Edición Nº 1630

 

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    3 de Agosto de 2000
    Por AUGUSTO ELMORE

    EL gobierno parece vivir en otro país. Cree, o dice creer, que las protestas populares son producidas por elementos violentistas y los ayayeros no se explican cuál es la significación o la razón por la que la gente sale a la calle a expresar, o si se quiere gritar, su descontento. Parece no saber la situación en la que vive el Perú, de hambre y desempleo agudo, además de rígido control de todas las instituciones públicas, que hacen que el ciudadano -ese ciudadano común y corriente que también en su oportunidad y hace ya bastantes años (cuando los empresarios sabían protestar), hizo salir a la calle a personajes como Pedro Roselló- necesite expresarse ante la barrera que significa enfrentarse a un gobierno autista, hoy envalentonado y consolidado con la mayoría espuria obtenida en transacciones nada transparentes y sí muy sucias, oscuras y denigrantes, que nadie con un poco de vergüenza puede avalar.

    El gobierno con su mayoría, obtenida en lo que en los bancos se denomina la mesa de dinero (juro por la patria y por la plata), parece apropiarse del lema senderista de que el fin justifica los medios. Y eso es más dañino para el país que mil marchas violentas, como aquella que el 28 se desató. Porque destruir la moral de los ciudadanos es aún más terrible y mortal que destruir algunas oficinas públicas, ocasionando con ello muertes de veras lamentables.

    Pero la verdad es que uno ya se cansa de tocar estos temas, porque no se trata de conversar sino de un diálogo de sordos. O de intentar convencer a un autista, como ya lo mencioné. Pero no deja de irritar la soberbia de quienes cometen los desmanes morales. Y luego a viva voz se quejan de los desmanes físicos.

    Un pequeño helicóptero, el del Canal N, pareció poner en peligro la seguridad de la gloriosa Fuerza Aérea Peruana. No de otra forma se entiende la prohibición de volar a menos de 3.000 metros de altura y que el frágil aparato, mucho menor que aquél de la Policía que sí sobrevoló el 27 sobre la gigantesca manifestación del Paseo de la República, haya merecido ser custodiado por no menos de seis efectivos policiales para evitar que alce vuelo. Es que de lo que en realidad se trataba era de evitar que demasiados ojos vieran cómo iba creciendo la marcha de los Cuatro Suyos, e impedir así el contagio de quienes preferían la comodidad del sillón frente al televisor. Y así y todo la marcha fue monumental, alegre, vociferante si se quiere (porque la ocasión lo merecía), y, además, extraordinariamente ordenada y pacífica.

    Esa fue una clara demostración del pánico que existe respecto de la libertad de informar, aunque ella dependa de un solo Canal, y de señal cerrada, inclusive.

    No con poca repugnancia escuché a alguien decir, inclusive con cierta sorna, que en la marcha había habido tan sólo 10,000 participantes. Decía una tontería indudablemente y, además, era índice evidente de que no estuvo allí.

    Dicen los ayayeros del régimen, refiriéndose a los tránsfugas, que sobre ellos no existe mandato imperativo de nadie, así es que están en libertad de traicionar a quienes los hicieron elegir. Eso del mandato imperativo es bien relativo, porque ahora impera sobre ellos la mayoría gobiernista, y sobre ésta manda Fujimori. Y ese sí que es un mandato imperativo. O imperatore.

    Carlos Boloña se ganó el cargo con una inversión menor: lo que le costaron los avisos que publicó en contra del general Morales Bermúdez, luego de que éste reveló algunas verdades acerca del asesor. Con poca plata se ganó el puesto. Pienso por ello que va a ser nuevamente un buen ministro de Economía. Lo que no sé es de dónde sacará la plata para cumplir con las promesas de Fujimori, que pintó las cosas como en ese vals de Serafina Quinteros: Y las corvinas, sobre las olas nadarán fritas con su limón...

    Quizá la fórmula de Boloña sea la de exportar pizzas.

    A propósito de eso, dicen que el nuevo lema del gobierno será: Sólo el camu camu salvará al Perú.

    Los graves incidentes del 28, en especial los incendios (que tengo ganas de denominar de consentidos, porque los que vimos por televisión cómo durante casi media hora los vándalos, con toda libertad, rompieron las lunas de una de las ventanas del lado derecho del Palacio de Justicia -son minúsculas, claro- y casi sin apresuramiento introdujeron por allí papeles y luego los encendieron sin que en ningún momento apareciese por allí un solo policía que arrojara unas cuantas bombas lacrimógenas de esas que, en otros lados, abundaron esa mañana), me hicieron recordar esa página de la historia nazista que fue la quema del Reichstag, que sirvió para culpar de ella a los opositores al régimen. Parecidos son parecidos. Por eso es que es útil leer la historia.

    Los autos nuevos están bajando de precio (lamentablemente cuando no hay muchos que puedan comprarlos), porque el Impuesto Selectivo al Consumo fue reducido. De allí que un importante diario se refiriese a la llamada curva de Laffer, según la cual si a un bien se le recarga en exceso de impuestos, su consumo decaerá dramáticamente. Eso justamente es lo que le sucede a la cerveza, esa bebida popular que es el producto industrial más castigado por los impuestos. Su consumo está bajando, sin que los burócratas oficiales parezcan darse cuenta de lo peligrosa que es la situación.

    Será que los burócratas no toman cerveza. Sólo whisky.

    Cuando retorne el ex canciller Latorre, cabeza de la misión de la OEA, no va a saber qué hacer, porque desde que se fue las cosas aquí, en materia democrática, han empeorado.

    ¡Pobre primer ministro Salas!, creo que no sabe sobre qué caballo se ha montado. Va a durar menos que Valle Riestra. Y ni siquiera será tan chistoso.

     

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