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22 de Setiembrede 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
Estamos en la
época electrónica: si hasta hace años una fotografía
hablaba por mil palabras, hoy en día un video habla por un millón.
Es más, un video lo dice todo. Por eso, luego de ver el que se divulgó
la semana pasada no cabía nada más qué decir. Sólo
una persona, una sola en todo el Perú, la señora Martha Chávez,
tuvo el coraje de sostener que podía tratarse de un video trucado.
Sólo le faltó decir que el tránsfuga Alberto Kouri
se habría autosobornado.
Hasta que Canal N reprodujo ese video histórico, todos sabíamos
que, eso que mostró existía y formaba parte de la estrategia
de Montesinos y del SIN. Todos sabíamos que, de una forma u otra,
cada uno de los tránsfugas había recibido algo a cambio de
su inmoral conducta, dinero unos, prebendas otros y sabe Dios qué
los demás. Pero ver al asesor echarse la mano al bolsillo para sacar
la primera parte del dinero que le había ofrecido al pobre Kouri,
fue de una contundencia tan absoluta que sólo la señora antes
mencionada tuvo la desfachatez de ponerlo en duda. Y escuchar al infeliz
del candidato comprado solicitar un alguito más, fue algo anonadantemente
vergonzoso. Ni siquiera Elliot Ness tuvo un documento tan preciso para condenar
a Al Capone.
¿Cómo era eso de que los parlamentarios no tenían
mandato imperativo? ¿Ni siquiera si han firmado y puesto su huella
digital en un documento que los compromete?
Tres documentos televisados son de los más trascendentes que muchos
peruanos hayamos podido ver y escuchar en toda nuestra vida: la llegada
del hombre a la Luna, la captura de Abimael Guzmán, y el acto deleznable
de compra-venta de un pobre hombre que todos los peruanos hemos presenciado
hace unos días. No quiero comparar unos con otros, porque mientras
los dos primeros produjeron admiración y asombro uno, y enorme alegría
e inolvidable satisfacción el segundo, este último sólo
nos produjo asco, o lástima, si queremos ser más benignos.
Lo único que cabe resaltar o comentar respecto al comunicado de Fujimori
(verdadero terremoto de 8 grados para los oficialistas) en el que informa
al país que convocará a nuevas elecciones, es que no señaló
plazo ni fórmula alguna, y luego que no mencionó su primordial
renuncia, y, después, que todo eso lo hizo con una sonrisa como si
estuviera informando sobre la próxima boda de Keiko Sofía.
¿No habrá sido ésa sino una forma de ganar tiempo y de
quitarle presión a la olla que estaba por reventar?
Todo eso me hace recordar que, poco después de realizada la segunda
vuelta de las fraudulentas elecciones, el entonces candidato Francisco Tudela,
sonriente hasta achinar los ojos (no por nada había bailado el Chino),
refiriéndose en un programa televisivo al proceso electoral, recurrió
a la metáfora del huevo que, dijo entonces, no puede estar medio
podrido. Resulta, señor, que ahora se demuestra que el huevo no estaba
medio podrido, sino que estaba to-tal-men-te podrido. Que a él en
ese entonces, por conveniencia, no le oliera mal, sólo podía
deberse a que los lazos del poder le habían hecho perder el olfato.
Ahora, después del video de la semana pasada, ¿el huevo estaba
o no podrido?
Los ya tristemente famosos hermanos Aybar Cancho, autores al parecer (aunque,
ahora, cómo creerlo), del contrabando de armas a las FARC, demostraron
desde el inicio de sus operaciones una asombrosa habilidad para conocer
los resortes del poder. En vez de llamar a su empresa, como cholos que son,
Coricancha Corporation, por ejemplo, tuvieron la habilidad de llamarla Nippon
Corporation, algo equivalente a llamar Sésamo Corporation a una empresa
en el país de Alí Babá. Ellos sabían, con admirable
clarividencia, que ese nombre, Nippon Corporation, les abriría, sin
más documentos ni credenciales, las puertas del poder, y hasta las
de la propia Casa Militar de Palacio de Gobierno. Si fueran futbolistas
diríamos de ellos que demostraron picardía criolla. ¡Cholos
admirables! (digo, claro, es un decir). Nippon Corporation, ¡genial!
Después de todo lo acontecido en esta última semana, ¿qué
haríamos sin Canal N?
Ahora, para descansar un poco del tema, debo
confesar que, aunque parezca un desalmado, desde que me enteré que
un vecino de La Punta se las había arreglado para eliminar las palomas
de la plaza principal de ese distrito chalaco, lo ando buscando para que
me dé la fórmula, porque pocos animales conozco que sean tan
fastidiosos y dañinos como esas ratas con alas, que es como creo
las denominó nada menos que el poeta Antonio Cisneros, cuya amistad
y sabiduría pondero aún más desde entonces. Esas aves
inútiles se pasan la vida defecando encima de todo lo que les viene
en gana y, en especial en mi cuadra, son una plaga pública. También
lo hacen, con notorio antipatriotismo, sobre los monumentos, históricos
o nó, de allí que algunos vecinos las odien sin atreverse
a confesarlo. Ellas no son, como se les atribuye con ligereza, ningún
símbolo de la paz ni qué ocho cuartos. Por esa razón
en La Punta, los ciudadanos agradecidos deberían erigir un monumento
a quien tuvo el valor de exterminarlas. Será un horror que lo diga,
pero, vecino, amigo, ¿no está usted conmigo?
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