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ARTICULO
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12
de Octubre de 2000 |
El
expediente Montesinos:
Caso Barrios Altos
Revive
Nueve años después, Pablo Livia,
el primer fiscal encargado de investigar la matanza del jirón Huanta,
revela detalles de su frustrada investigación judicial.
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| Livia
muestra el lugar donde, el 3 de noviembre de 1991, fueron masacradas
15 personas. Derecha: Uno de los muertos luego del brutal ataque del
Grupo Colina, comando promovido por el SIN. |
Cuando en
Panamá todavía se discute si se le otorgará o no
el asilo a Vladimiro Montesinos, y mientras organismos de derechos humanos
se preparan para dar la batalla contra su impunidad, la sombra de algunos
casos en los cuales estaría implicado lo acechan. Uno de ellos
es la abominable matanza de Barrios Altos, perpetrada en noviembre de
1991 por el Grupo Colina. Nueve años después, Pablo Livia,
el primer fiscal encargado del caso, cuenta cómo se trabó
su investigación judicial, hasta el punto de que fue cambiado y
luego destituido. El caso hoy se encuentra en la Corte Interamericana
de Derechos Humanos y, de producirse una sentencia desfavorable al Estado
peruano, pondría sobre el tapete uno de los asuntos sobre el cual
el ex asesor tendrá que responder internacionalmente.
"Doctor Livia, doctor Livia, urgente comuníquese a la DIRCOTE..."
A las 11 y 15 de la noche del domingo 3 de noviembre de 1991, desde la
Central de Radio de la Policía, se lanzaba este llamado para el
entonces Fiscal Titular para Terrorismo, Pablo Livia Robles, quien se
encontraba de turno. Treinta y cinco minutos antes, en el interior de
un viejo solar del jirón Huanta 840, en Barrios Altos, habia ocurrido
una de las más espeluznantes matanzas que se recuerdan en Lima.
Catorce personas mayores y un niño, todos ellos participantes en
una pollada bailable, fallecieron acribillados. Otros cuatro quedaron
gravemente heridos. Unas ráfagas de ametralladoras HK con silenciador
-que dejaron regados 111 casquillos en el piso y 32 incrustados en la
pared- consumaron el hecho, perpetrado por el grupo paramilitar denominado
"Colina", en la creencia de que se trataba de una reunión senderista.
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| Ex
ministro de Justicia Vega Santa Gadea y capitán (r) Martin
Rivas. Manejados desde el SIN |
Al parecer, la verdadera reunión de SL se realizaba en el segundo
piso del mismo local, de modo que la masacre era doblemente brutal, por
su crueldad y por haber estado dirigida contra gente inocente (pero aun
si hubiesen sido verdaderos terroristas era un acto igualmente abominable).
Era un hecho realmente estremecedor, como sostiene el fiscal Livia, uno
de los primeros en llegar al lugar de los hechos.
Cuando llegó, recuerda Livia, una de las cosas que le sorprendió
fue el inusual despliegue policial montado en la zona, que incluía
a algunos efectivos vestidos de civil. Por radio se le había informado
que era un atentado terrorista y que la situación era grave, pero
a pesar de que pidió detalles del luctuoso acontecimiento el hermetismo
era muy grande.
Posteriormente, sin embargo, logró averiguar que los atacantes
habían utilizado dos camionetas robadas: una presuntamente asignada
a Santiago Fujimori, hermano del Presidente, y otra de uso del entonces
viceministro del Interior, David Mejía Galindo.
Livia, a pesar de la serenidad que debía guardar para realizar
su investigación, no dejó de estremecerse. Vio a las víctimas
esparcidas en el piso, en algunos casos amontonadas una sobre otra. Los
familiares lloraban y se aferraban a los cuerpos baleados.
Lo que más lo conmovió, según cuenta, fue el cadáver
del niño Javier Ríos Rojas de ocho años, quien tenía
l2 impactos de bala. Estaba boca abajo y cerca del cadáver de su
padre, Manuel Ríos Pérez, con 19 impactos de bala. Ambos
se dedicaban a la venta de helados.
El fiscal ordenó desalojar a todos los policías que nada
tenían que hacer en el lugar. Sólo quedaron los de criminalística,
homicidios y los de la DIRCOTE. Se preguntó entonces que hacía
allí tanto personal de Inteligencia, que en otros atentados brillaban
por su ausencia.
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| Doctor
Livia: nunca creyó la versión de que fue un atentado
senderista. Por eso lo sacaron. |
Luego recorrió las instalaciones del solar y caminó sobre
un charco de sangre. En las paredes aún se notaban los impactos
de bala y habían adheridos restos de piel de algunas víctimas.
Trató de hablar con los testigos, de buscar evidencias, aunque
casi todo fue inútil. Lo poco que pudo determinar en ese momento
es que los asesinos llegaron en las mencionadas camionetas robadas, que
tenían circulina.
Según Livia, los testigos le contaron que los atacantes eran entre
l0 a l2, todos ellos encapuchados. Además de disparar contra los
invitados, persiguieron a dos chicas que se encargaban de vender cerveza
en la pollada y que corrieron a refugiarse en su casa. Fueron sacadas
a patadas y las jalonearon hacia el patio, donde le dispararon varias
ráfagas, sin misericordia.
El jefe, de acuerdo a uno de los testigos, vestía una chompa "Jorge
Chavez" y dijo "ya vamos carajo...". Como en ese entonces el Fiscal no
tenía facultades para ordenar el levantamiento de los cadáveres,
hubo que esperar el juez de turno. De todas formas, Livia pidió
seguridad para los heridos Felipe León León, Natividad Cóndor
Cahuana, Alfonso Rodas Alvítez y Tomás Livias Ortega.
Desde un primer momento, la Policía quiso dar la versión
de que se trataba de un acto terrorista. Pero Livia dudó siempre
de esa explicación. Al día siguiente acudió otra
vez al solar del jirón Huanta, visitó a los heridos y conversó
con familiares de las víctimas. Así obtuvo numerosas versiones.
Una de las que le llamó la atención fue aquella que narraba
la incriminación que, días atrás, algunas de las
víctimas le habían hecho a unos presuntos agentes del Servicio
de Inteligencia del Ejército que vigilaban la zona. De acuerdo
a esta versión, lograron incluso que la Policía los interviniera
y se les encontró equipos de comunicación y cámaras
fotográficas.
Durante los días que Livia estuvo al frente del caso pidió
informes a la DIRCOTE para ver cómo marchaban las investigaciones.
Los agentes se limitaban a decir que "Delta", un grupo operativo de investigación
de la misma DIRCOTE, tenía a su cargo las pesquisas, pero no le
daban mayores detalles.
Pidió entonces interrogar a los efectivos de la dependencia policial
de Barrios Altos y también acudir a algunos cuarteles militares.
Sobre todo a la Escuela de Comandos, en donde se usaban ametralladoras
HK con silenciador, similares a las usadas en la matanza.
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| Javier
Ríos Rojas, de apenas 8 años de edad. Uno de los fallecidos
en la masacre de Barrios altos. |
En una de esas pesquisas, sostiene Livia, unos policías que lo
acompañaban le comentaron: "Doctor, no se meta en lío de
gringos... Nosotros queremos investigar pero hay órdenes verbales
de pasar a otros casos... hay órdenes de la `fábrica'. El
`Doc' no quiere ir más allá..."
"¿Qué Doc?", recuerda que preguntó, con cierta ingenuidad.
"El doctor Montesinos, el del SIN", le indicaron los policías.
De todas maneras, envió oficios distintos pidiendo informes de
balística a las Fuerzas Armadas. Tan sólo permaneció
l6 días a cargo del caso.
El 19 de noviembre de 1991 fue reemplazado por el fiscal Victor Cubas
Villanueva y luego fue cesado, tras el autogolpe del 5 de abril, con una
resolución firmada por el ministro de Justicia de ese momento Fernando
Vega Santa Gadea, y sin ninguna compesanción por tiempo de servicios.
Por esas cosas del destino, Livia había nacido y se había
criado en Barrios Altos y nunca pensó que la matanza ocurrida en
ese lugar marcaría un destino distinto en su vida. Pero no era
esa su primera experiencia en estos difíciles casos.
El 9 de octubre de 1985, a los pocos meses de la asunción de mando
de Alan García, fue nombrado Fiscal Ad Hoc para investigar los
sucesos propiciados por los terroristas recluidos en el penal de Lurigancho,
en donde murieron 34 personas. También, había investigado
la masacre de Soccos en Ayacucho y había denunciado a los policías
que intervinieron en ella.
Livia, además, en el lapso que duró su investigación
del caso Barrios Altos (16 días), fue amenazado de muerte y sufrió
dos atentados. Uno de ellos fue cerca de La Bolichera, en la avenida Tomás
Marsano, cuando el taxi en donde se movilizaba fue baleado por desconocidos.
Felizmente no hubo heridos. El otro atentado fue en San Juan Miraflores,
frente a su casa, cuando hubo un apagón. Dos sujetos dispararon
contra su domicilio.
Nueve años después, Livia ya no piensa en estas cosas. Le
importa más una reconsideración y ser restituido en su puesto.
Antes no lo pudo hacer porque luego del cese de numerosos magistrados,
el Gobierno dio una ley que prohibía todo tipo de juicio que permitiera
la reincoporación de estos magistrados.
Hoy que Vladimiro Montesinos, el artífice de estas maniobras -y
presunto autor intelectual de esta y otras masacres-, ha caído
en desgracia, quizá surja para él la esperanza. Y para los
familiares de los asesinados, un atisbo de justicia (Jimmy Torres).
Derrotero de la Impunidad
El
enrevesado itinerario del caso Barrios Altos y la demanda de justicia
pendiente.
El 3 de noviembre de 1991 se produce la
masacre de 15 personas perpetrada por el Grupo Colina en el jirón
Huanta Nº. 840, en Barrios Altos. Los muertos son: Luis Antonio León
Borja, Luis Alberto Díaz Astovilca, Alejandro Rosales Alejandro,
Filomeno León León, Odar Méndez Sifuentes Núñez,
Teobaldo Ríos Lira, Máximo León León, Octavio
Benigno Huamanyauri Nolasco, Lucio Quispe Huanaco, Manuel Isaías
Pérez, Benedicta Yanche Churi, Placentina Marcela Cumbipuma Aguirre,
Nelly María Rubina Arquíñigo, Tito Ricardo Ramírez
Alberto y Javier Díaz Borja.
Ese mismo día inicia sus investigaciones
el fiscal Pablo Livia Robles, nombrado el 23 de abril de 1991, por Resolución
de Fiscalía, como Fiscal para Casos de Terrorismo en Lima. Establece
diligencias en cuarteles y puestos policiales, pero es bloqueado en sus
investigaciones.
El 19 de noviembre del mismo año es
sacado del caso y en su reemplazo es nombrado el fiscal Víctor
Cubas Villanueva, quien permanece en el caso hasta mediados de 1993. Sintomáticamente,
luego del autogolpe del 5 de abril de 1992 el fiscal Livia es destituido
El 2 de abril de 1993, el grupo de militares
institucionalistas denominado "Leon Dormido" hace llegar al entonces miembro
del CCD, Henry Pease, un sobre en el que denuncian la existencia de un
grupo paramilitar que era el responsable de la desaparición de
diez estudiantes y un profesor de la Universidad La Cantuta, ocurrida
el 17 de julio de 1992.
Investigaciones periodísticas posteriores-entre
ellas la realizada por CARETAS- determinan que este grupo se denominaba
"Colina" y que también había perpetrado la matanza de Barrios
Altos. El nombre del Mayor EP Santiago Martin Rivas emerge como uno de
los cabecillas del tenebroso comando armado.
El 5 de mayo de 1993, el general Rodolfo
Robles Espinoza, tercero en ese momento en la jerarquía del Ejército,
confirma la existencia de este grupo paramilitar y se exilia en la Argentina.
En febrero de 1994, tras la presión
nacional e internacional, el Consejo Supremo de Justicia Militar sentencia
a 20 años de prisión a Martin Rivas y Carlos Pichilingue,
cabecillas del Grupo Colina (los otros encausados recibieron penas menores).
Ese mismo año, el CCD había evitado que el caso La Cantuta
vaya al fuero civil mediante una ley expresa.
El 7 de abril de 1995, la fiscal Ana Cecilia
Magallanes denuncia penalmente, por el caso Barrios Altos, al general
de Brigada EP Julio Salazar Monroe, entonces jefe formal del SIN, y a
otros cuatro militares miembros del grupo Colina. Incluso solicita el
testimonio de Vladimiro Montesinos y del general Hermoza Ríos.
La Jueza Antonia Saquicuray acoge la denuncia y hace las citaciones, pero
los militares no asisten.
El miércoles 14 de junio de1995 el
CCD aprueba la vergonzosa Ley de Amnistía Nº. 26479, sustentada
entre otros por el actual vicepresidente Francisco Tudela, entonces miembro
del CCD.
Dos días después, el 16 de
junio de 1995, los autores de la matanza de Barrios Altos, que Livia quiso
investigar están otra vez en la vía pública.
El mismo día, sin embargo, la jueza
Saquicuray declara improcedente la Ley de Amnistía para el caso
Barrios Altos. Dos semanas después, el CCD aprueba otra Ley que
impide continuar el proceso en el fuero civil.
Al año siguiente, la Coordinadora
Nacional de Derechos Humanos lleva el caso a la Comisión Interamericana
de Derechos Humanos. En marzo del 2000, la Comisión recomienda
al Estado Peruano derogar la Ley de Amnistía para reiniciar la
investigación judicial.
Como el gobierno no accedió, el 15
de junio de este año, la Comisión envió el caso a
la Corte Interamericana de Derechos Humanos, con sede en San José
de Costa Rica. En todo este proceso, Vladimiro Montesinos es incluido
como presunto autor intelectual.
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