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19
de octubre de
2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
La
Mala Hierba
FUE emocionante ver a un pueblo hambriento de libertad tomar por
asalto el Parlamento de Belgrado, la mentirosa televisión estatal,
las tiendas de Mirko, el hijito calavera y multimillonario, y, fraternizando
con los policías y soldados enviados a reprimirlo, impedir que
el último tiranuelo de Europa, Slobodan Milosevic y su no menos
siniestra mujer, Mira Markovic, se salieran con la suya: desconocer la
victoria electoral de Vojislav Kostunica y perpetuarse en el poder que
han utilizado para llenar de cadáveres y de sufrimiento los Balcanes.
Ahora bien, cuando el pueblo serbio celebraba en las calles de todas las
aldeas y ciudades el fin de la dictadura, y los gobiernos de la Unión
Europea y Estados Unidos anunciaban, eufóricos, que con el advenimiento
de la democracia cesarían las sanciones contra la Federación
Yugoslava y prestarían una ayuda económica y diplomática
a la reconstrucción del devastado país, he aquí que
el sátrapa caído, a quien algunos observadores ya hacían
refugiado en Moscú (donde, al parecer, se hallan buena parte de
los diez mil millones de dólares que ha saqueado de las reservas
yugoslavas) y otros le pronosticaban a la siniestra pareja un fin semejante
al de los esposos Ceaucescu, reapareció en la televisión
de Belgrado, algo ojeroso y enflaquecido, para, muy suelto de huesos,
felicitar a Kostunica por su triunfo, y revelar que, en el futuro, además
de dedicar algún tiempo a su nieto primogénito, él
y Mira, su esposa, confían en seguir desempeñando un papel
político en la historia de su país: ¿no son, acaso,
el partido socialista SPS, de él, y el comunista, JUL, de ella,
los más poderosos de Yugoslavia?
La exaltante caída de Milosevic no es por desgracia, todavía,
el restablecimiento de la democracia en Yugoslavia, y aún menos,
como quisiera todo el mundo, empezando por el maltratado pueblo serbio,
la resolución de los conflictos políticos y étnicos
que han convertido a los Balcanes en un polvorín. Aunque la buena
voluntad del nuevo presidente, Vojislav Kostunica, está fuera de
duda, y su hazaña de derrotar a Milosevic en las urnas es desde
todo punto de vista admirable, lo cierto es que el régimen autoritario
ha sido decapitado, pero su cuerpo sigue intacto, y con una capacidad
para frenar o malograr el proceso de democratización casi infinita.
Prueba de ello es que, en vez de estar respondiendo por sus crímenes
contra la humanidad ante el Tribunal Internacional de Amsterdam, Slobodan
y Mira continúan en su elegante residencia de Dedinje, el barrio
de los ricos de Belgrado, urdiendo cómo resarcirse del traspié
electoral, y que todos los pilares e instrumentos de la dictadura siguen
en pie. Aunque, ante la fuerza de la movilización popular a favor
de la libertad, las Fuerzas Armadas, el Poder Judicial, y la burocracia
de Estado se resignaron a reconocer al nuevo presidente, lo cierto es
que a la cabeza de estas tres instituciones claves se hallan los hombres
de confianza de Milosevic, puestos por él allí para servirle
de cómplices en todos los crímenes, atropellos y horrores
que jalonan su trayectoria desde que, en un trágico septiembre
de 1987, cambiando su disfraz de comunista por el de demagogo nacionalista,
aquél consiguió apoderarse de la Liga Comunista de Yugoslavia
e instaurar el poder absoluto. Dos años después, estallaban
las guerras que dejarían más de 200 mil muertos en la región
y odios y rencores que tardarían muchas generaciones en eclipsarse.
Es
más que dudoso que los órganos y funcionarios del régimen
autoritario, colaboren con el nuevo presidente en una democratización
del país que terminaría por limpiar al Estado de la morralla
que ellos representan, el lastre que hará difícil, si no
imposible, el imperio de la legalidad y de la libertad. Lo seguro es que
tratarán de frenarla por todos los medios, la inercia y el error
en el mejor de los casos, y, en el peor, el complot y la abierta conspiración.
Aquello de que la hierba mala no muere, o se reproduce con velocidad cancerosa,
es particularmente cierto tratándose de regímenes autoritarios.
De otro lado, el presidente Kostunica no las tiene todas consigo. Ha conseguido
un formidable aval de los electores, pero está a la cabeza de una
coalición de 18 partidos, a quienes unía su odio al régimen
dictatorial de Milosevic, pero separan doctrinas, ambiciones de sus líderes,
diseños políticos para el futuro, que ahora pueden emerger
y atentar contra la acción coordinada a favor de las reformas.
Para alcanzar el éxito en la descomunal empresa que tiene por delante,
el presidente Kostunica va a necesitar un ingenio y destreza política
fuera de lo común, y una capacidad para adaptarse a las nuevas
circunstancias dignas de los grandes camaleones. El camaleonismo, palabra
antipática, en algunas ocasiones excepcionales, como demostraron
el general De Gaulle en lo relativo a la descolonización, y Adolfo
Suárez en lo concerniente a la liquidación del franquismo,
puede llegar a ser una virtud política.
En las credenciales del presidente Kostunica, junto con excepcionales
méritos e impecables actitudes democráticas, figura una
tara esencial: el nacionalismo panserbio, absolutamente incompatible con
su empeño de democratizar su país, impedir la secesión
de Montenegro y mantener dentro de la Federación Yugoslava, a Kosovo,
donde los albano-kosovares, más del 90% de la población,
han recibido su victoria electoral con comprensible aprensión,
pues recuerdan una foto suya, con un fusil-ametralladora Kalashnikov en
la mano, en señal de solidaridad con los serbio-kosovares que intentaron
exterminarlos. Se trata de un hombre honrado, consecuente con sus ideas
políticas y su fe cristiano-ortodoxa, que fue purgado de la Universidad
por oponerse a Tito, y que se proclama "demócrata antes que patriota",
lo que está muy bien. Ha vivido sus 56 años con gran austeridad,
y sigue en el modesto departamento, en el centro de Belgrado, que ocupa
desde que se casó, y que él y su mujer comparten con dos
gatos, un perro y muchos libros. Su vida ha estado consagrada a los estudios
jurídicos, al Derecho Constitucional sobre todo. En 1989 fundó
el Partido Democrático de Serbia -una pequeña formación
que nunca obtuvo más del 7% de los votos- al que ha representado
en el Parlamento desde 1990 hasta 1997.
En su vida pública, además de carecer -¡felizmente!-
de carisma, y de ser un orador profesoral, nada mitinero, destacan sus
tomas de posición anticomunistas, a favor de la apertura democrática,
sus críticas al régimen dictatorial de Milosevic, pero,
también, su nacionalismo. Durante la guerra de Bosnia, apoyó
al gobierno genocida de Radovan Karadzic y Mlady, y su ruptura con Tito
se debió, al mismo tiempo que a sus objeciones a la política
dictatorial, a su rechazo del estatuto de autonomía que la Constitución
de 1974 concedía a la Voivodina y a Kosovo. Aunque en 1983 publicó
un libro a favor del multipartidismo, cuando estalló la guerra
de Kosovo se alió con el gobierno de Belgrado en contra de devolver
a los albano-kosovares el sistema autonómico de que habían
disfrutado hasta que, el 26 de julio de 1989, Milosevic se lo arrebató.
Su condena de las iniciativas de los gobiernos occidentales respecto a
la Federación Yugoslava ha sido sistemática, antes y después
de la intervención de la OTAN, y siempre se opuso a la creación
del Tribunal Penal Internacional de Amsterdam, para juzgar los crímenes
contra la humanidad perpetrados en Bosnia. Por eso, incluso durante la
reciente campaña electoral, dijo que en ningún caso entregaría
a aquel tribunal a su adversario Slobodan Milosevic.
Si persevera en estas ideas, y no es capaz de suavizarlas drásticamente
o cambiarlas por otras más realistas, el presidente Kostunica fracasará
y la hermosa gesta democrática vivida en estos días por
el pueblo yugoslavo en pos de su liberación, quedará como
un pasajero fuego de artificio. Es muy difícil, pero todavía
no imposible, impedir que lo que queda de la Federación Yugoslava
se desintegre, y Montenegro y Kosovo, siguiendo el camino de Eslovenia,
Croacia, Macedonia y Bosnia, se desgajen de Serbia e independicen. En
el plano internacional, todos los gobiernos occidentales, al igual que
la ONU, favorecen el mantenimiento de la Federación y estarían
dispuestos a multiplicar las ayudas y créditos para fortalecer
aquella difícil unidad. Pero, para persuadir a montenegrinos y
albano-kosovares de que renuncien a sus planes seccionistas, el presidente
Kostunica tendría que darles pruebas palpables de que ha renunciado
al sueño disparatado de la Gran Serbia, que Milosevic promovió
para conseguir el poder absoluto, y del que resultó la desintegración
de la antigua Yugoslavia y el Apocalipsis de los Balcanes. Y jugar sincera
y audazmente la carta del "multipartidarismo democrático" del que
es partidario para su país, en el amplio espectro de la Federación,
admitiendo el derecho de montenegrinos y albano-kosovares a gozar de la
misma autonomía cultural, administrativa y política de los
serbios. Es muy difícil, desde luego, porque hay mucha sangre vertida,
rencores y odios atroces, y una inmensa desconfianza recíproca.
Pero no es imposible, porque se trata de la solución más
sensata para toda la región, y cuando la democracia despunta por
fin en Serbia se abre una puerta para que la racionalidad y el sentido
común reemplacen a la demagogia, la pasión y el sectarismo,
que han gobernado con Milosevic.
¿Es ingenuo pensar que un gobernante, librado a sus flacas fuerzas,
pueda él sólo provocar una modificación tan radical
de esa historia que parece, por sus antecedentes recientes, dirigirse
hacia una nueva e inevitable fragmentación de la ya más
que mutilada Yugoslavia? Tal vez lo sea. Pero, si uno observa la historia
reciente, se siente inducido a revisar aquella creencia, tan firmemente
arraigada en el mundo antes de la caída del muro de Berlín,
de que los individuos no hacen la Historia, como creían los románticos,
que ésta es obra de grandes y fatídicas fuerzas colectivas,
de complejos procesos económicos, algo así como el movimiento
de los astros, regido desde el fondo del tiempo por una divinidad misteriosa
y fuera del alcance del común de los mortales. La verdad es que
la existencia y el prontuario de Slobodan Milosevic (y su cónyuge
Mira Markovic, según todos los testimonios) es una prueba fehaciente
de que un individuo puede tener un impacto decisivo en los acontecimientos
históricos, en este caso para desgracia de su pueblo y del mundo.
Es también el caso de un Hitler, un Stalin, un Fidel Castro. No
es imposibe que la Federación Yugoslava, tal como quedó
a la muerte de Tito en 1980, sobreviviera hasta nuestros días,
convertida en una flexible alianza de culturas y sociedades autónomas
bajo el denominador común de la igualdad, la legalidad y la libertad,
si no hubiera sido por la criminal iniciativa de Milosevic -para asegurarse
el poder- de cancelar, en marzo de 1989, la autonomía de la Voivodina
y Kosovo y amenazar a todas las repúblicas de la Federación
con la hegemonía prepotente de Serbia. Eso le dio gran popularidad
interna, pero alarmó a todas las otras regiones, y fue el combustible
que atizó los nacionalismos locales, que, según todos los
testimonios, eran hasta entonces bastante minoritarios. La inmensa mayoría
de las repúblicas hubiera aceptado preservar la Federación,
en un marco de vasta autonomía cultural y administrativa y de idénticas
prerrogativas políticas, en vez de lanzarse en una incierta y peligrosa
aventura nacionalista. Ahora todo eso pertenece al pasado, y ya no tiene
vuelta atrás, pero, sin la frenética demagogia nacionalista
que Milosevic desató, abriendo esa caja de Pandora del que resultarían
las guerras, la limpieza étnica, los cientos de miles de muertos
y millones de desplazados que han incendiado los Balcanes, hubiera podido
ser evitado.
Si un gobernante fue capaz de inspirar tal hecatombe, no hay razón
alguna para que otro, de signo contrario, no sea capaz de suscitar cambios
igualmente profundos y extraordinarios. El tranquilo profesor que acaba
de tomar el poder en Belgrado, en olor de multitudes esperanzadas, cuenta
en estos momentos con un apoyo desmesurado, por parte de su pueblo, de
la comunidad internacional, y de todos los grandes organismos internacionales.
Está pues, en inmejorables condiciones para intentar un nuevo milagro,
pero en la dirección contraria a la que la dictadura impuso; es
decir, devolverr la paz, la confianza, la colaboración y, acaso,
en algún futuro no demasiado lejano, la asociación en democracia
e igualdad de condiciones a pueblos a los que la geografía y la
historia han condenado a vivir juntos, y que sólo de este modo
podrán dar una batalla exitosa contra sus verdaderos enemigos:
el atraso, la pobreza, la tradición autoritaria y la intolerancia.
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© Mario Vargas LLosa, 2000.
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El País, SL, 2000.
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