Tercer
Premio
Humo
Azul
Con
"Humo Azul", José de Piérola (Lima 1965), no sólo
consigue recrear un mundo futuro al mejor estilo del británico
George Orwell, sino desliza, con irónico humor, una demoledora
crítica a los círculos culturales oficiosos. En un futuro
hiperburocrático, las cámarillas del poder revelan, en la
imposible negociación académica, lo absurdo de su existencia.
Por JOSE PIEROLA
(Ludo Livium)
AUNQUE sólo han transcurrido tres días desde mi
llegada, gracias a las facilidades que me brinda el gobierno que me ha
acogido, escribo estas líneas para que sean difundidas por la Cadena
Mundial de Mensajería Neumática. Hubiera preferido perderme
tranquilamente entre los exilados que transitan las anchas calles de Tenerife,
olvidado para siempre, pero la importancia del balance estratégico
mundial, así como una poderosa razón de consciencia, me
obliga a cumplir con una última responsabilidad antes de desaparecer
de los despachos de prensa.
Debo señalar, sin embargo, que no escribo con el propósito
de dañar la reputación de los miembros del Consejo, gente
proba más allá de cualquier sospecha. Debo señalar,
además, que el arduo trabajo del Consejo durante los últimos
ocho años, visto en retrospectiva, ha sido quizá el más
brillante de la Era Postbellum. Sé, por ejemplo, que, desde que
se descubriera en la famosa Bóveda de Tiempo Número 5, los
textos completos de los cuatro escritores-cuyos nombres se conocían
sólo por referencias fragmentarias- ninguno de los miembros del
Consejo vaciló un instante en aceptar la inmensa responsabilidad
que recaería sobre ellos. Después de tantos años
de literatura anónima, era posible, por primera vez, nombrar no
uno, sino cuatro autores. Pero antes, era imprescindible elegir a uno
de ellos como el centro del canon, la referencia absoluta, la vara con
que se mediría la excelencia de todo lo escrito, la semilla para
la producción literaria del futuro. Sin embargo, la Tarea no fue
fácil.
Pocos saben cuánto trabajó el Consejo desde el día
en que se abrió la bóveda de tiempo hasta la tarde en que
se alzó la voluta de humo azul desde el último piso del
Ministerio de Diseminación de Información. Durante los primeros
cinco años, las largas sesiones, grabadas en tambores de ferrita
para la posteridad, consistieron en análisis minuciosos, línea
por línea, de los textos de los cuatro escritores. Cada vez que
se encontraba una cualidad sobresaliente en uno de ellos, aparecían,
de inmediato, cualidades semejantes en los otros tres. El análisis
volvía, entonces, a la primera línea, al texto anterior,
al escritor anterior, en un espiral que los envolvía interminablemente
sin que pudieran discernir el paso de las horas. No era raro que el Consejo
trabajara desde el alba hasta el crepúsculo.
Sin embargo, a pesar del minucioso análisis de la obra de los cuatro
escritores, después de cinco arduos años, el Consejo no
había llegado a ninguna conclusión. Las obras, aunque disímiles
en cuanto a los temas, estilos y técnicas narrativas, eran de calidades
equivalentes. El Consejo, presionado cada vez más por la llegada
constante de cápsulas exigiendo resultados, trataba infructuosamente
de completar la Tarea. El quinto año, por ejemplo, se recibieron
medio millón de cápsulas neumáticas de los lugares
más remotos del país. Como se sabe, aquel año la
Primera Ministra había difundido un mensaje por la Red Nacional
de Mensajería Neumática, justificando el reclutamiento masivo
de escritores anónimos para el Ministerio de Diseminación
de Información, ya que, según explicó, la demanda
pronto excedería la producción. También aquel año
hubo grupos que marcharon por las calles. Unos querían que el Consejo
autorizara la relectura de viejas obras. Otros pedían el cierre
de los incineradores oficiales. Los más radicales, bajo el emblema
"SCRIPTOR EX FABULA", llegaron a exigir que se incluyera el nombre del
autor en las obras literarias.
Quizá esta presión excesiva provocó la enfermedad
de la Presidenta del Consejo, que, siguiendo recomendaciones médicas,
tuvo que someterse a frecuentes baños de sales en una tina especialmente
diseñada por el Instituto de Enfermedades Meridionales. Fue en
vano que, en un intento por continuar con la Tarea, el Consejo mudara
su sala de deliberaciones al baño, especialmente acondicionado,
donde la Presidenta, detrás de un biombo de vidrio pavonado, se
sometía al tratamiento. A la dificultad de las discusiones, entorpecidas
por el eco de las paredes de mármol, se sumó el efecto nocivo
de los salinos vapores en los textos originales. Esto hizo imprescindible
la interrupción de tal arreglo.
Todavía
recuerdo cuando la Cadena Nacional de Mensajería Neumática
difundió la noticia: Debido a su enfermedad, la Presidenta del
Consejo se veía obligada a pedir su pase al retiro, consciente
de que su decisión irrevocable afectaría irremediablemente
la historia del país. Y no podía ser de otra manera. Es
cierto que el orden de sucesión dentro de los miembros del Consejo
era de dominio público, pero también es cierto que el retiro
de la Presidenta dejaba una poltrona libre, lo cual impedía la
continuación de la Tarea. El nuevo Presidente del Consejo, después
de la ceremonia de investidura en la Casa de Gobierno, propuso suspender
la Tarea hasta que se llenara la poltrona vacante. Dos días después,
también, la CNMN anunció que el más joven de los
miembros del Consejo, consciente de su falta de experiencia en un proceso
semejante, había pedido su separación temporal, ya que,
según declaró, su presencia sólo entorpecería
las deliberaciones. Desde entonces, por un lapso de tres meses, los cinco
miembros restantes se dedicaron íntegramente al proceso de selección.
Tampoco fue fácil. El primer candidato, por ejemplo, recomendado
por la Universidad de Dominica, además del Capellán Mayor
de la Metrópolis de Tulsa, llegó a la entrevista tan nervioso
que el Consejo decidió suspenderla, otorgándole el día
libre para que paseara por los Jardines Botánicos. Lo cual resultó
acertado, porque regresó, al día siguiente, más calmado
y cargado de voluminosos legajos que pensaba usar a su favor. Ya en la
entrevista, siendo de rigor la imparcialidad de los candidatos, se le
preguntó, como tema inicial, si tenía alguna preferencia
entre los cuatro escritores. El candidato, mirando con ojos grandes, azules,
que contrastaban con su mentón recién afeitado, dijo que
sí, tenía una preferencia, al tiempo que depositaba sobre
el tablero los dos inmensos legajos que había traído consigo.
Desde el descubrimiento de la Bóveda de Tiempo Número 5,
empezó diciendo, gracias a las copias facsimilares que obran en
poder de la Universidad de Dominica, he estudiado metódicamente
los textos de los cuatro escritores. Aunque al principio me parecieron
equivalentes, después, cuando empecé a comparar los temas,
más allá de las proezas estilísticas, pude comprobar
que uno de ellos era definitivamente superior. Los resultados de mis estudios,
continuó, aparecen en estos manuscritos documentados con exhaustivo
detalle.
¿Los tiene grabados en un tambor de ferrita?, preguntó el
Consejo. El candidato, con una sonrisa de orgullo, depositó en
el tablero un reluciente tambor de ferrita con los sellos oficiales de
su universidad. Déjenos el material, dijo el Consejo, lo usaremos
en nuestra deliberación; mientras tanto puede esperarnos en el
recibidor, donde encontrará algunas exquisiteces traídas
de la República Panafricana, incluyendo un estupendo vino de Ciudad
del Cabo.
Asombrado por la rapidez de la entrevista, el candidato siguió
a un ujier segundo hasta el Recibidor del Consejo, donde comió
algunos canapés de soya, pero antes de que pudiera tomar la primera
copa de vino, un ujier primero le comunicó que el Consejo sentía
mucho no poder concederle la poltrona vacante, rogándole, además,
su comprensión por no devolverle ni el manuscrito ni el tambor
de ferrita. El candidato, rojo de ira, pensó reclamar, pero no
pudo, porque dos guardias nacionales, después de leerle sus derechos,
ya lo escoltaban al primer piso. Allí lo embarcaron en un transportador
oficial que lo llevó al Instituto de Estudio de Conductas Excéntricas
de Tierra del Fuego, donde sigue incomunicado hasta el día de hoy.
El Consejo decidió, además, retirar las copias facsimilares
de las siete universidades del país.
Sin adelantarme a los hechos, debo señalar que no todos los candidatos
fueron tratados de manera tan sumaria, ni tan severa. Algunos, como el
profesor de la Gran Europa, que luego de veinte años de vivir en
nuestro país se había naturalizado para trabajar en el Ministerio
de Poesis, asistió a dieciocho entrevistas consecutivas, que abarcaron
extensas discusiones sobre los autores de la Era Antebellum, además
de otros textos antiguos menos conocidos. El profesor, sin embargo, se
retiró de manera voluntaria, ya que él mismo consideró
que su vasto conocimiento de la literatura antigua podría influir
negativamente en la Tarea. Hecha pública su decisión en
la CNMN, la Primera Ministra le envió sus felicitaciones.
Sería largo, además de innecesario, enumerar todos los candidatos
entrevistados. Sin embargo, es pertinente señalar a la última,
la que ocuparía la poltrona vacante en el Consejo, convirtiéndose,
además, en el miembro más joven de la historia. Pero eso
no es lo asombroso. Lo increíble es que esta joven ocupara semejante
cargo sin haber leído nunca obra literaria alguna. ¿Cómo
había llegado al Consejo? La respuesta es simple. Desde que terminó
su educación elemental, debido a sus aptitudes para el pensamiento
algorítmico, pasó directamente a trabajar como aprendiz
en el Instituto de Computación Bioneumática, el mismo año
en que, previendo la escasez, la Primera Ministra había aprobado
el presupuesto especial para el desarrollo del Gran Permutador, el súper
computador bioneumático que produciría obras literarias
a partir de textos canónicos almacenados en tambores de ferrita
de alta capacidad. La candidata fue asignada a la Unidad de Estilo que
desarrolló el dispositivo bioneumático que convierte una
obra cualquiera a un estilo previamente almacenado en tambores de ferrita.
Como los demás miembros del equipo, ella también firmó
un contrato en que renunciaba temporalmente a su primer derecho constitucional,
el derecho a la lectura. En cinco años, por lo tanto, no había
podido acceder, legalmente, a ninguna obra literaria.
Terminado el Gran Permutador, todos los miembros del equipo fueron felicitados
por la Primera Ministra. En la misma ceremonia, la directora del Instituto
de Computación Bioneumática, aclaró que semejante
avance tecnológico no hubiera sido posible sin el genio del dispositivo
concebido por nuestra joven candidata. Declaración excesiva, pero
que llevó a la Primera Ministra a proponerla para ocupar la poltrona
vacante del Consejo.
Cumplida la ceremonia de investidura en la Casa de Gobierno, ya completos
sus siete miembros, el Consejo reanudó la Tarea. Es cierto que
la nueva integrante participó con el mismo empeño que los
demás, pero también es cierto que fue ella quien propuso
discutibles estrategias para el análisis de los textos. Al principio,
como es natural, los demás miembros del Consejo, experimentados
en análisis literario, se negaron. Pero, poco a poco, en una labor
de convencimiento en que no escatimó el uso de su capacidad para
el pensamiento algorítmico, empezó a ganar la aprobación
de los demás miembros, menos uno. Es así como se aceptaron,
por mayoría simple, cada una de sus propuestas.
Sin embargo, todavía transcurrieron tres años sin que el
Consejo eligiera a uno de los cuatro escritores. Fue durante esos años,
en especial, durante el último, que la joven miembro llegó
a ejercer cada vez mayor influencia, proponiendo métodos cada vez
más objetables, hasta llegar al último, el inaceptable.
Pero el Consejo, presionado por los nuevos grupos extremistas que empezaron
a marchar por las calles, presionado por la llegada masiva de cápsulas
neumáticas, presionado por las visitas constantes de la Primera
Ministra, se vio obligado a tomar una decisión. No es necesario
describir la algarabía general que se produjo en todo el país
cuando las primeras volutas de humo azul se alzaron en el cielo de la
tarde. Pero, mientras el país entero celebraba, yo meditaba sentado
junto al amplio ventanal de mi oficina, hasta que, ya casi a la madrugada
del día siguiente, obligado por mi consciencia, tomé una
decisión sin precedentes en nuestra historia, y usando mi privilegio
como Presidente del Consejo, fleté el transportador oficial que
me trajo al Santuario Mundial de las Islas Canarias, donde he pedido asilo.
Mi decisión de abandonar el Consejo cuando empezaría su
época más gloriosa, se debe a que no puedo aceptar que un
asunto tan importante para la historia de mi país, tan importante
para el mundo entero, se haya decidido, bajo la malsana influencia del
miembro más joven, con una suerte equivalente al abyecto rodar
de unos dados.
Presidente del Consejo, en exilio Metrópolis de Tenerife,
al último día de febrero del Año del Canon.
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