Edición N† 1632

 

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    17 de Agosto de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Ajuste y Reactivación

    EN el lenguaje del gobierno, todo lo que dice significa lo contrario de lo que en realidad es. El lunes y martes Alberto Fujimori anunció un plan reactivador, que en realidad es un ajuste y difícilmente servirá para el propósito declarado.
    Nadie entiende cómo, en medio de una recesión que ya dura dos años, una reducción del gasto público ayudará a reanimar la desfalleciente economía peruana.
    El ajuste, por lo demás, era absolutamente previsible y se advirtió hasta la saciedad durante la campaña electoral. Era obvio que se estaba gastando en exceso, con fines estrictamente electorales. Y que luego de la elección tendría que venir una drástica reducción del gasto público.
    Eso ya había ocurrido en la elección de 1995, con la diferencia de que en ese entonces la economía estaba en crecimiento y ahora en franco declive. Por tanto, hoy los efectos serán peores.
    Precisamente el actual ministro de Economía, Carlos Boloña, fue uno de los más cáusticos críticos de la farra fiscal y el consecuente ajuste de 1995. Hoy día no tiene empacho en asumir la ingrata tarea de recoger los platos rotos de la juerga electoral.
    El tema económico estará, sin duda, en el centro de la atención pública en el futuro inmediato. Por eso sorprende que la oposición se haya quedado dormida en esta materia.

    Hace ya varias semanas, Alejandro Toledo anunció la creación de un "gabinete en la sombra", al estilo británico, que se encargaría de analizar las medidas del gobierno, criticarlas y proponer alternativas. Ese equipo debería ser multipartidario e integrado por reconocidas personalidades.
    Hasta ahora no se tiene noticias de ese gabinete en la sombra. Ese, sin duda, es un déficit.
    En este momento se necesitan planteamientos coherentes de la oposición e ideas nuevas. Porque la desastrosa situación económica produce descontento e indignación. Pero si no hay una alternativa en el horizonte, ese descontento se puede traducir en frustración y desesperanza, y no en ánimo de cambio, que es justamente lo que se necesita.
    El substrato del rechazo al gobierno de Alberto Fujimori, es la calamitosa situación económica en que se encuentra la inmensa mayoría del país. Por eso la población reclamaba un cambio, y por eso la irritación que se produjo luego del fraude electoral. No se permitió el relevo del gobierno, como deseaba la mayoría del país.
    Ese ha sido el combustible que ha movilizado a cientos de miles de personas en todo el territorio desde el 9 de abril. Es decir, el comportamiento del gobierno ha producido esta fusión entre economía y política, que no siempre andan juntas.
    Si la oposición quiere mantener viva la llama de la protesta, tiene que realizar una crítica sistemática y esclarecedora a la política económica del régimen, y a la vez proponer soluciones viables y creíbles. De esa manera, mantendrá activa la movilización para lograr el objetivo que se ha trazado, la realización de nuevas elecciones que permitan una transición pacífica a la democracia.
    Es verdad que en materia económica existen posiciones diversas en las filas opositoras, que tienen en común las banderas democráticas pero no necesariamente programas idénticos. Eso podría generar discrepancias.
    Por ejemplo, el asunto de las privatizaciones, que ha sido nuevamente puesto en la agenda por el gobierno, es probable que ocasione divergencias en la oposición. Algunos estarán a favor, otros en contra, aunque no cabe duda que las privatizaciones son hoy día muy impopulares, a diferencia de hace algunos años.
    Eso requiere un tratamiento cuidadoso, que permita expresar en algunos temas, los diversos puntos de vista, sin producir enconados enfrentamientos ni dar la sensación de desorden.
    Precisamente uno de los pocos argumentos que tiene el régimen hoy en día, es que la oposición es un conglomerado difuso, caótico y contradictorio.
    El otro factor, estrechamente vinculado al económico, es el centralismo. Un régimen autoritario como éste no tiene la más mínima intención de desconcentrar el poder. Al contrario, no cesa de arrebatar funciones y atributos a regiones y municipios.
    La situación en provincias, sobre todo en ciertas zonas, es mucho peor que en Lima. Aparte de discursos generales, la oposición debería preocuparse en proponer soluciones específicas y creíbles a las provincias del país.
    El gobierno está cada día más aislado nacional e internacionalmente. Pero ningún régimen autoritario cae solo. Hay que empujarlo. Para eso se requieren movilizaciones y éstas se producen por una combinación de descontento y esperanza. Esta última es insuficiente todavía.

     



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