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EDITORIAL
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3
de agosto de 2000 |
Responsabilidades
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Guillermo
Manuel Angulo Concha, Antonio Ludgardo Gonzales Dávalos.
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EN resumidas cuentas, el primer orden de responsabilidad de los
graves sucesos del 28 de julio corresponde a un régimen que ha
insistido en extenderse hacia un tercer mandato inconstitucional utilizando
métodos condenados universalmente y limitaciones abusivas, creando
así un ambiente encrespado en el país.
Responsabilidad específica la tiene la Prefectura de Lima, que
se negó primero a acceder al diálogo requerido por escrito
por los organizadores de la Marcha de los Cuatro Suyos y después
a autorizar un cauto recorrido propuesto que no ingresaba a la Lima Cuadrada
ni se acercaba al Congreso.
De haberse establecido esta ruta, la coreografía de la protesta
posiblemente hubiera seguido las características de la manifestación
de la noche anterior.
Responsabilidad puntual también la tiene el Ministerio del Interior
y quizás la propia Presidencia de la República, cuando decidió
retirar a las unidades policiales del Centro Histórico una vez
que hubo juramentado el Ing. Fujimori y después de haber estado
dos o tres horas intercambiando gases por piedras con grupos de manifestantes.
Agua y gas son menos cruentos que palo y bala, y excepto algunos excesos
notorios, la Policía actuó con disciplina y mesura. Pero
una situación de éstas no es un té de señoritas,
no faltaron golpes, heridos y canastillas disparadas al cuerpo y cabeza,
o en el interior incluso de iglesias, y los ánimos estaban caldeados.
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Víctor
Humberto López Asca, Hugo Fernando Miranda Suárez.
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La desaparición repentina de la Policía fue una clara invitación
al baile y al vandalismo. Y grupos violentos de diverso calibre, incluyendo
uno incendiario organizado y una canalla callejera que en una ciudad polvorín
como Lima está siempre lista al pillaje, arrastró la protesta
política de la Marcha hacia la trampa.
A las autoridades también corresponde la responsabilidad de no
haber dotado de suficiente protección fija a instalaciones como
el Banco de la Nación, el Jurado Nacional de Elecciones y las dependencias
judiciales, y no haber ordenado rápidas operaciones de rescate
y apoyo a los bomberos una vez que empezaron los incendios.
El retiro inicial de la Policía fue deliberado y hay indicios que
la demora posterior también. Fue como si se esperara que el fuego
tomara cuerpo para incinerar el prestigio de la oposición.
La campaña masiva de propaganda adversa en los medios cautivos
del Gobierno, y los anuncios de posibles acciones judiciales contra dirigentes,
así lo sugiere.
Al propio Alejandro Toledo se le debe responsabilizar por haber seguido
diciendo hasta poco antes del 28 que con la manifestación se quería
impedir que Fujimori juramentara. Era más un giro retórico
que otra cosa, ya que él siempre y reiteradamente insistió
en que la protesta debía ser firme pero pacífica. Sin embargo,
ese giro puede haber incitado a los más exaltados.
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Miguel
Antonio Pariona Gonzales, Pedro Alberto Valverde Baltazar.
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Responsables son también los miserables que masacraron a vigilantes
inocentes, como los que aparecen en la carátula de esta edición.
Pertenecen a una turba, a una barra brava extendida, difícil de
controlar.
Final, pero principalmente, está el grupo pirómano especializado,
que portaba armas de fuego y dinamita, según algunas versiones,
y que en acciones simultáneas iniciaron los incendios mayores,
trabaron a los bomberos y averiaron hidrantes.
Este grupo pudo haber sido neutralizado rápidamente por la Policía,
que no lo hizo, pero ése es otro tema.
¿Quiénes lo constituían? ¿Sólo maleantes
contratados o efectivos del SIN encapuchados?
Sin descartar la presencia de agentes provocadores de los servicios, hay
indicios e incluso documentos gráficos que sugieren que allí
hubo presencia de elementos políticos y estudiantiles.
Es, por lo tanto, responsabilidad también de los organizadores
de la Marcha investigar, identificar y denunciar a estos infiltrados que
desnaturalizaron en forma tan destructiva y trágica el espíritu
de su justa protesta.
Es necesario encontrar a esos delincuentes y castigarlos ejemplarmente.
No sólo median daños materiales de decenas de millones de
dólares y la desaparición de parte del patrimonio artístico
nacional, sino la vida de seis compatriotas que encontraron espantosa
muerte.
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