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Edición N† 1633 |
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Por FERNANDO VIVAS
La Lola de novela sobrevivió a los estragos de la guerra civil, a la crueldad de las niñas del internado, a las giras de la troupé familiar por las provincias olvidadas, a un accidente tras bambalinas que le dejó quemaduras de tercer grado. Tras coquetear sin éxito con el estrellato fílmico -casi se queda con el papel de Aldara que hizo de Sarita Montiel una estrella en el clásico "Locura de amor" (1948)- enrumbó a Cuba y en 1961 hizo una parada definitiva en Lima. Gaspar Pumarejo, entertainer cubano que había fugado del castrismo como ella, le prometió el estelar de la telenovela "Dos caminos diferentes" escrita por Caridad Bravo Adams. La novela no se hizo pero Lola se quedó a hacer teatro con un empujón de su hermano Pepe, que se le había adelantado. Llegados a esta parte, el tal Rosillo deja de escribir lo que le da la gana y obedece al dictado de Lola: algo así como que España y la ventolera del estrellato quedaron atrás. En el Perú habría de echar raíces junto a su hermano, de tener esposo e hijos, ganar seguridad en sí misma y hacer teatro, mucho teatro. Ello no sucedió de inmediato -le quedaba vivir unas cuantas penurias limeñas- pero en menos de una década el proceso estuvo consolidado. Lola encontró su peso específico, que era bastante, y dio vida a su propia troupé: Natalia y el pequeño Leo nacieron de su matrimonio con Leonardo Torres. Su mensaje autobiográfico nos deja bien parados. La hospitalidad peruana convirtió a varios modestos inmigrados en estrellas, les sacó lo mejor, les pulió la personalidad. Por ejemplo, a esta española que se ve algo flemática en sus fotos antiguas, la transformó en pícnica dama de las tablas, rotunda y rubicunda, con la habilidad para convertir su tremendo dejo en irresistible efecto de comunicación, derramando puñetas, culos y mierdas cuando esas cosas no se decían así nomás en escena. De actriz errática en España pasó a cabeza de compañía en Perú. Lola y Pepe tuvieron una religión que muchos no conocemos y quizá -si la conociéramos mejor- tampoco la entenderíamos. Es el culto al teatro a puro pulmón, enfático, clásico, muy dramático y solemne o muy ligero y costeante. O sea, teatro sacrificado y subrayado, teatro itinerante o sedentario, pero "Teatro como en el teatro", según título que Pepe puso a su repertorio saturado de piezas del insustancial Alfonso Paso. En virtud de esta fé teatrera Lola hizo función el mismo día que murió Pepe en agosto de 1985. La obra se llamaba "Las mujeres los prefieren pachucos" y Lola era una vieja chiflada que vivía junto al esqueleto de su marido. Leonardo Torres papá también ha actuado el sábado último, el día fatal, en "Los chismes de las mujeres" que pone Cattone en el Marsano. El sacramento de "la función continúa" se realizó en regla. La procesión iba por dentro pero afloró en algunas lágrimas y en una expresión tristísima del buen Leonardo. Leo Torres hijo, también profesa esa religión, a juzgar por el digno obituario que dedicó a su madre en "Panorama" sin que le tiemble una pestaña. Nuestras condolencias. Los televidentes descubrimos muy tarde a Lola. La conocíamos como la hermana teatrera de Pepe, la que aparecía de vez en cuando -y sin muchas ganas- en telenovelas y programas conversados pero nunca animando, o sea siendo ella misma con más autenticidad que teatro, con más desparpajo que técnica. Hasta que a alguien de Canal 4 se le ocurrió en 1991 que podía ser una buena alternativa ante el reinado de Gisela en el 5. ¡Qué tarde llegó Lola a nuestras casas! Se le pasó ser la embajadora local del destape postfranco, se le pasó la mejor época del humor televisivo, se le pasó ser anfitriona de la conversación nocturna y sólo le tocó hacer de utilísima iberoamericana en pleno quinto centenario. Lo hizo bien a pesar de carecer del apoyo que tenía la rival del 5, y de ser una sexagenaria subidita de peso. Fue graciosa, querendona, aspaventosa, más o menos culta, cortante y ligeramente impertinente -como se debe en Tv.- hasta que una audacia -preguntar a Oscar D' León por Gisela- la sacó de ruta. Mejor, porque así Lola no tuvo que acompañar las peores temporadas de la telebasura y en lugar de ello, terminó su carrera charlando a diario, dignamente, en Radio Nacional junto a Jaime Lértora. Allí la conocí, verborrágica, distribuyendo su peso entre la silla, la mesa y la atención de invitados que nos olvidábamos de la entrevista y quedábamos mudos, deleitados con sus trucos para interrumpir a Lértora. Qué pena que se fue.
Milagreros Mientras la "Pobre diabla" da sus últimos ayes antes del jolgorio final, otro mamotreto de Delia Fiallo ha sido estrenado por América. Latin pudding con preeminencia sudamericana, se beneficia de gente de cine como el director Augusto Tamayo y los guionistas Giovanna Polarollo y Enrique Moncloa que, no lo dudo, intentarán atenuar el fatalismo y esquematismo de este trillado melodrama de venganza entre familias que se odian e hijos que -¡apuesten!- acabarán amándose sin saber sabiendo. El primer y único capítulo que hemos visto arrancó con un par de caballitos de Troya introducidos por los malos en la granja de las víctimas y acabó con un incendio premeditado seguido de un ridículo juramento de venganza que habrá relamido de gusto a la cavernaria Fiallo y quebrado la cabeza de los libretistas a ver cómo le dan vuelta a tanta estofa sin que la productora Alina Ramos se queje. El reparto aún no se luce, pero la escenografía y la dirección sí pegan su gatazo. Seguimos a la expectativa.
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