Edición Nº 1641

 

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    19 de octubre de 2000
    Por AUGUSTO ELMORE


    NO soy médico, pero sí un observador, por eso, viendo lo que sucede últimamente he llegado al diagnóstico de que el Perú sufre de cáncer a la médula. No de otra forma se entiende lo que ahora sucede a diario. Sujetos con exceso de glóbulos blancos como los congresistas Anselmo Revilla y Pedro Vílchez, sólo pueden producir enfermedad tan mortal como ésa que actualmente corroe el cuerpo de la nación. Creo que ha llegado la hora de la quimioterapia popular.

    Si alguien en el Perú quisiese desprestigiar al Parlamento, nadie lo haría mejor que lo que hizo la mayoría con la reelección (porque de eso se trató en verdad) de su junta directiva el pasado jueves. Una mayoría que vive de espaldas a su país y que no hace ningún esfuerzo por conciliar; palabra muy usada últimamente pero a la vez concepto no puesto en vigor por nadie en el Gobierno. Tengo la impresión de que en esta forma se está ejecutando un plan maquiavélico (¿desde Panamá?) pensado para exacerbar los ánimos de la población que, acosada por la crisis económica, ya no va a aguantar mucho más la prepotencia de la mayoría y del Gobierno que preside ilegalmente un sonriente mandatario que, dicho sea de paso, con inexplicable sonrisita cachacienta o simplemente nerviosa aun en los momentos más dramáticos para el país, parece estarse burlando de todo lo que sucede.

    El penoso espectáculo del congresista Anselmo Revilla dando de cabriolas de felicidad luego de conocer el resultado de la votación que le dio el triunfo al oficialismo por el estrecho margen de cuatro votos con dos abstenciones, fue algo verdaderamente de dar vergüenza. Pero, si cabe, más vergonzosa y repugnante fue la exculpación hecha por ese pobre congresista y su colega de comisión del vil acto protagonizado en forma estelar por Montesinos y Kuori. ¿Hasta cuándo creen que el pueblo peruano tendrá paciencia para soportarlos?

    Aquí en el Perú nadie hace caso a la ley. Y no me refiero especialmente a los microbuseros o a los muchachos de la calle, sino a personas tan importantes como el primer vicepresidente (sólo por ahora), el congresista Francisco Tudela, a quien todo el mundo pudo ver por televisión en el Congreso, fumando ¡en pipa!, mismo Sherlock Holmes, superando el récord olímpico establecido por su colega Barba Caballero de importarle un pito la ley que prohíbe fumar en lugares públicos y cerrados. Ambos, con gestos que rivalizan en lo huachafo, o la cursilería, uno con pipa y el otro con puro, son el testimonio claro de que, como dije al comienzo de este prárrafo, aquí en el Perú nadie hace caso a la ley.

    A veces los sentidos se convierten en cómplices de la memoria. Por ejemplo, en reiteradas ocasiones, el fragante aroma del café me ha llevado de regreso a la cocina del departamento en el que alguna vez fuimos huéspedes, en la hermosa Place des Vosges, en París, en la que, invitados felices, desayunamos tantas veces con los habitantes de ese hermoso lugar, mis amigos Mireille y Siegfried Laske. Es siempre una sensación casi tangible: llega por el olfato y nos traslada de inmediato al mismo lugar y circunstancias. Entonces los amigos vuelven a estar allí con nosotros ante el humeante tazón, haciendo una vez más recuerdos del Perú. Una ligera brisa pasa y se lleva con ella el aroma y los recuerdos, que volverán con algún próximo café. Volveré a París sin aguacero, aunque sea en aroma.

    Creo que ya es hora de que no vuelva a aparecer más en televisión ese reiterado e idiota eslogan de ¡Perú rumbo al mundial! Ni al mundial ni a ninguna parte.

    Ya sé que mi inmisericorde comentario relativo a las palomas me debería inhibir de ocuparme de crueldades que se cometen contra otras especies del reino animal, pero no puedo dejar de comentar la noticia aparecida recientemente en un diario: La matanza de perros que con fines "académicos" cometen precadetes de una supuesta academia militar chiclayana, que no es ningún Leoncio Prado lugareño porque allí sin duda nadie escribirá "La ciudad y los perros". La impresionante maldad, tal como calificó "El Comercio" al acto de despanzurrar perros, parece más bien una preparación pre-Lurigancho, porque tras cometer esas salvajadas instigados por sus instructores los alumnos de dichas academias estarán aptos para diplomarse en crimen. Y no se me diga nada sobre las palomas, porque yo no he sugerido despanzurrarlas. Si tan sólo dejaran de defecar a toda hora o se mandaran mudar de mi cuadra me daría por bien servido y hasta retiraría mis palabras.

    Mucha gente lo conoce como "el Doc", por eso de doctor, pero en verdad deberían llamarlo "el Don", por lo de la mafia.

    Oyendo la radio tengo la impresión de que nos estamos convirtiendo en un país chatarra. Aparte de algunos buenos noticiarios, lo demás, sobre todo en lo que a música se refiere, es pura basura. Fruto de la cultura chicha que nos ha venido gobernando -al punto que la campaña de rereelección presidencial se hizo a ritmo de technocumbia-, la degradación de lo que se transmite es patente. Justificada por la manga ancha de los sociólogos, la verdad es que en cuanto a música popular, si nos comparamos con un país como Colombia por ejemplo, damos vergüenza. Todo empezó con los Shapis, pero ahora se ha intensificado hasta convertirse en algo imposible de escuchar. Lamentable: a política chicha, música y cultura chicha. Se ve que somos gobernados por quienes no tienen raíces. ¡¿Por qué te fuiste, Chabuca?!

    ¿Se atreverá el Canal N a pasar la siguiente honrosa cinta como las que a veces transmite?: "Nadie se explica por qué Canal N mantiene un programa (Crónicas de acción) dirigido por la congresista María Jesús Espinoza, de tan cuestionado accionar en el Parlamento".

    No sé si será porque vive en el barrio, pero es absolutamente sintomático que la señora Martha Chávez haga jogging en las inmediaciones del llamado Pentagonito, tal cual apareció haciéndolo recientemente por televisión.

     

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