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10
de Agosto de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
Viles
y Malvados
Desde hace 20 años,
CARETAS posee los derechos en el Perú de esta columna que Mario
Vargas Llosa publica, semanalmente, en alrededor de veinte países
de América y Europa. Esta última entrega, titulada "Viles
y malvados" y cuyo contenido llegó desde el diario El País,
de España, a través de los cables informativos, ha despertado
las iras -nada santas- del ex Premier Javier Valle Riestra y de otros
personajes definidos por MVLl como afectos al transfuguismo y la doblez
política. En respuesta, éstos han inundado, con epítetos
del más grueso calibre, diversas redacciones afines al régimen.
Una lástima que, dada la versatilidad ideológica y laboral
de los aludidos, escasee la correa.
EN mi vida he conocido personas estupendas, y algunas admirables,
pero también un pequeño número de seres viles y malvados,
cuyo denominador común, entre otros atributos específicos,
era su empeño en querer demostrar que, como en el tango, el mundo
es y será siempre una porquería, una colectividad de rufianes,
canallas y basuras de todo prontuario y condición. Éste
es un movimiento defensivo perfectamente comprensible en cualquier escoria
para sentirse bien, pues, como escribió Simone de Beauvoir, "nadie
es un monstruo si lo somos todos".
Pero, probablemente, sólo en el Perú "de metal y de melancolía",
como lo llamó García Lorca, se haya dado el caso, no de
una persona particular, sino de un régimen político, cuya
línea directriz, a la hora de nombrar ministros o reclutar parlamentarios
y funcionarios, parezca tener el objetivo de demostrar a la opinión
pública que la decencia, la coherencia y la integridad no existen
y que todo ciudadano puede ser sobornado, comprado, corrompido y utilizado
por el Gobierno, aun para los menesteres más innobles, sin mayor
dificultad. Al principio de su gestión, en 1990, que Fujimori trufara
sus ministerios con tránsfugas de Acción Popular, el Partido
Popular Cristiano y el Apra, o de independientes que habían sido
sus adversarios hasta la víspera, parecía la inevitable
consecuencia de su orfandad, pues subía al poder sin un equipo,
sin un programa y sin una sola idea: ¿qué alternativa que
apropiárselos de los otros? En esas circunstancias, la medida hasta
parecía responsable.
Pero después, y sobre todo a partir del autogolpe de 1992, esta
política ha adquirido verdadero frenesí, como si la dictadura,
rodeándose de muchas personas que, por codicia, apetito de poder,
frivolidad o estupidez, abdican de sus principios y lealtades, o de su
simple buen nombre, para servirla, le diera el respiro moral que siente
el ladrón cuando, como dice el refrán, comprueba que todos
son de su misma condición. El flamante jefe de Gobierno, Federico
Salas, alcalde de Huancavelica, que hasta ayer denunciaba el fraude electoral
y llamaba a Fujimori dictador y caradura, y subía a los estrados
a dar su apoyo a Alejandro Toledo, pasó de opositor a turiferario
y doméstico del régimen a una velocidad supersónica,
sin explicación. Cabe esperar que, más pronto que tarde,
le ocurrirá lo que a otro tránsfuga, el ex dirigente aprista
Javier Valle Riestra, abanderado de los derechos humanos, quien aceptó
ser primer ministro, en 1998, del Gobierno que más ha atropellado,
torturado y desaparecido gente en la historia peruana, para, a los dos
meses, verse obligado a renunciar y pasar a la jubilación política,
convertido en una figura patética y desprestigiada.
La más sonada operación de reacomodo fujimorista es el del
puñado de diputados de la oposición, salidos de las espurias
elecciones recientes, que cambiaron de chaqueta el mismo día de
la inauguración de la legislatura y posibilitaron con su voto la
continuación del autoritarismo. Las informaciones dicen que cobraron
150 mil dólares cada uno, pero yo estoy seguro que son más
baratos. Buena parte de las personas alquiladas son, como estos últimos,
oscuras mediocridades de las que no cabía esperar demasiado. Pero,
hay otras, menos previsibles, que, por su trayectoria cívica y
su desempeño profesional, parecían menos capaces de echar
por la borda lo que había en ellas de respetable por el bíblico
plato de lentejas. Como el vicepresidente Francisco Tudela, que, por lo
visto, ya cayó en desgracia, antes siquiera de darse cuenta de
que había sido manipulado como un bobo, o el canciller Trazegnies,
o el historiador Pablo Macera, que, después de haberse pasado una
vida dando lecciones radicales de civismo, descubre, a la vejez, que el
poder bien vale una traición. Un caso de transfuguismo crónico
es el de Carlos Boloña. Ministro de Economía cuando el golpe
de 1992, renunció, en gesto democrático; no había
acabado de firmar su renuncia, cuando ya se reenganchaba con los golpistas,
asumiendo de nuevo la cartera, de la que fue defenestrado poco después
de manera humillante. Volvió entonces a ser un demócrata
y un opositor severo, hasta ayer, cuando consiguió ser reclutado
en el flamante Gabinete. Una encarnación contemporánea,
sin duda, del célebre soneto clásico: "Un hombre todo espalda...".
La lista podría ser larga, e incluiría periodistas -el portavoz
principal de la dictadura es el diario Expreso, cuyos directivos y editores
son todos tránsfugas del belaundismo-, empresarios, dirigentes
sindicales, y alguno que otro intelectual (excluyo a la soldadera mayor
del régimen; la filóloga Martha Hildebrandt no es una vendida:
su pasión por las dictaduras es antigua, sincera, acaso genética).
Es un error suponer que el régimen los ha atraído porque
con ellos imagina ingenuamente que se limpia. Al revés: los atrae
para desacreditarlos, y mostrar a la luz pública, con pruebas vivientes,
que la política es malvada y vil, que gobernar consiste en chapotear
en el fango y la crueldad.
Durante varios años de los diez que dura ya este régimen,
parte de la población peruana, a la que el recuerdo de la hiperinflación
y la angustia provocada por el terrorismo mantenía en la inseguridad
y la confusión, aceptó esta filosofía y lo apoyó.
Aunque a regañadientes, por los desmanes sangrientos de Vladimiro
Montesinos, el jefe del aparato represivo, aceptó que no había
alternativa, que la dictadura era necesaria. Confiado en ello, en su fuerza
policiaco-militar, en su control de los medios, en su capacidad de intimidación
mediante su brazo judicial o la oficina de impuestos, el régimen
preparó su fraude electoral y lo ejecutó. Vaya sorpresa
la que le esperaba: una derrota en las ánforas, en la primera vuelta,
que lo obligó a sacarse la careta y, delatándose ante el
mundo entero, alterar grotescamente los resultados para robarle la victoria
a Alejandro Toledo, y a perpetrar una mojiganga en la segunda vuelta en
la que Fujimori corrió solo, ante el desprecio burlón de
la comunidad internacional y el repudio de millones de peruanos.
Millones, sí, a los que -¡por fin!- los últimos sucesos
acabaron de abrir los ojos y movilizaron, pese a las circunstancias tan
adversas, con un entusiasmo y una decisión que ha remecido de pies
a cabeza al régimen. El gran mérito de Alejandro Toledo
es haber aglutinado a toda esa gigantesca fuerza dispersa, desunida y
desorientada, y haberla organizado para mostrar -en las calles, en las
plazas, en las ciudades y las aldeas más remotas del Perú-
a la soberbia del Gobierno, que no era popular, sino profundamente odioso,
y que sus canales de televisión y sus radios y periódicos
avasallados, con sus diarias mentiras y sus campañas de intoxicación
y descrédito de todo opositor o crítico, sólo habían
conseguido desprestigiarlo aún más y prestigiar a sus adversarios.
La Marcha de los Cuatro Suyos (las cuatro regiones del Incario), celebrada
el 27 de julio en el Paseo de la República de Lima y calles adyacentes,
quedará como un hito en la historia peruana. Jamás hubo
antes una manifestación tan grande, ni tan representativa, pues
a ella acudieron decenas de miles de provincianos, de todos los rincones
del país. Hombres y mujeres humildes, en su gran mayoría,
acarreando niños y ancianos, llegados hasta la capital en los medios
más precarios, y pese a los violentos obstáculos que las
fuerzas policiales y militares sembraron en su camino (arrestos, accidentes,
verificaciones de identidad, hasta voladura de la carretera Central para
atajar a los camiones y ómnibus) desfilaron horas de horas -eran
más de trescientos mil-, en la más absoluta calma y dignidad,
como les habían pedido los organizadores, ante los ojos de decenas
de observadores y delegados extranjeros. Médicos, enfermeras, sindicatos,
clubes de madres, asociaciones profesionales, y, en la vanguardia, los
universitarios, colaboraron y marcharon, deponiendo diferencias, unidos
en un emulsionante clima de solidaridad, con un claro propósito:
pedir elecciones libres, manifestar su rechazo de un Gobierno dictatorial
que, mediante un fraude flagrante, pretende perpetuarse cinco años
más.
¿Quién, en el mundo, podría creer que, estos cientos
de miles de peruanas y peruanos que el 27 de julio y la víspera
dieron esa lección de orden y disciplina, desfilando sin provocar
un solo incidente, a las pocas horas, el día 28, se entregarían
a la violencia, quemando el Banco de la Nación, el ex Ministerio
de Educación, el Jurado Nacional de Elecciones y otros locales
públicos? Nadie, que no esté ciego, o se niegue a aceptar
la evidencia. ¿Cuál es la evidencia? Que los episodios del
28 de julio -cuyo balance, hasta el momento, es de seis muertos, cientos
de heridos, decenas de desaparecidos y más de doscientos detenidos-
fueron planeados y ejecutados vil y malvadamente por esos seres viles
y malvados que, amparados en la fuerza bruta, gobiernan desde hace diez
años el Perú.
Todo fue preparado con el frío maquiavelismo que caracteriza a
Montesinos. Tres días antes de la Marcha de los Cuatro Suyos, una
de las cloacas televisivas del Servicio de Inteligencia, el Canal Cuatro,
fraguó un truculento programa acusando a Alejandro Toledo y demás
organizadores de la Marcha de -¡coludidos con Sendero Luminoso!-
estar preparando bombas incendiarias y explosivos. El 28 de julio, en
plena demostración, súbita, misteriosamente, las fuerzas
policiales y militares, que habían estado reprimiendo con una ferocidad
inigualada a los manifestantes -usando gases y proyectiles prohibidos
para menesteres de orden público-, se retiraron de muchos edificios,
dejándolos desprotegidos. Al mismo tiempo, agentes civiles armados
impedían salir a los bomberos y retrasaban su acción. De
este modo, los hombres de mano del régimen infiltrados entre la
multitud -varios de ellos fueron detectados por los manifestantes o filmados
en vídeos que están ahora a buen recaudo- pudieron perpetrar
los actos vandálicos. Está clarísimo por qué
los pirómanos se encarnizaron con el local del Jurado Nacional
de Elecciones, las llamas desaparecieron todas las pruebas del fraude
electoral. ¿Qué podía importar a los asesinos de
los vecinos de los Barrios Altos, de los estudiantes y el profesor de
La Cantuta, a quienes descuartizaron a Mariella Barreto, torturaron y
violaron a Leonor La Rosa, autores de tantas fechorías, que en
el incendio del Banco de La Nación perecieran los seis desdichados
guardianes del local? Lo importante era tener devastación y cadáveres
a la mano para, utilizando toda la maquinaria informativa y judicial enfeudada
al poder, iniciar ahora la destrucción política de Alejandro
Toledo, símbolo de la formidable marea de resistencia cívica.
¿Lograrán su objetivo? ¿Conseguirán, como
en el caso del millón de firmas falsificadas del proceso electoral,
que, no los falsificadores, sino los denunciantes del delito, sean los
castigados? Es algo tarde ya, me parece, para estos macabros aquelarres
que jalonan la historia de estos últimos diez años infames
de la historia peruana. La sangre que corrió por las calles de
Lima el día de la fiesta nacional se añade a la mucha que
el tándem Fujimori-Montesinos ha vertido en su desesperación
por aferrarse al poder, y su burda payasada para hacer pasar a las víctimas
por culpables de sus crímenes sólo ayudará a acelerar
su fatídica caída.
_________
©Mario Vargas Llosa, 2000.
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El País, S.A., 2000.
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