Edición N† 1634

 

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    ARTICULO

    31 de Agosto de 2000

    Anorexia
    La Dieta Mortal
    Presión social y causas sicológicas convierten inocente régimen para bajar de peso en enfermedad letal. Las víctimas en potencia se encuentran en los colegios.

    Tenía el peso de una niña de doce años, sin embargo el espejo aún la reflejaba gorda.Derecha:Para el siquiatra Rolando Pomalima la reducción de peso se ha convertido, sobre todo en las adolescentes, en una obsesión colectiva.

    CUANDO Jimena de Osma terminó el quinto de media en el colegio San Silvestre, en 1994, estaba resuelta a dos cosas: en el plano profesional, estudiar alta cocina en los EE.UU., y en el personal, empezar una dieta que la pusiera "regia". Lo primero se truncó porque la compañera con la que había planeado el viaje desertó a último momento. Lo segundo, que era un sueño compartido por las chicas de su promoción, acabó convirtiéndose en su peor pesadilla.
    La dieta y los ejercicios se convirtieron en la obsesión de Jimena. Si no estaba en el gimnasio haciendo sesiones extra de ejercicios, estaba en Wong atiborrándose de productos dietéticos y de tipo ligth. Por aquellos días, según sus familiares, Jimena era una estupenda cocinera que disfrutaba con ver a los demás degustando sus potajes. Pero lo raro era que ella misma no probaba bocado alguno. Había días en que su dieta consistía en comer, únicamente, la mitad de una hoja de lechuga. De 48 kilos bajó a 46, luego a 43, y siguió cuesta abajo a 39, 35...

    J. Hartley: "Madres represoras crean anoréxicas". Derecha: Jimena de Osma, de 26 años, muestra una foto en la que parece una mujer mayor. Sin embargo, tenía 19 y pesaba 27 kilos.

    Empezó a usar ropa holgada con el doble fin de sentirse más delgada aún y de que ello no despertara la preocupación de sus familiares. Cuando se miraba al espejo, no veía que sus costillas empezaban a asomar dramáticamente. Por el contrario, veía una mujer con algunos kilitos de más. De hecho, la anorexia nerviosa es una enfermedad que se caracteriza por el miedo intenso a ganar peso y por una imagen distorsionada del propio cuerpo (dismorfofobia). ¿Qué sentías? -se le pregunta. Tenía hambre y me provocaba comer, pero algo más fuerte que yo me lo impedía. Sabía que tenía que subir de peso pero temía engordar, pensaba que siendo gorda nadie me iba a querer. Sin embargo, tu vida giraba alrededor de la comida... En las noches no podía dormir, me la pasaba pensando en las calorías que consumía y en cuántos ejercicios debía hacer para eliminarlas. Si soñaba que comía, al día siguiente me embargaba un sentimiento de culpa terrible.
    Jimena bajó 24 kilos en tan sólo seis meses. Tenía 19 años y sin embargo su apariencia (ver foto) era la de una sufrida mujer de 40 años. Pesaba 27 kilos. Quienes la conocieron por entonces cuentan que su aspecto frágil y quebradizo contrastaba con sus ínfulas de superioridad, indiferencia y desprecio hacia los demás, y aseguran que de ella emanaba una poderosa energía negativa. La anorexia había devorado un lugar esencial de su identidad como mujer.

    AMENAZA EN COLEGIOS

    En su tesis "Trastornos alimentarios en mujeres adolescentes escolares", la psicóloga de la U. Católica Joan Hartley advierte que casos como el de Jimena se pueden encontrar -en estado latente- en las estudiantes de 4º y 5º año de secundaria tanto de colegios clase A como estatales de Lima. Su encuesta realizada en 1999 a 261 alumnas, arrojó que la mayor parte de ellas está insatisfecha con su imagen corporal, padece trastornos alimentarios intermedios que son inadvertidos por sus padres y que, además, invierten excesivas energías síquicas en el tema del control de la alimentación. Hartley usó dos variables (ver cuadro): una objetiva (el peso de la alumna) y una subjetiva (la pregunta ¿cómo te ves a ti misma?). Al cruzarlas, quedó sorprendida. No sólo las chicas con sobrepeso veían sus rollitos, sino que incluso el 89 % de aquellas con peso adecuado a su talla se apreciaban gorditas, y el 76 % de las que tenían bajo peso también decían estar con kilos demás. Pero eso no es todo. El 45.2 % de las que sufrían de bajo peso severo también decían estar subidas de peso y, por lo tanto, ansiaban ponerse a dieta.
    Colegios como el Villa María y el San Silvestre empezaron a ofrecer a sus alumnas charlas preventivas sobre la enfermedad. Pero se detectó que éstas eran usadas por algunas alumnas para aprender estrategias de adelgazamiento. Preguntas del tipo ¿y cómo hacen esas chicas para adelgazar tan rápido? o ¿y esas pastillas las venden en cualquier farmacia?, las denunciaron y ahora los organizadores están revisando la metodología.
    fármacos para quitar el apetito.

    Para la Asociación de Lucha contra la Bulimia y la Anorexia (Aluba), con sede en la Argentina y próxima a abrir una sucursal en el Perú, un primer paso es capacitar a los maestros en la prevención y detección temprana. Pero, ¿cómo descubrir a una anoréxica en potencia? La primera luz de alerta -dicen- la dan las alumnas que durante el recreo dejan intacta la lonchera argumentando que están a dieta. O aquellas que durante la clase de educación física realizan ejercicios o deportes intensa y compulsivamente con el único fin de bajar de peso. También las perfeccionistas, alumnas estrella, ejemplares, un tipo de personalidad que caracteriza a las anoréxicas. Las que pasan horas conversando sobre "la dieta de moda". Y las que -esto es más difícil de detectar- tienen conductas purgativas como la del vómito provocado. Según los especialistas de Aluba, los vómitos frecuentes producen un descenso del nivel de potasio en la sangre deteriorando el esmalte dental, provocando la caída de los dientes y hasta un paro cardíaco.

    Pasarelas de modelaje, escuelas de danza y gimnasios son los lugares más frecuentados por las anoréxicas. Los entrenadores de los gimnasios ya las conocen. Ellas se embarcan en máquinas de ejercicios, rutinas de aeróbicos o speening de 3 a 5 horas seguidas, e incluso repiten el plato durante la noche. Actúan como autómatas -dice un entrenador-, concentradas en el ejercicio y en el número de calorías que aparecen en la pantalla de las máquinas. Se detectan entre ellas y hacen competencias de resistencia. Pero si les recomiendas que descansen, se irritan y te mandan al diablo. Y en el baño de mujeres -cuentan testigos- son frecuentes las conversaciones sobre las más audaces maneras de adelgazar. Entre ellas mismas se recomiendan "neutralizantes de sabor" para perderle el gusto a las comidas, laxantes, diuréticos y enemas para purgarse, así como poderosos fármacos supresores del apetito y antidepresivos que se venden en las farmacias sin prescripción médica.
    Por todas estas razones María Elena, de 36 años, ha dejado de ir a los gimnasios. Esta atractiva funcionaria de finanzas, está logrando salir del abismo en que estuvo desde los 14 años gracias a su sicoterapeuta, a un grupo de buenos amigos y a su fe en Dios. Al inicio mi meta era usar ropa de tallas infantiles. Pero cuando me di cuenta, estaba usando pantalones anchos para disimular los problemas que mi extremada delgadez me causaba al caminar. Los abrigos me pesaban, los cinturones de seguridad de los autos me hacían llagas en los hombros, sentarme en una superficie dura me causaba dolor. Sin embargo, era un placer para mi verme en el espejo del baño y contar una a una mis costillas con los dedos de la mano. Desde hace un año María Elena ha dejado de coquetear con la muerte. Ahora, simplemente, disfruta la vida lejos de dietas y balanzas. Y los temores a engordar son cosa del pasado.

    PACIENTES IMPACIENTES

    En un salón del Instituto de Salud Mental Honorio Delgado-Hideyo Noguchi, el jefe del departamento de niños y adolescentes, doctor Rolando Pomalima, preside una sesión de terapia familiar. En el primer semestre del 2000 cuarenta adolescentes fueron internadas por anorexia nerviosa y bulimia. Según Pomalima, hasta ahora la ciencia no ha logrado determinar las causas concretas de esta enfermedad. Pero hay factores concurrentes: presión social, familias disfuncionales, desórdenes de personalidad y factores genéticos y hereditarios que hacen que el problema tenga que ser abordado desde una perspectiva multidisciplinaria.
    Allí están las niñas, flaquísimas, impávidas, no abren la boca ni para comer ni para hablar. Sólo uno de los padres se anima a dar su testimonio: Nos dimos cuenta que Mariana estaba demasiado delgada un poco antes de que cumpliera los quince años. Pero lo pasamos por alto pensando que quería "estar flaca" para su fiesta. Hoy tiene dieciocho años y en las noches, desde mi habitación, escucho con dolor las bocanadas que ella trata infructuosamente de silenciar. (Gastón Agurto).


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