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ARTICULO
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2
de noviembre de 2000 |
Con Jimmy
en Caretas
Un campeón paraolímpico
y un cincuentenario milagroso.
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| Tenacidad
de oro demostrados en Sidney. Una buena noticia en los momentos en
que más se necesitaba. |
Por
JORGE BRUCE
DOS noticias buenas me tocaron de manera personal, estos días
en que ese tipo de acontecimientos más bien escasean en esta tierra
tan hermosa como despiadada. Primero Jimmy Eulert, quien acaba de obtener
otra medalla en los juegos olímpicos para minusválidos.
Fuimos compañeros de colegio. Era un tipo taciturno, con un humor
oscuro y algo sardónico. Andaba medio jorobado, acentuando su perfil
bajo y su silencio. Ahora se me ocurre que no veía las horas de
retornar a la piscina, donde Jimmy se transformaba en un tritón.
Entonces sus músculos lisos y lustrosos tomaban el agua por asalto.
Lo veo deslizarse por la superficie y me sigo preguntando cómo
rayos hacía para someter las leyes de la física, que a los
demás nos hacían nadar como ravioles en una olla en ebullición.
Deben haber sido los mismos hados envidiosos que, "con magnífica
ironía", le dieron a Borges a la vez los libros y la noche, los
que postraron a Jimmy en una silla de ruedas. Como diciendo: a ver si
ahora te la sigues dando de Aquamán. En lugar de hundirse, Jimmy
sacó a flote -sin necesidad de conocerla- la idea de resiliencia,
esa capacidad de encajar los embates más atroces y responder con
toda la potencia vital de tus recursos. Lo que para tanta gente hubiera
sido el golpe de gracia, para él fue más bien una invitación
a seguir nadando, cada vez con más gracia. Fue así que llegó
hasta Sidney. ¿De dónde sacó Jimmy esa energía
sobrehumana para enfrentarse a la adversidad (por no decir perversidad)?
No conozco su historia de cerca, no lo veo desde la época del colegio.
Me gusta, sin embargo, imaginar que esa tenacidad que sonríe, aunque
sea con una mueca torcida, y no se arredra ante los cabes del destino,
es también una manera -acaso la mejor- de ser peruano.
Mi otro fogonazo de esperanza, en esta tenebrosa y endiablada actualidad
que se complace en dejarnos a los cronistas en off-side, es el
medio siglo de Caretas. Por eso, en mi título, la paráfrasis
del inolvidable cuento de Alfredo Bryce. Cincuenta años y ni una
sola arruga. Sobre todo, ni una sola arrugada. Cuando vivía en
Europa, en esas eras incomunicadas previas a Internet, cada vez que un
compatriota llegaba del Perú, lo primero que le preguntábamos
era si había traído el último número de la
revista. Ni siquiera era necesario precisar cuál. Después
nos la pasábamos de mano en mano y la leíamos con avidez,
de cabo a rabo, como no leo publicación alguna, ni siquiera la
propia Caretas, acá. Supongo que la distancia y la nostalgia le
conferían al semanario, en esos años de destierro voluntario,
la misma valoración exaltada que le asignábamos a la comida
o a la música criolla, cuyo consumo ahora procuro espaciar, con
el mismo respeto. En cambio mi romance con la revista continúa,
aunque no tenga la misma intensidad afiebrada de entonces.
No vaya a pensarse que estábamos de acuerdo con todo lo que la
revista decía, en particular durante la época de Alan García,
en la que su línea editorial nos dividía en fogosos bandos,
atizados por la pasión celosa y algo paranoide del exilio. Lo cierto
es que nada de lo que Caretas dijera nos dejaba indiferentes. Cuando uno
tenía Caretas en sus manos, incluso cuando era un número
atrasado pero que todavía no había sido leído, uno
se sentía, inexplicablemente, menos desarraigado. Visto ahora que
ya tengo algunos años de retorno al Perú, me da la impresión
que sus páginas representaban, como las de ninguna otra revista,
los sentimientos que nos evocaba el país que habíamos dejado
al otro lado del mar.
Lo cual no significa que esos sentimientos fueran siempre positivos. Si
tuviera que decir una de las cualidades que más me atraen de Caretas,
sería precisamente la de ser una maestra de la ambivalencia: esa
habilidad, descrita por el psicoanálisis, para sentir a la vez
amor y odio, que tan bien refleja los afectos que muchos tenemos por el
Perú. Para ser más justos, habría que decir que si
bien Caretas no escatima la crítica, ésta se encuentra la
mayoría de las veces orientada por Eros. En jerga analítica
se diría que su agresividad está libidinizada, además
de amenizada por su indesmayable sentido del humor. Y si tuviera que decir
en dos frases la enseñanza que estas cinco décadas de independencia
y creatividad periodística nos dejan a los peruanos, podría
ponerlo así: harto ya de odiar a mi país, he preferido amarlo.
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