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24
de Agosto de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
El
Jubileo de Carmen Balcells
CUANDO la conocí, pronto hará de eso cuarenta años,
llevaba en la cabeza un rodete de señora buena y era tan sensible
que la menor contrariedad la hacía llorar como una Magdalena. Para
entonces, ya había administrado una compañía teatral
que desapareció antes de estrenar una pieza, exportado al mundo
entero unas máquinas que ella llama telares (pero yo sé
que eran trenes), y, de la mano del novelista rumano exiliado Vintila
Horia, abierto una agencia literaria que desfallecía de inanición
hasta que el joven Carlos Barral, flamante director literario de Seix
Barral, le encargó que gestionara los derechos extranjeros de sus
autores. Éste fue un momento providencial para Carmen Balcells,
para los escritores de nuestra lengua y para la industria editorial de
España y América Latina, principalmente, pero también
la de otros países, que, a consecuencia de la intrusión
en sus predios de este torbellino procedente de la Cataluña recóndita,
experimentaría una transformación radical y sería
poco menos que catapultada a la modernidad.
Que esta afirmación parezca hoy exagerada da la exacta medida de
lo profundos e irreversibles que fueron los cambios en las costumbres
editoriales que la Mamá Grande de Barcelona -llamada también,
a veces, la agente 007- provocó. A poco de iniciar sus tareas al
servicio de Seix Barral, Carmen Balcells descubrió que la verdadera
función de una agente literaria no era representar a un editor
frente a otros editores, sino a los autores ante quienes los publicaban.
Entonces, acudió donde Carlos Barral, y éste entendió
(era, claro está, el único editor que hubiera podido entender
una cosa así) y le devolvió la libertad y aceptó
que, a partir de entonces, los contratos de edición los firmarían
los autores, sí, pero las condiciones de cada contrato las discutiría
la editorial con ella, la provincianita de Santa Fe.
Las relaciones que, hasta esa época, existían entre escritores
y editores en el ámbito de la lengua eran patriarcales y subjetivas.
Autor y editor aceptaban como algo tácito que la editorial que
consentía publicar un manuscrito nativo hacía un favor desmedido
a su escribidor, y que, por lo mismo, éste debía corresponder
a esa generosidad y ese riesgo asumido por el editor, entregándose
a él atado de pies y manos, de por vida. Los contratos no tenían
límite de tiempo, de modo que, en la práctica, aunque no
de iure, había poco menos que una cesión de propiedad. Era
normal que el editor se reservara la exclusiva para gestionar las eventuales
traducciones, y que, concretadas éstas, recibiera por ellas cuando
menos la mitad, y a veces las dos terceras partes, de los derechos del
autor. A nadie parecía anormal que las cosas ocurrieran así,
pues así habían sucedido siempre, y, además, hubiera
sido de pésimo gusto que los escritores, esos artistas, enturbiaran
esa noble y espiritualizada vocación que era la suya con sórdidas
consideraciones crematísticas,
Cuando Carmen Balcells comenzó, en los años sesenta, a exigir
a los editores que aceptaran plazos temporales para los contratos, que
renunciaran a la costumbre de reservarse el derecho de gestionar las traducciones,
y, a veces, a pedirles controles de tirada y de impresión, hubo,
en el mundo editorial, un escándalo parecido al que conmueve un
gallinero en el que se ha metido el lobo feroz. Le dijeron traidora, materialista,
pesetera, innoble saboteadora del gay saber, literaturicida y mil lindezas
más. Ella derramaba vivas lágrimas, pero no daba su brazo
a torcer. Le montaron innumerables conspiraciones para ponerla de su lado
o asustarla; la amenazaron con apandillarse contra ella y no publicar
más a sus representados; le metieron juicios; la adularon y trataron
de sobornarla; quisieron quitarle a los autores, ofreciendo a éstos
mejores condiciones si prescindían de su ofídico agente.
Todo fue inútil. Unos cuantos años después, cuando
comprendieron que sólo matándola doblegarían la terquedad
metafísica de esa matriarca -y ninguno estaba dispuesto a llegar
a esos extremos-, y acabaron por rendirse y aceptar que la relación
editor-autor no podía seguir siendo la de antaño, las costumbres
editoriales ya habían cambiado sustancialmente, y buen número
de escritores, gracias a la irresistible ascensión de Carmen Balcells
y a su influencia en el medio editorial, podían vivir total o parcialmente
de su trabajo, o, por lo menos, trabajar con la sensación de que
sus derechos eran reconocidos y respetados.
Los editores, que tanto la odiaban, se fueron reconciliando con ella,
poco a poco, y, por fin, unos más pronto, otros a regañadientes
y tarde, reconociendo que no sólo a los autores, también
a ellos, la señora llorona de la Diagonal que los ponía
a parir con cada nuevo manuscrito les había hecho un inmenso servicio,
obligándolos a salir de las cavernas y asumir la actualidad. Porque
si se conceden buenos anticipos y se aceptan tiempos límites para
la explotación de unos derechos, los editores no tienen otro camino
que promover bien los libros, y aguzar el ingenio para llegar a los lectores,
y extender sus redes de distribución y conquistar nuevos mercados.
Todo eso ha sucedido en la industria editorial de nuestra lengua, que
es, hoy, una de las más dinámicas del mundo y la que se
halla en mayor ritmo de expansión, y -aunque ya sé que a
muchos lectores de este artículo les costará creerlo- ello
se debe en buena parte a la batalla librada y ganada por este dínamo
con faldas que, cuando las feministas se acercan a felicitarla y alabarla
como un ejemplo viviente de lo que será la mujer en el tercer milenio,
las desmoraliza, asegurándoles -entre hipos llorosos, claro- que,
en realidad, su vida es un gran fracaso, porque el sueño que siempre
acarició fue ser una mujer-objeto, una sílfide neurótica,
entretenida por los calaveras, con un largo prontuario a sus espaldas
de galanes suicidados por su amor.
La historia civil y pública de Carmen Balcells, aunque importantísima
-algún día, biografías y ensayos darán debida
cuenta de ello-, la retrata sólo en parte, deja en la sombra esa
extraordinaria, sorprendente calidad humana que hace de ella uno de los
seres más admirables que me ha tocado conocer. Intratable a la
hora de negociar, puede, cinco minutos después de haber estado
a punto de morir o matar por la minucia de una cláusula, echar
literalmente la casa por la ventana y abrumar de regalos y cariños
a su adversario, desarmándolo, y haciéndolo sentir un osezno
feliz en brazos de la osa regalona. Generosidad es una palabra demasiado
encogida para expresar la manera desmesurada y loca como la he visto derrochar
su tiempo, su afecto y su patrimonio para ayudar a tanta gente, no sólo
a sus autores y amigos, sino también a conocidos de ocasión,
a escritores menesterosos y a gentes sin historia, cuyo infortunio o mala
suerte tocaban ese interior hipersensible del que está dotada y
del que no sólo mana ese efluvio lacrimal crónico, también
sus arrebatos sentimentales, y sus pataletas.
A fines de los años sesenta, yo enseñaba literatura en el
Kings College, de la Universidad de Londres. Ella súbitamente desembarcó
en mi casa y me ordenó: "Renuncia a tus clases de inmediato. Tienes
que dedicarte sólo a escribir". Le repuse que tenía mujer
y dos hijos y que no podía hacerles esa bellaquería de dejarlos
morirse de hambre. Me preguntó cuánto ganaba enseñando.
Era el equivalente de quinientos dólares. "Yo te los doy, a partir
de este fin de mes. Sal de Londres e instálate en Barcelona, que
es más barato". Le obedecí -ya para entonces había
descubierto, como un editor cualquiera, que era inútil resistir
los ucases de Carmen- y nunca me he arrepentido de ello, porque, entre
otras cosas, los cinco años que viví en la Ciudad Condal
fueron los más felices de la vida. Fueron años de nuevas
amistades, de entusiasmos literarios y políticos, de grandes ilusiones,
de compartir lo que parecía ser una inminente revolución
cultural y social, de la gran modernización de las costumbres,
las ideas, los valores y las letras en España, un proceso que comenzó
por Barcelona y al que esta ciudad dio, en los setenta, su mayor dinamismo.
La casa, la oficina de Carmen Balcells eran el centro de la ebullición,
el nido de todas las conspiraciones, el refugio de los afligidos y la
caja sin fondo de los insolventes. A condición de aceptar su imperio
benevolente, de ser dócil y sumiso, uno era feliz. Ella pagaba
las cuentas, alquilaba los pisos y resolvía los problemas de electricidad,
de transporte, de teléfono, de clandestinidad, y aprobaba o fulminaba
los amoríos pecaminosos, asistía a los partos, consolaba
a los cónyuges e indemnizaba a las amantes. Felicidades y tragedias,
complots y alianzas o desavenencias terminaban siempre en grandes almuerzos,
o cenas copiosas presididas por ella, o en excursiones lustrales a su
casita de Cadaqués. Un día que, a horas de la madrugada,
en un inglés idiosincrático, Carmen Balcells trataba de
impedir por teléfono que el editor Roger Klein se suicidara, su
hijito de pocos años la interrumpió: "Pero ¿tú
no te ocupabas sólo de vender libros, mamá?". Desconcertada,
ella recapacitó, olvidó el teléfono, y, al otro lado
de la línea, en el remoto New York, el pobre Roger Klein se ahorcó.
Han pasado una punta de años desde entonces, y, ahora, Carmen Balcells
se ha convertido, sin quererlo ni saberlo, en una figura mítica,
sobre la que corren fantásticas leyendas a ambas orillas del océano,
y cuyo solo nombre hace suspirar de codicia a millares de autores primerizos,
que sueñan con poner en sus manos sus manuscritos y sus anhelos.
Todos hemos cambiado y, por supuesto, ella también. Sigue engriendo
y riñendo a los autores en dosis simétricas, pero éstos
tenemos ahora que competir, en el dominio del afecto, con sus nietas,
por las que se le cae la baba, y sus oficinas han crecido y se han multiplicado
hasta rozar la impersonalidad de una trasnacional. Y ella se empeña
en decir, a quien se lo pregunta, que piensa retirarse del mundo citadino,
que se va a construir una casa rodeada de árboles olorosos en las
afueras de Santa Fe, a la que, eso sí, llenará de teléfonos,
faxes y computadoras, porque ¿cómo podría mantener
de otro modo el contacto con el mundo editorial, sobre todo en estos años,
cuando está cambiando tanto debido a la revolución informática?
No hay peligro, pues. Tenemos Carmen Balcells para rato. Ahí está,
con sus setenta años recién cumplidos, algo pasadita de
peso y con algunos huesos descolocados, pero bullendo de vida y llena
de proyectos delirantes, como siempre, esperando que le echen por delante
a cualquier editor para comérselo crudo en un dos por tres.
__________
© Mario Vargas Llosa, 2000.
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Diario El País SL, 2000.
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