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19 de octubre de 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
NO soy médico, pero sí un observador, por eso, viendo
lo que sucede últimamente he llegado al diagnóstico de que
el Perú sufre de cáncer a la médula. No de otra forma
se entiende lo que ahora sucede a diario. Sujetos con exceso de glóbulos
blancos como los congresistas Anselmo Revilla y Pedro Vílchez,
sólo pueden producir enfermedad tan mortal como ésa que
actualmente corroe el cuerpo de la nación. Creo que ha llegado
la hora de la quimioterapia popular.
Si alguien en el Perú quisiese desprestigiar al Parlamento, nadie
lo haría mejor que lo que hizo la mayoría con la reelección
(porque de eso se trató en verdad) de su junta directiva el pasado
jueves. Una mayoría que vive de espaldas a su país y que
no hace ningún esfuerzo por conciliar; palabra muy usada últimamente
pero a la vez concepto no puesto en vigor por nadie en el Gobierno. Tengo
la impresión de que en esta forma se está ejecutando un
plan maquiavélico (¿desde Panamá?) pensado para exacerbar
los ánimos de la población que, acosada por la crisis económica,
ya no va a aguantar mucho más la prepotencia de la mayoría
y del Gobierno que preside ilegalmente un sonriente mandatario que, dicho
sea de paso, con inexplicable sonrisita cachacienta o simplemente nerviosa
aun en los momentos más dramáticos para el país,
parece estarse burlando de todo lo que sucede.
El penoso espectáculo del congresista Anselmo Revilla dando de
cabriolas de felicidad luego de conocer el resultado de la votación
que le dio el triunfo al oficialismo por el estrecho margen de cuatro
votos con dos abstenciones, fue algo verdaderamente de dar vergüenza.
Pero, si cabe, más vergonzosa y repugnante fue la exculpación
hecha por ese pobre congresista y su colega de comisión del vil
acto protagonizado en forma estelar por Montesinos y Kuori. ¿Hasta
cuándo creen que el pueblo peruano tendrá paciencia para
soportarlos?
Aquí en el Perú nadie hace caso a la ley. Y no me refiero
especialmente a los microbuseros o a los muchachos de la calle, sino a
personas tan importantes como el primer vicepresidente (sólo por
ahora), el congresista Francisco Tudela, a quien todo el mundo pudo ver
por televisión en el Congreso, fumando ¡en pipa!, mismo Sherlock
Holmes, superando el récord olímpico establecido por su
colega Barba Caballero de importarle un pito la ley que prohíbe
fumar en lugares públicos y cerrados. Ambos, con gestos que rivalizan
en lo huachafo, o la cursilería, uno con pipa y el otro con puro,
son el testimonio claro de que, como dije al comienzo de este prárrafo,
aquí en el Perú nadie hace caso a la ley.
A veces los sentidos se convierten en cómplices de la memoria.
Por ejemplo, en reiteradas ocasiones, el fragante aroma del café
me ha llevado de regreso a la cocina del departamento en el que alguna
vez fuimos huéspedes, en la hermosa Place des Vosges, en París,
en la que, invitados felices, desayunamos tantas veces con los habitantes
de ese hermoso lugar, mis amigos Mireille y Siegfried Laske. Es siempre
una sensación casi tangible: llega por el olfato y nos traslada
de inmediato al mismo lugar y circunstancias. Entonces los amigos vuelven
a estar allí con nosotros ante el humeante tazón, haciendo
una vez más recuerdos del Perú. Una ligera brisa pasa y
se lleva con ella el aroma y los recuerdos, que volverán con algún
próximo café. Volveré a París sin aguacero,
aunque sea en aroma.
Creo que ya es hora de que no vuelva a aparecer más en televisión
ese reiterado e idiota eslogan de ¡Perú rumbo al mundial!
Ni al mundial ni a ninguna parte.
Ya sé que mi inmisericorde comentario relativo a las palomas me
debería inhibir de ocuparme de crueldades que se cometen contra
otras especies del reino animal, pero no puedo dejar de comentar la noticia
aparecida recientemente en un diario: La matanza de perros que con fines
"académicos" cometen precadetes de una supuesta academia militar
chiclayana, que no es ningún Leoncio Prado lugareño porque
allí sin duda nadie escribirá "La ciudad y los perros".
La impresionante maldad, tal como calificó "El Comercio" al acto
de despanzurrar perros, parece más bien una preparación
pre-Lurigancho, porque tras cometer esas salvajadas instigados por sus
instructores los alumnos de dichas academias estarán aptos para
diplomarse en crimen. Y no se me diga nada sobre las palomas, porque yo
no he sugerido despanzurrarlas. Si tan sólo dejaran de defecar
a toda hora o se mandaran mudar de mi cuadra me daría por bien
servido y hasta retiraría mis palabras.
Mucha gente lo conoce como "el Doc", por eso de doctor, pero en verdad
deberían llamarlo "el Don", por lo de la mafia.
Oyendo la radio tengo la impresión de que nos estamos convirtiendo
en un país chatarra. Aparte de algunos buenos noticiarios, lo demás,
sobre todo en lo que a música se refiere, es pura basura. Fruto
de la cultura chicha que nos ha venido gobernando -al punto que la campaña
de rereelección presidencial se hizo a ritmo de technocumbia-,
la degradación de lo que se transmite es patente. Justificada por
la manga ancha de los sociólogos, la verdad es que en cuanto a
música popular, si nos comparamos con un país como Colombia
por ejemplo, damos vergüenza. Todo empezó con los Shapis,
pero ahora se ha intensificado hasta convertirse en algo imposible de
escuchar. Lamentable: a política chicha, música y cultura
chicha. Se ve que somos gobernados por quienes no tienen raíces.
¡¿Por qué te fuiste, Chabuca?!
¿Se atreverá el Canal N a pasar la siguiente honrosa cinta
como las que a veces transmite?: "Nadie se explica por qué Canal
N mantiene un programa (Crónicas de acción) dirigido por
la congresista María Jesús Espinoza, de tan cuestionado
accionar en el Parlamento".
No sé si será porque vive en el barrio, pero es absolutamente
sintomático que la señora Martha Chávez haga jogging
en las inmediaciones del llamado Pentagonito, tal cual apareció
haciéndolo recientemente por televisión.
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