistir en mi cobardía. Hice un gran esfuerzo y lo miré.
-El Bien y el Mal no pueden armonizar, maese Bernardo -dije-. Tened cuidado.
El maestro me miró.
-¿Es una advertencia, signore? ¿O habla por vuestra
boca el mismo temor que hace días os empujó a seguirme?
Sentí desfallecer ante esa pregunta. No pude seguir viéndolo.
El maestro se acercó y con piadosa dulzura ayudó a que me
incorpore.
-Estáis enfermo, fra Angélico. Permitid que os cure.
-¿Con las artes de la hechicería?
-No -dijo, y fue compasión lo que percibí en su voz-. Lo
que visteis fue un misterio que la muerte nos revela. La ciencia de la
vida es la herencia de nuestros hermanos insepultos. Ella puede salvaros.
-No nos está permitido hurgar en los secretos de Dios, maese Bernardo
-le dije-. Recordad la expulsión del Paraíso. Conocer fue
el mayor de nuestros pecados, el estigma del cual el Señor vino
a librarnos.
Bernardo sonrió con tristeza.
-Esperaré, entonces, la Redención, fra Angélico.
Mientras tanto, cumplo con ser sólo un hombre...
En ese instante, maese Bernardo de Caba se distrajo con el aleteo de un
gorrión que sobrevoló el refectorio. Olvidado por él,
pude sentir impúnemente su hermosura ofensiva, su perfección
deshonrosa, su libertad intolerable para todas las otras almas de Dios.
Me abominé en silencio, aborrecí mi aura inútil y
entonces mi mano -¡natura abhorret vacum!-** aferró
un agudo crucifijo de plata y lo hundió en su nuca, y él
cayó sin proferir ni un gemido de dolor, y sus ojos entreabiertos
aún brillaron cuando los cegué con su propia sangre.
Luego me acerqué a las imágenes de esos convidados a la
última Cena. Lloré profusamente, lloré y sequé
en sus paredes el rojo ya helado de la savia humana de Bernardo. Y borré
con calma, durante horas, hasta que la noche invadió los más
recónditos vestigios del convento, la demoníaca inscripción
que el infiel y amadísimo maestro puso a los pies de nuestro Salvador:
Illi mors gravis incubat, qui notus nimis omnibus, ignotus moritur
sibi***. La herejía se había completado.
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*"Por mí se va hacia la ciudad doliente, por mí se va hacia
el eterno dolor, por mí se va tras la perdida gente." (N.T.)
**"La naturaleza tiene horror del vacío." (N.T.)
***"La muerte resulta pesada carga para quien, demasiado conocido por
todos, muere desconocido para sí mismo." (N.T.)
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