Edición N† 1632

 

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    17 de Agosto de 2000
    Por AUGUSTO ELMORE

    LA crisis económica continúa. Claro que el ministro Boloña -de quien me cabe decir, pese a las disidencias que guardo con él, que hizo una buena tarea cuando estuvo inicialmente a cargo del Ministerio de Economía-, no va a poder hacer milagros, y menos cuando por su lado Fujimori y otros dentro del gobierno anuncian medidas proteccionistas, antiliberales en suma. Pero lo más difícil de su trabajo actual consistirá en que fue el propio Boloña el que vendió las joyas de la familia, y ahora ya le queda poco por vender, como no sea un auto viejo o algunas chucherías más, así es que, aún sacándolas a remate (de ésos que están a la orden del día), no le va a alcanzar para hacer nada nuevo y espectacular que saque al país de la absoluta inanición en la que se encuentra. Vivíamos muy bien cuando cobramos lo vendido -y que sabe Dios dónde está o qué han hecho de ello- y teníamos para gastar a nuestras anchas. Ahora da la impresión que tendremos que comernos las uñas, que como sabemos ni siquiera son alimenticias.

    Me duele recordarlo, pero en el siglo pasado Chile nos ganó una guerra para la que se había preparado mientras aquí nos dedicábamos al jolgorio y a la desorganización. Hoy día Chile vuelve a ganarnos de lejos otra guerra: la de la justicia y la institucionalización del país, en tanto que aquí el gobierno hace todo lo contrario. Mientras al Perú tiene que venir una misión de la OEA para obligar al gobierno a restituirle al país principios democráticos básicos, cosa que aún está por verse, en Chile una Corte Suprema autónoma de verdad impuso una clara e histórica decisión en el caso Pinochet sin hacer caso de las presiones de grupos de poder ni tampoco de las del grupo de más poder, es decir las Fuerzas Armadas, dándonos una lección que duele. De allí que estemos convirtiéndonos en un país paria, a cuya toma de mando presidencial sólo acudieron dos presidentes de países vecinos (uno de ellos un ex dictador) e, inmediatamente después, el flamante presidente electo de México, Vicente Fox, nos pasó por todo lo alto, como también lo hará, ostensiblemente, la señora Madeleine Albrigth, la segunda de abordo en los Estados Unidos. Debido a como se manejan las cosas aquí, parecemos tener viruela. La viruela del totalitarismo.

    Uno de los extremos más abominables es el que estrenó hace poco el ministro del Interior, general (claro, cuando no) Walter Chacón, quien se permitió acusar al Defensor del Pueblo, Jorge Santistevan de Noriega, atribuyéndole, nada menos, que complicidad o por lo menos responsabilidad en los desmanes del 28 de julio. Eso me parece algo extremadamente sucio, además de insensato, porque Santistevan de Noriega ha sido siempre un hombre de probada ecuanimidad, que ha merecido el título que tiene, ése, justamente, de Defensor del Pueblo. El es la última instancia de la civilidad libre en este país. Quizá justamente por ello le han puesto la puntería.

    "La proeza del Centenario" califica por allí no sé si una publicidad o qué al empate que logró el equipo peruano de fútbol en Montevideo. Un empate no es una proeza, aunque haya sido contra Uruguay, sobre todo cuando no conduce a ninguna parte. Lo que demuestra que ahora en el Perú hay quienes se conforman con muy poco. Un empate basta. Como si fuéramos a llegar al Mundial empatando. ¡Los partidos se juegan para ganarlos, no para empatarlos o perderlos! A menos que quisiéramos ganar el mundial de empates.

    La declaración del congresista Absalón Vásquez, diciendo que había que mirar hacia adelante y echarle un manto de olvido a los sucesos del 28, llamó a sorpresa a los observadores, sobre todo por provenir de un personaje aparentemente tan influyente, y justo en el momento en que personas tan cuestionables como la tal Martha Moyano, que hizo mal uso de su apellido para salir electa, o la señora Lozada de Gamboa, el tránsfuga Jorge Polack y otros miembros de tan deleznable mesnada, incluyendo, cómo no a la descendiente directa de Torquemada, Martha Chávez, parecen haber emprendido una campaña particular de venganza en contra de los organizadores de los Cuatro Suyos, tratando, además, de coactar el derecho del pueblo de manifestar su protesta en el último lugar que le queda, es decir la calle. No sé si se tratará de un simple disparo del segundo cañón de la célebre escopeta de dos cañones que usaban los apristas, sus antiguos compañeros, pero la iniciativa de Vásquez -de ser sincera- me parece valiosa.

    Por lo contrario, la posición permanente que adopta la señora Martha Chávez, cada vez más fanática y beligerante, me parece una adicción perversa a la confrontación. El gobierno, si no quiere quedar mal con la OEA, debería exigirle unas vacaciones de silencio. O un retiro, de ésos que tanto le gustan a la congresista.

    El ex primer ministro y actual titular de justicia (siempre con minúscula), doctor Alberto Bustamante Belaunde, se niega a considerar a la Misión de la OEA como mediadora, tal como la calificó su Secretario General, César Gaviria. La verdad es que no sé cual será su problema con el término.

    Reconociendo tácitamente sus entuertos -claro que obligado por la OEA-, el gobierno se planteó recientemente un cronograma democratizador (y todos sabemos que nadie democratiza lo que ya es democrático) que concluiría, digo es un decir, en el 2002, esperando quizá que para entonces la OEA ya se haya aburrido. Ocho puntos esenciales concluirían en el segundo semestre de este año, entre los que se encuentra el garantizar la independencia de los medios electrónicos y el permitir el acceso irrestricto a ellos. ¿Pero no era que esos medios electrónicos no tenían influencia estatal?

    De 1992 a la fecha sólo se ha construido 1% de nuevas carreteras. ¿Esa es la gran obra del gobierno que ameritaba su re-reelección?


     

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