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3 de Agosto de 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
EL gobierno parece vivir en otro país. Cree, o dice creer,
que las protestas populares son producidas por elementos violentistas
y los ayayeros no se explican cuál es la significación o
la razón por la que la gente sale a la calle a expresar, o si se
quiere gritar, su descontento. Parece no saber la situación en
la que vive el Perú, de hambre y desempleo agudo, además
de rígido control de todas las instituciones públicas, que
hacen que el ciudadano -ese ciudadano común y corriente que también
en su oportunidad y hace ya bastantes años (cuando los empresarios
sabían protestar), hizo salir a la calle a personajes como Pedro
Roselló- necesite expresarse ante la barrera que significa enfrentarse
a un gobierno autista, hoy envalentonado y consolidado con la mayoría
espuria obtenida en transacciones nada transparentes y sí muy sucias,
oscuras y denigrantes, que nadie con un poco de vergüenza puede avalar.
El gobierno con su mayoría, obtenida en lo que en los bancos se
denomina la mesa de dinero (juro por la patria y por la plata), parece
apropiarse del lema senderista de que el fin justifica los medios. Y eso
es más dañino para el país que mil marchas violentas,
como aquella que el 28 se desató. Porque destruir la moral de los
ciudadanos es aún más terrible y mortal que destruir algunas
oficinas públicas, ocasionando con ello muertes de veras lamentables.
Pero la verdad es que uno ya se cansa de tocar estos temas, porque no
se trata de conversar sino de un diálogo de sordos. O de intentar
convencer a un autista, como ya lo mencioné. Pero no deja de irritar
la soberbia de quienes cometen los desmanes morales. Y luego a viva voz
se quejan de los desmanes físicos.
Un pequeño helicóptero, el del Canal N, pareció poner
en peligro la seguridad de la gloriosa Fuerza Aérea Peruana. No
de otra forma se entiende la prohibición de volar a menos de 3.000
metros de altura y que el frágil aparato, mucho menor que aquél
de la Policía que sí sobrevoló el 27 sobre la gigantesca
manifestación del Paseo de la República, haya merecido ser
custodiado por no menos de seis efectivos policiales para evitar que alce
vuelo. Es que de lo que en realidad se trataba era de evitar que demasiados
ojos vieran cómo iba creciendo la marcha de los Cuatro Suyos, e
impedir así el contagio de quienes preferían la comodidad
del sillón frente al televisor. Y así y todo la marcha fue
monumental, alegre, vociferante si se quiere (porque la ocasión
lo merecía), y, además, extraordinariamente ordenada y pacífica.
Esa fue una clara demostración del pánico que existe respecto
de la libertad de informar, aunque ella dependa de un solo Canal, y de
señal cerrada, inclusive.
No con poca repugnancia escuché a alguien decir, inclusive con
cierta sorna, que en la marcha había habido tan sólo 10,000
participantes. Decía una tontería indudablemente y, además,
era índice evidente de que no estuvo allí.
Dicen los ayayeros del régimen, refiriéndose a los tránsfugas,
que sobre ellos no existe mandato imperativo de nadie, así es que
están en libertad de traicionar a quienes los hicieron elegir.
Eso del mandato imperativo es bien relativo, porque ahora impera sobre
ellos la mayoría gobiernista, y sobre ésta manda Fujimori.
Y ese sí que es un mandato imperativo. O imperatore.
Carlos Boloña se ganó el cargo con una inversión
menor: lo que le costaron los avisos que publicó en contra del
general Morales Bermúdez, luego de que éste reveló
algunas verdades acerca del asesor. Con poca plata se ganó el puesto.
Pienso por ello que va a ser nuevamente un buen ministro de Economía.
Lo que no sé es de dónde sacará la plata para cumplir
con las promesas de Fujimori, que pintó las cosas como en ese vals
de Serafina Quinteros: Y las corvinas, sobre las olas nadarán fritas
con su limón...
Quizá la fórmula de Boloña sea la de exportar pizzas.
A propósito de eso, dicen que el nuevo lema del gobierno será:
Sólo el camu camu salvará al Perú.
Los graves incidentes del 28, en especial los incendios (que tengo ganas
de denominar de consentidos, porque los que vimos por televisión
cómo durante casi media hora los vándalos, con toda libertad,
rompieron las lunas de una de las ventanas del lado derecho del Palacio
de Justicia -son minúsculas, claro- y casi sin apresuramiento introdujeron
por allí papeles y luego los encendieron sin que en ningún
momento apareciese por allí un solo policía que arrojara
unas cuantas bombas lacrimógenas de esas que, en otros lados, abundaron
esa mañana), me hicieron recordar esa página de la historia
nazista que fue la quema del Reichstag, que sirvió para culpar
de ella a los opositores al régimen. Parecidos son parecidos. Por
eso es que es útil leer la historia.
Los autos nuevos están bajando de precio (lamentablemente cuando
no hay muchos que puedan comprarlos), porque el Impuesto Selectivo al
Consumo fue reducido. De allí que un importante diario se refiriese
a la llamada curva de Laffer, según la cual si a un bien se le
recarga en exceso de impuestos, su consumo decaerá dramáticamente.
Eso justamente es lo que le sucede a la cerveza, esa bebida popular que
es el producto industrial más castigado por los impuestos. Su consumo
está bajando, sin que los burócratas oficiales parezcan
darse cuenta de lo peligrosa que es la situación.
Será que los burócratas no toman cerveza. Sólo whisky.
Cuando retorne el ex canciller Latorre, cabeza de la misión de
la OEA, no va a saber qué hacer, porque desde que se fue las cosas
aquí, en materia democrática, han empeorado.
¡Pobre primer ministro Salas!, creo que no sabe sobre qué
caballo se ha montado. Va a durar menos que Valle Riestra. Y ni siquiera
será tan chistoso.
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