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ARTICULO
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17
de Agosto de 2000 |
Una Vez Con el Superjuez
CARETAS estuvo con el juez Baltasar Garzón
en Costa Rica, dos días después de que la justicia chilena
desaforara al general Augusto Pinochet. Aquí, la crónica
de este encuentro.
Cinco meses
después de que el ex dictador, y senador vitalicio, Augusto Pinochet
Ugarte regresara en supuesto olor de triunfo a su país, y a pesar
de que subsistía el temor de que los tribunales chilenos optaran
por el olvido, el martes 8 de agosto la Corte Suprema de Chile decidió,
por 14 votos contra 6, quitarle el fuero parlamentario al otrora intocable
general. Lo puso así en el umbral del banquillo de los acusados,
de cara a 154 acusaciones por crímenes graves, todo lo cual no
hubiera sido posible sin la participación de un hombre: el juez
español Baltasar Garzón. Gracias a una invitación
del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH), el magistrado
estuvo en San José de Costa Rica, donde ofreció una conferencia
de prensa, dictó una charla magistral y hasta participó
en una fiesta. CARETAS estuvo allí y recogió sus palabras,
su talante, su humor.
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Pinochet,
no hay inmunidad que lo apañe. Derecha, Estrictas medidas
de seguridad -alrededor de 10 guardaespaldas- rodean a Garzón.
ETA anda al acecho y otros personajes tienen en la mira al juez
español.
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Escribe
RAMIRO ESCOBAR
desde San José de Costa Rica.
HASTA el lunes 7 de agosto por la mañana, los únicos
que sabían que Baltasar Garzón llegaba a Costa Rica eran
los directivos del Instituto Interamericano de Derechos Humanos (IIDH),
un organismo parcialmente financiado por el gobierno costarricense, que
lo había invitado como ponente para su XVIII Curso Interdisciplinario
de Derechos Humanos. Pero ese día un comunicado alertó a
la prensa y a cierto sector de la ciudadanía: el llamado superjuez
llegaba esa noche, rodeado de comprensibles medidas de seguridad, sobre
todo porque ETA, fiel a su estilo, había desatado el terror en
la ciudad vasca de Bilbao.
Garzón también ve causas que incluyen a miembros de ETA,
las cuales, al igual que en el caso Pinochet, no le mueven un músculo
de duda. Eso explicaba la presencia de por lo menos dos guardaespaldas
españoles y unos ocho costarricenses (puestos por el gobierno),
que lo escoltaron en dos autos hasta en sus pocos momentos de esparcimiento.
Su misma llegada al aeropuerto había estado rodeada de cierto misterio.
Se pensó primero que llegaba en Iberia a las 7 de la noche. Pero
llegó dos horas más tarde en "vuelo comercial" (no se precisó
la aerolínea) desde Miami. El único canal que lo abordó
a poco de aterrizar fue el Canal 6 de Costa Rica y le hizo la pregunta
obligada. Faltaba un día para que en Santiago de Chile se decidiera
si se desaforaba o no a Augusto Pinochet. El hombre que le había
movido el piso al general comentó: "yo confío en los tribunales
chilenos".
Cuando se dio a conocer la noticia del histórico desafuero (el
martes 9), Garzón, por cierto, no acudió apresuradamente
a los medios para cantar victoria. Hubo que esperar hasta el jueves 11,
cuando ofreció una conferencia de prensa en la sede del IIDH, para
escucharlo. Aunque se mantuvo en sus trece: "no voy a declarar sobre las
causas que sigo", lo que quería decir, ni una palabra sobre el
caso Pinochet o sobre los generales argentinos. Garzón nunca adelanta
opinión.
Tanto ruido para tan pocas nueces periodísticas? claro que no.
Ante el tribunal mediático -desesperado por sacarle alguna "pepa"que
pasara a la historia-, el superjuez supo responder con cautela, pero con
algunas sutilezas suficientes. Un ejemplo. El embajador chileno en Costa
Rica, Guillermo Yunge, había insinuado Algo como para qué
tanto escándalo si, al fin, se demostraba que Chile era capaz de
hacer justicia con sus propios tribunales.
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Garzón
mostró prudencia en todo momento.
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Garzón no perdió la compostura y simplemente afirmó
que una vez que la justicia preeminente -la chilena- había entrado
en acción, cualquier otra jurisdicción tenía que
ceder ante ella. Ahora les toca a ustedes, mejor dicho. O más bien,
siempre les tocó. Garzón aseguró, además,
que confiaba en los tribunales chilenos de la misma forma que confiaba
en los de su país.
Siguieron preguntas sobre Centroamérica, -Guatemala específicamente-,
un lugar donde un juez como él podría tener trabajo durante
el resto del siglo. La misma cautela: sólo daba su apreciación
como ciudadano y observador. Donde sí fue concluyente fue en su
fe en el fortalecimiento de la Justicia Penal Internacional y en que las
causas por crímenes contra la humanidad deberían llevarse
hasta el final. A estos crímenes, como al narcotráfico,
había que perseguirlos fuera de toda soberanía.
Ese fue, más o menos, el tenor de su respuesta cuando las figuras
de Montesinos y Fujimori aparecieron, a manera de consulta, en el firmamento
de los posibles enjuiciados más allá de su terruño.
Garzón dixit: "No sé si es el caso, pero una vez iniciada
la actividad judicial, o la causa en un proceso penal, lo que hay que
hacer es llevarlo hasta el final. Los hechos tenidos como delictuosos
deben ser respondidos ante una autoridad competente".
No quiso, por último, abundar en comentarios sobre cómo
le habían cambiado la vida las medidas de seguridad. Aclaró,
eso sí, que las tenía desde 1988, cuando tomó posesión
como Magistrado del Juzgado Central de Instrucción Número
5 de la Audiencia Nacional, instancia competente en casos de terrorismo,
narcotráfico, blanqueo de dinero, delincuencia organizada y extradiciones.
"La seguridad que tengo es la justa y necesaria", sentenció con
una media sonrisa, luego de explicar que estaba en ese cargo voluntariamente,
y que de las presiones políticas ni se enteraba.
Fue en la charla que dictó el jueves 10 de agosto en el Auditorio
Nacional del Museo de los Niños, donde se reveló como un
conferencista preciso, claro en sus conceptos y decidido en sus opiniones.
Ante una audiencia, integrada entre otros, por Oscar Arias, ex presidente
de Costa Rica y Premio Nobel de la Paz, el magistrado mostró cuál
era su posición y acaso su pasión: la necesidad ineludible
de que se estableciera, de una vez por todas, la Corte Penal Internacional
(CPI).
Otra vez la seguridad despistaba a curiosos y periodistas. Entró
por un costado, salió por detrás del auditorio, y evitó
en todo el momento el tumulto. Una vez en el podio, sin embargo, y tras
la presentación del IIDH ("hoy la humanidad puede dormir más
tranquila gracias a él", llegó a decir Roberto Cuéllar,
director ejecutivo de este organismo), se entregó a los oyentes
con una convicción bastante más notoria que la que exhibió
en sus apariciones anteriores.
Garzón no tiene la elocuencia verbosa de algunos abogados, es más
bien pausado y directo. Ese día, por eso, sin mencionar nombres
y apellidos por supuesto, explicó a quienes lo oíamos por
qué hizo lo que hizo en el caso Pinochet. Su tesis central podría
resumirse, tal vez arbitrariamente, en dos ideas fundamentales: el 95
por ciento de los casos de crímenes contra la humanidad (léase
Camboya, Serbia, el Tíbet, Ruanda, etc.) no han sido perseguidos
ni las demandas de justicia atendidas; la extradición, por añadidura,
"protege a quien no debe proteger". Debe, simple y llanamente, desaparecer.
La Justicia Penal Internacional, en suma, debe ser bastante más
que un proyecto. Aplicarse incluso a los ciudadanos de países que
hasta ahora no ratifican el tratado para instalarla (Estados Unidos, por
ejemplo, país al cual dedicó algunas puyas, como recordar
que complica adrede tratados de este tipo para luego no firmarlos). En
otras palabras: no han sido suficientes los juicios de Nuremberg o los
tribunales para el caso de Ruanda y la ex Yugoslavia. Tras el holocausto
-hecho que el juez recordó citando al judío Elie Wiesel,
cuando éste decía que "en Auchswitz murió la idea
de hombre y aún no se ha recuperado"-, la sangría ha continuado.
A esos dos planteamientos, Garzón sumó un principio que
hoy por hoy anda clavado en la médula de los gobiernos más
reacios a la presión internacional, desde Lima hasta Bagdad: la
extraterritorialidad. El asunto es claro. Si un país firma un tratado
de este tipo -por ejemplo el Pacto de San José, la Convención
Interamericana de Derechos Humanos- necesariamente renuncia a una parte
de su soberanía. La Justicia Penal Internacional debe, necesariamente,
trascender las fronteras, así como la delincuencia organizada lo
hace, sin tratado alguno y a punta de matonería de alto vuelo.
Y es que, según Garzón, no se trata de delitos de un país
contra otro, sino de eso, de crímenes contra la humanidad entera.
"No debe haber privilegios de inmunidad, ni se debe eludir a la justicia",
dijo, en tono convencido.
Al final de la charla, Garzón se refirió a dos temas que
caen como sopapo a la urgida realidad peruana. En el único momento
en que su voz, más bien suave, se encendió un poco fue cuando
reclamó un Poder Judicial más cercano a la gente, jueces
realmente correctos y justos. También enalteció la labor
de la sociedad civil y en concreto de las ONGs, esos organismos que a
su juicio "recogen los principios de solidaridad y tienen una actitud
comprometida". Un discurso que, sin duda, hubiera escaldado al oficialismo
peruano de ayer y hoy.
La experiencia con el superjuez, no habría sido completa si no
hubiera ocurrido algo que puso la nota profundamente real y terrible en
el auditorio del Museo de los Niños. Al momento de las preguntas,
como una tromba de indignación surgida desde una esquina, un muchacho
costarricense-argentino contó a voz en cuello la desaparición
de su hermano Claudio, ocurrida en el Buenos Aires de 1976, cuando la
impunidad era una fiesta desgraciada en América Latina. La intervención
rompía todo libreto, pero no podía ser más oportuna.
Ante este hombre que, no obstante sus defectos y presuntas ambiciones
políticas, ha revolucionado la historia del derecho, se presentaba
una víctima más, desde lo inenarrable de perder a alguien
y no saber nada nunca más. Garzón, al responderle, insistió
en que el caso argentino seguía en su jurisdicción y, por
tanto, no podía opinar sobre él. Pero esbozó una
mirada gentil y sugirió que la causa tenía que seguir adelante.
El auditorio enmudeció y ése fue, quizás, el momento
en que al superjuez se le vio más humano, vestido de una modesta
compasión y sin ningún pergamino jurídico.
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