Edición Nº 1632

 

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    ARTICULO

    17 de Agosto de 2000

    Una Vez Con el Superjuez
    CARETAS estuvo con el juez Baltasar Garzón en Costa Rica, dos días después de que la justicia chilena desaforara al general Augusto Pinochet. Aquí, la crónica de este encuentro.

    Cinco meses después de que el ex dictador, y senador vitalicio, Augusto Pinochet Ugarte regresara en supuesto olor de triunfo a su país, y a pesar de que subsistía el temor de que los tribunales chilenos optaran por el olvido, el martes 8 de agosto la Corte Suprema de Chile decidió, por 14 votos contra 6, quitarle el fuero parlamentario al otrora intocable general. Lo puso así en el umbral del banquillo de los acusados, de cara a 154 acusaciones por crímenes graves, todo lo cual no hubiera sido posible sin la participación de un hombre: el juez español Baltasar Garzón. Gracias a una invitación del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), el magistrado estuvo en San José de Costa Rica, donde ofreció una conferencia de prensa, dictó una charla magistral y hasta participó en una fiesta. CARETAS estuvo allí y recogió sus palabras, su talante, su humor.

    Pinochet, no hay inmunidad que lo apañe. Derecha, Estrictas medidas de seguridad -alrededor de 10 guardaespaldas- rodean a Garzón. ETA anda al acecho y otros personajes tienen en la mira al juez español.

    Escribe
    RAMIRO ESCOBAR
    desde San José de Costa Rica.

    HASTA el lunes 7 de agosto por la mañana, los únicos que sabían que Baltasar Garzón llegaba a Costa Rica eran los directivos del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), un organismo parcialmente financiado por el gobierno costarricense, que lo había invitado como ponente para su XVIII Curso Interdisciplinario de Derechos Humanos. Pero ese día un comunicado alertó a la prensa y a cierto sector de la ciudadanía: el llamado superjuez llegaba esa noche, rodeado de comprensibles medidas de seguridad, sobre todo porque ETA, fiel a su estilo, había desatado el terror en la ciudad vasca de Bilbao.
    Garzón también ve causas que incluyen a miembros de ETA, las cuales, al igual que en el caso Pinochet, no le mueven un músculo de duda. Eso explicaba la presencia de por lo menos dos guardaespaldas españoles y unos ocho costarricenses (puestos por el gobierno), que lo escoltaron en dos autos hasta en sus pocos momentos de esparcimiento.
    Su misma llegada al aeropuerto había estado rodeada de cierto misterio. Se pensó primero que llegaba en Iberia a las 7 de la noche. Pero llegó dos horas más tarde en "vuelo comercial" (no se precisó la aerolínea) desde Miami. El único canal que lo abordó a poco de aterrizar fue el Canal 6 de Costa Rica y le hizo la pregunta obligada. Faltaba un día para que en Santiago de Chile se decidiera si se desaforaba o no a Augusto Pinochet. El hombre que le había movido el piso al general comentó: "yo confío en los tribunales chilenos".
    Cuando se dio a conocer la noticia del histórico desafuero (el martes 9), Garzón, por cierto, no acudió apresuradamente a los medios para cantar victoria. Hubo que esperar hasta el jueves 11, cuando ofreció una conferencia de prensa en la sede del IIDH, para escucharlo. Aunque se mantuvo en sus trece: "no voy a declarar sobre las causas que sigo", lo que quería decir, ni una palabra sobre el caso Pinochet o sobre los generales argentinos. Garzón nunca adelanta opinión.
    Tanto ruido para tan pocas nueces periodísticas? claro que no. Ante el tribunal mediático -desesperado por sacarle alguna "pepa"que pasara a la historia-, el superjuez supo responder con cautela, pero con algunas sutilezas suficientes. Un ejemplo. El embajador chileno en Costa Rica, Guillermo Yunge, había insinuado Algo como para qué tanto escándalo si, al fin, se demostraba que Chile era capaz de hacer justicia con sus propios tribunales.

    Garzón mostró prudencia en todo momento.


    Garzón no perdió la compostura y simplemente afirmó que una vez que la justicia preeminente -la chilena- había entrado en acción, cualquier otra jurisdicción tenía que ceder ante ella. Ahora les toca a ustedes, mejor dicho. O más bien, siempre les tocó. Garzón aseguró, además, que confiaba en los tribunales chilenos de la misma forma que confiaba en los de su país.
    Siguieron preguntas sobre Centroamérica, -Guatemala específicamente-, un lugar donde un juez como él podría tener trabajo durante el resto del siglo. La misma cautela: sólo daba su apreciación como ciudadano y observador. Donde sí fue concluyente fue en su fe en el fortalecimiento de la Justicia Penal Internacional y en que las causas por crímenes contra la humanidad deberían llevarse hasta el final. A estos crímenes, como al narcotráfico, había que perseguirlos fuera de toda soberanía.
    Ese fue, más o menos, el tenor de su respuesta cuando las figuras de Montesinos y Fujimori aparecieron, a manera de consulta, en el firmamento de los posibles enjuiciados más allá de su terruño. Garzón dixit: "No sé si es el caso, pero una vez iniciada la actividad judicial, o la causa en un proceso penal, lo que hay que hacer es llevarlo hasta el final. Los hechos tenidos como delictuosos deben ser respondidos ante una autoridad competente".
    No quiso, por último, abundar en comentarios sobre cómo le habían cambiado la vida las medidas de seguridad. Aclaró, eso sí, que las tenía desde 1988, cuando tomó posesión como Magistrado del Juzgado Central de Instrucción Número 5 de la Audiencia Nacional, instancia competente en casos de terrorismo, narcotráfico, blanqueo de dinero, delincuencia organizada y extradiciones. "La seguridad que tengo es la justa y necesaria", sentenció con una media sonrisa, luego de explicar que estaba en ese cargo voluntariamente, y que de las presiones políticas ni se enteraba.
    Fue en la charla que dictó el jueves 10 de agosto en el Auditorio Nacional del Museo de los Niños, donde se reveló como un conferencista preciso, claro en sus conceptos y decidido en sus opiniones. Ante una audiencia, integrada entre otros, por Oscar Arias, ex presidente de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, el magistrado mostró cuál era su posición y acaso su pasión: la necesidad ineludible de que se estableciera, de una vez por todas, la Corte Penal Internacional (CPI).
    Otra vez la seguridad despistaba a curiosos y periodistas. Entró por un costado, salió por detrás del auditorio, y evitó en todo el momento el tumulto. Una vez en el podio, sin embargo, y tras la presentación del IIDH ("hoy la humanidad puede dormir más tranquila gracias a él", llegó a decir Roberto Cuéllar, director ejecutivo de este organismo), se entregó a los oyentes con una convicción bastante más notoria que la que exhibió en sus apariciones anteriores.
    Garzón no tiene la elocuencia verbosa de algunos abogados, es más bien pausado y directo. Ese día, por eso, sin mencionar nombres y apellidos por supuesto, explicó a quienes lo oíamos por qué hizo lo que hizo en el caso Pinochet. Su tesis central podría resumirse, tal vez arbitrariamente, en dos ideas fundamentales: el 95 por ciento de los casos de crímenes contra la humanidad (léase Camboya, Serbia, el Tíbet, Ruanda, etc.) no han sido perseguidos ni las demandas de justicia atendidas; la extradición, por añadidura, "protege a quien no debe proteger". Debe, simple y llanamente, desaparecer.
    La Justicia Penal Internacional, en suma, debe ser bastante más que un proyecto. Aplicarse incluso a los ciudadanos de países que hasta ahora no ratifican el tratado para instalarla (Estados Unidos, por ejemplo, país al cual dedicó algunas puyas, como recordar que complica adrede tratados de este tipo para luego no firmarlos). En otras palabras: no han sido suficientes los juicios de Nuremberg o los tribunales para el caso de Ruanda y la ex Yugoslavia. Tras el holocausto -hecho que el juez recordó citando al judío Elie Wiesel, cuando éste decía que "en Auchswitz murió la idea de hombre y aún no se ha recuperado"-, la sangría ha continuado.
    A esos dos planteamientos, Garzón sumó un principio que hoy por hoy anda clavado en la médula de los gobiernos más reacios a la presión internacional, desde Lima hasta Bagdad: la extraterritorialidad. El asunto es claro. Si un país firma un tratado de este tipo -por ejemplo el Pacto de San José, la Convención Interamericana de Derechos Humanos- necesariamente renuncia a una parte de su soberanía. La Justicia Penal Internacional debe, necesariamente, trascender las fronteras, así como la delincuencia organizada lo hace, sin tratado alguno y a punta de matonería de alto vuelo.
    Y es que, según Garzón, no se trata de delitos de un país contra otro, sino de eso, de crímenes contra la humanidad entera. "No debe haber privilegios de inmunidad, ni se debe eludir a la justicia", dijo, en tono convencido.
    Al final de la charla, Garzón se refirió a dos temas que caen como sopapo a la urgida realidad peruana. En el único momento en que su voz, más bien suave, se encendió un poco fue cuando reclamó un Poder Judicial más cercano a la gente, jueces realmente correctos y justos. También enalteció la labor de la sociedad civil y en concreto de las ONGs, esos organismos que a su juicio "recogen los principios de solidaridad y tienen una actitud comprometida". Un discurso que, sin duda, hubiera escaldado al oficialismo peruano de ayer y hoy.
    La experiencia con el superjuez, no habría sido completa si no hubiera ocurrido algo que puso la nota profundamente real y terrible en el auditorio del Museo de los Niños. Al momento de las preguntas, como una tromba de indignación surgida desde una esquina, un muchacho costarricense-argentino contó a voz en cuello la desaparición de su hermano Claudio, ocurrida en el Buenos Aires de 1976, cuando la impunidad era una fiesta desgraciada en América Latina. La intervención rompía todo libreto, pero no podía ser más oportuna.
    Ante este hombre que, no obstante sus defectos y presuntas ambiciones políticas, ha revolucionado la historia del derecho, se presentaba una víctima más, desde lo inenarrable de perder a alguien y no saber nada nunca más. Garzón, al responderle, insistió en que el caso argentino seguía en su jurisdicción y, por tanto, no podía opinar sobre él. Pero esbozó una mirada gentil y sugirió que la causa tenía que seguir adelante. El auditorio enmudeció y ése fue, quizás, el momento en que al superjuez se le vio más humano, vestido de una modesta compasión y sin ningún pergamino jurídico.

     


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