Edición Nº 1639

 

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    5 de Octubre de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Institucionales y Personalizados

    DURANTE diez años y cuarenta y cinco días, Alberto Fujimori ignoró que había convivido con un malévolo asesor, según la cándida versión que viene divulgando por todos los medios a su alcance Keiko Fujimori.

    Como si no fuera suficiente que los estoicos peruanos tengamos que soportar la insultante impunidad de Vladimiro Montesinos, que fugó con las maletas y las cuentas repletas de dólares robados al país. Como si no fuera suficiente asistir a la provocadora exculpación de Montesinos, Absalón Vásquez, José Portillo y otros delincuentes, en todas las instancias de investigación controladas por el aparato de corrupción que sigue operando.

    Como si no fuera suficiente todo eso, ahora hay que aguantar a la hija del hasta hace poco arrogante déspota, súbitamente convertida en estadista y consejera, sostener que su padre siempre fue un caído del palto y se dejó engañar por el maligno asesor.

    El malo, que provocó todos los desastres, era Montesinos, pero ahora el bueno de Fujimori nos va a devolver la democracia, es el bobo mensaje que intentan trasmitir. Esa versión tiene escasísima acogida en la opinión pública. Sin embargo, es reforzada indirectamente por casi toda la oposición que, ajena al sentimiento imperante en calles y plazas del Perú, afirma ahora que hay que guardar la calma, defender a Fujimori y atenerse a su disparatado cronograma de elecciones en abril y entrega del poder en julio del 2001.


    Uno de los argumentos que pretenden sustentar esa postura, es que existe el peligro del golpe militar, que hay que negociar con las Fuerzas Armadas y que inevitablemente la cúpula actual debe conservar poder y prerrogativas.

    Eso es una completa ridiculez y se basa en irracionales y atávicos temores de los civiles a los uniformados, en el desconocimiento de lo que realmente está ocurriendo en los cuarteles, y en la ignorancia de las diferencias de los procesos de transición.

    Un reflejo de muchos políticos y analistas, es comparar la actual situación con la del Perú de fines de los setentas, o del Chile de Augusto Pinochet, o del Brasil de mediados de los ochentas. Eso no tiene sentido, porque esas eran dictaduras institucionales de las FF.AA.

    Entre otras cosas, los mandos militares eran respetados y aceptados por los oficiales, y eran realmente representativos de sus instituciones. Por eso los políticos de la transición tenían no sólo que negociar con ellos, sino transar y conceder ciertos privilegios.

    Una de esas prerrogativas fue siempre el mantener a los mandos y a sus sucesores por un período relativamente extenso.

    Pero la de Montesinos y Fujimori ha sido una dictadura personalizada, que ha usado a las FF.AA. como pieza clave del régimen, aunque no ha sido representativa de las instituciones castrenses.

    La actual cúpula del Ejército no llegó a ese lugar por sus cualidades, sino precisamente por sus deméritos. Es decir, por ser politizada, servil, inepta y corrompida. Todos los oficiales superiores honestos, capaces, institucionalistas fueron sistemáticamente apartados por Montesinos. Los pasaron a retiro, los enviaron fuera del país, retrasaron sus ascensos, truncaron sus carreras.

    Esa cúpula se mantenía en ese lugar gracias el aparato de espionaje y extorsión construido por Montesinos, y por el manejo del poder formal, es decir, Fujimori, que firmaba todas las resoluciones —ascensos, retiros, cambios— que el jefe de los servicios de inteligencia le preparaba.

    Ahora, cuando la Gestapo de Montesinos se empieza a desarticular, esa cúpula pende de un hilo y podría ser fácilmente removida. Se requiere voluntad política y firmeza para hacerlo.

    Sin embargo, la timorata oposición se ha dejado amedrentar por operativos “sicosociales”, como el cuento del golpe, y cree que la camarilla montesinista es fuerte, cuando en realidad es extremadamente débil.

    Y siguen usando esquemas de transiciones desde gobiernos institucionales de las FF.AA., cuando claramente este régimen no es tal.

    Salvo que en Washington hayan apremiado a Fujimori para que destituya en el acto a la cúpula —cosa más bien dudosa—, es difícil pensar que el asustadizo ex autócrata se atreva a hacerlo. Mientras tanto, la camarilla militar trata de preservar lo que puede del desastre —servicio de inteligencia incluido—, mantener su dominio sobre el Ejército, decidir sobre los ascensos y cargos de fin de año, influir hasta donde les sea posible el proceso electoral, y garantizar su propia impunidad.

    Si la oposición acepta esas pretensiones, no sólo tendremos una transición mediatizada, sino que se estarán incubando nuevos problemas y desastres para el futuro.



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