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17 de Agosto de 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
LA crisis económica continúa. Claro que el ministro
Boloña -de quien me cabe decir, pese a las disidencias que guardo
con él, que hizo una buena tarea cuando estuvo inicialmente a cargo
del Ministerio de Economía-, no va a poder hacer milagros, y menos
cuando por su lado Fujimori y otros dentro del gobierno anuncian medidas
proteccionistas, antiliberales en suma. Pero lo más difícil
de su trabajo actual consistirá en que fue el propio Boloña
el que vendió las joyas de la familia, y ahora ya le queda poco
por vender, como no sea un auto viejo o algunas chucherías más,
así es que, aún sacándolas a remate (de ésos
que están a la orden del día), no le va a alcanzar para
hacer nada nuevo y espectacular que saque al país de la absoluta
inanición en la que se encuentra. Vivíamos muy bien cuando
cobramos lo vendido -y que sabe Dios dónde está o qué
han hecho de ello- y teníamos para gastar a nuestras anchas. Ahora
da la impresión que tendremos que comernos las uñas, que
como sabemos ni siquiera son alimenticias.
Me duele recordarlo, pero en el siglo pasado Chile nos ganó una
guerra para la que se había preparado mientras aquí nos
dedicábamos al jolgorio y a la desorganización. Hoy día
Chile vuelve a ganarnos de lejos otra guerra: la de la justicia y la institucionalización
del país, en tanto que aquí el gobierno hace todo lo contrario.
Mientras al Perú tiene que venir una misión de la OEA para
obligar al gobierno a restituirle al país principios democráticos
básicos, cosa que aún está por verse, en Chile una
Corte Suprema autónoma de verdad impuso una clara e histórica
decisión en el caso Pinochet sin hacer caso de las presiones de
grupos de poder ni tampoco de las del grupo de más poder, es decir
las Fuerzas Armadas, dándonos una lección que duele. De
allí que estemos convirtiéndonos en un país paria,
a cuya toma de mando presidencial sólo acudieron dos presidentes
de países vecinos (uno de ellos un ex dictador) e, inmediatamente
después, el flamante presidente electo de México, Vicente
Fox, nos pasó por todo lo alto, como también lo hará,
ostensiblemente, la señora Madeleine Albrigth, la segunda de abordo
en los Estados Unidos. Debido a como se manejan las cosas aquí,
parecemos tener viruela. La viruela del totalitarismo.
Uno de los extremos más abominables es el que estrenó hace
poco el ministro del Interior, general (claro, cuando no) Walter Chacón,
quien se permitió acusar al Defensor del Pueblo, Jorge Santistevan
de Noriega, atribuyéndole, nada menos, que complicidad o por lo
menos responsabilidad en los desmanes del 28 de julio. Eso me parece algo
extremadamente sucio, además de insensato, porque Santistevan de
Noriega ha sido siempre un hombre de probada ecuanimidad, que ha merecido
el título que tiene, ése, justamente, de Defensor del Pueblo.
El es la última instancia de la civilidad libre en este país.
Quizá justamente por ello le han puesto la puntería.
"La proeza del Centenario" califica por allí no sé si una
publicidad o qué al empate que logró el equipo peruano de
fútbol en Montevideo. Un empate no es una proeza, aunque haya sido
contra Uruguay, sobre todo cuando no conduce a ninguna parte. Lo que demuestra
que ahora en el Perú hay quienes se conforman con muy poco. Un
empate basta. Como si fuéramos a llegar al Mundial empatando. ¡Los
partidos se juegan para ganarlos, no para empatarlos o perderlos! A menos
que quisiéramos ganar el mundial de empates.
La declaración del congresista Absalón Vásquez, diciendo
que había que mirar hacia adelante y echarle un manto de olvido
a los sucesos del 28, llamó a sorpresa a los observadores, sobre
todo por provenir de un personaje aparentemente tan influyente, y justo
en el momento en que personas tan cuestionables como la tal Martha Moyano,
que hizo mal uso de su apellido para salir electa, o la señora
Lozada de Gamboa, el tránsfuga Jorge Polack y otros miembros de
tan deleznable mesnada, incluyendo, cómo no a la descendiente directa
de Torquemada, Martha Chávez, parecen haber emprendido una campaña
particular de venganza en contra de los organizadores de los Cuatro Suyos,
tratando, además, de coactar el derecho del pueblo de manifestar
su protesta en el último lugar que le queda, es decir la calle.
No sé si se tratará de un simple disparo del segundo cañón
de la célebre escopeta de dos cañones que usaban los apristas,
sus antiguos compañeros, pero la iniciativa de Vásquez -de
ser sincera- me parece valiosa.
Por lo contrario, la posición permanente que adopta la señora
Martha Chávez, cada vez más fanática y beligerante,
me parece una adicción perversa a la confrontación. El gobierno,
si no quiere quedar mal con la OEA, debería exigirle unas vacaciones
de silencio. O un retiro, de ésos que tanto le gustan a la congresista.
El ex primer ministro y actual titular de justicia (siempre con minúscula),
doctor Alberto Bustamante Belaunde, se niega a considerar a la Misión
de la OEA como mediadora, tal como la calificó su Secretario General,
César Gaviria. La verdad es que no sé cual será su
problema con el término.
Reconociendo tácitamente sus entuertos -claro que obligado por
la OEA-, el gobierno se planteó recientemente un cronograma democratizador
(y todos sabemos que nadie democratiza lo que ya es democrático)
que concluiría, digo es un decir, en el 2002, esperando quizá
que para entonces la OEA ya se haya aburrido. Ocho puntos esenciales concluirían
en el segundo semestre de este año, entre los que se encuentra
el garantizar la independencia de los medios electrónicos y el
permitir el acceso irrestricto a ellos. ¿Pero no era que esos medios
electrónicos no tenían influencia estatal?
De 1992 a la fecha sólo se ha construido 1% de nuevas carreteras.
¿Esa es la gran obra del gobierno que ameritaba su re-reelección?
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