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ARTICULO
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17
de Agosto de 2000 |
Bradbury, el Vino
De los Sueños
El lunes cumple 80 años el poeta de la
alegre imaginación creadora.
Ideó
la colonización de Marte, pero no usa
computadora ni Tv. En nota sobre su cuento
"La máquina voladora" explicó:
"Debemos excitarnos por el desafío
de construir máquinas que sirvan el ideal
de humanidad."
Escribe
CESAR LEVANO
EN 1941, cuando aún vendía periódicos en
una esquina de Los Angeles, Ray Bradbury logró que "una cosa llamada
`Super Science'" le publicara un cuento. Y que se lo pagara. Trece flamantes
dólares. Fue regalo de cumpleaños, pues ese día cumplía
veintiuno. Además, rompía una larga cadena de frustraciones:
durante casi diez años había enviado cuentos a cuanta revista
pudiera, cuentos que le eran religiosamente devueltos cada semana.
Así empezó la historia fabulosa de una vida consagrada a
lo que él llama "la dicha de escribir". Había estado haciéndolo
desde los doce años, cuando sus padres, gente pobre, le obsequiaron
una máquina de escribir de juguete.
Sus libros tienen ahora millones y millones de lectores, pese a la amenaza
contra la lectura sobre la que alertó en Fahrenheit 451, al imaginar
un superestado decidido a quemar todos los libros. Se publicó en
1953, en tiempos de delirio macarthista. Ahora, acaba de declarar en Italia,
con motivo de un homenaje que le rindieron, que ya no es preciso incinerar
libros. Basta con la televisión que nos imponen.
Si una gitana hubiera leído la palma de las manos de Bradbury,
habría encontrado una larga línea de la vida, pero también
una paralela que diría: poeta.
Que lo digan, si no, las páginas, todas las páginas, de
El vino del estío. Verbigracia, al recordar la cara de una
muchacha: "Era el rostro de la primavera, era el rostro del verano, era
la calidez del trébol. Las granadas le brillaban en los labios
y el cielo lunar en los ojos."
Presumo que de ese libro se desprende, como un verde retoño, "El
Aleph" famoso de Jorge Luis Borges. Leamos por qué: "¿Y
la luz? Todas las cosas, una vez vistas, no podían morir.
En alguna parte, buscando en el mundo, quizás en los múltiples
y goteantes fanales de las abejas inflamadas por el polen, donde la luz
era una savia de ámbar, o en las treinta mil lentes del enjoyado
cerebro de la libélula del mediodía, uno podía encontrar
todos los colores y visiones del universo, de un año cualquiera."
Hay que anotar que este relato de Bradbury fue publicado en 1946. Estela
Canto, la mujer de quien el argentino anduvo tan enamorado, ha recordado
en su revelador libro Borges a contraluz que su admirador empezó
a escribir "El Aleph" en 1945. En 1947 apareció en libro. Por lo
demás, Borges escribió en 1955 un hermoso prólogo
para la primera traducción al español de las
Crónicas marcianas.
Esto no ensombrece para nada el resplandor del genio borgiano. Como no
lo atenúa si evocamos aquí que el germen de "Pierre Ménard,
autor del Quijote" puede encontrarse en un libro del alemán Johann
Paul Richter, que firmaba Jean Paul (1763-1785). En su libro Leben
des vernügten Schulmeisterlein Maria Wutz (Vida del divertido
maestrillo de escuela Maria Wutz), el alemán inventa un personaje
que escribe la versión "original" de Los Bandidos de Schiller
y de la Crítica de la Razón Pura de Kant.
Por lo demás, lector impenitente de poesía, que
privilegia a Gerard Manley Hopkins y Dylan Thomas, Bradbury reconoce en
su libro Zen en el arte de escribir diversas deudas. Un
capítulo de Crónicas marcianas fue inspirado
por el poema de Lord Byron "Aunque siga brillando la luna". En el mencionado
libro, imagina al planeta rojo colonizado por los terrestres. Borges comentó:
"vencen los hombres y el autor no se alegra".
Bradbury imagina allí que la civilización terráquea
ha sido destruida por una catástrofe atómica. Es el clamor,
en clave artística, de un humanista, un pacifista, que es, además,
un antirracista y un primoroso piropeador de la mujer. No sólo
de la amada, sino de todas las mujeres. En El vino del estío,
su personaje el niño Douglas, encarnación del autor, que
no en vano se llama Ray Douglas, dice esta frase que puede sazonar hasta
las más humildes y desordenadas cocinas:
"Abuela, había querido decirle muchas veces Douglas, ¿es
aquí donde empezó el mundo? Pues seguramente empezó
en un lugar parecido. La cocina era, sin duda, el centro de la creación,
todas las cosas giraban alrededor; era el frontón que sostenía
el templo".
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