Edición No. 1643

 

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    ARTICULO

    2 de noviembre de 2000

    Con Jimmy en Caretas
    Un campeón paraolímpico y un cincuentenario milagroso.

    Tenacidad de oro demostrados en Sidney. Una buena noticia en los momentos en que más se necesitaba.

    Por JORGE BRUCE

    DOS noticias buenas me tocaron de manera personal, estos días en que ese tipo de acontecimientos más bien escasean en esta tierra tan hermosa como despiadada. Primero Jimmy Eulert, quien acaba de obtener otra medalla en los juegos olímpicos para minusválidos.
    Fuimos compañeros de colegio. Era un tipo taciturno, con un humor oscuro y algo sardónico. Andaba medio jorobado, acentuando su perfil bajo y su silencio. Ahora se me ocurre que no veía las horas de retornar a la piscina, donde Jimmy se transformaba en un tritón. Entonces sus músculos lisos y lustrosos tomaban el agua por asalto. Lo veo deslizarse por la superficie y me sigo preguntando cómo rayos hacía para someter las leyes de la física, que a los demás nos hacían nadar como ravioles en una olla en ebullición.

    Deben haber sido los mismos hados envidiosos que, "con magnífica ironía", le dieron a Borges a la vez los libros y la noche, los que postraron a Jimmy en una silla de ruedas. Como diciendo: a ver si ahora te la sigues dando de Aquamán. En lugar de hundirse, Jimmy sacó a flote -sin necesidad de conocerla- la idea de resiliencia, esa capacidad de encajar los embates más atroces y responder con toda la potencia vital de tus recursos. Lo que para tanta gente hubiera sido el golpe de gracia, para él fue más bien una invitación a seguir nadando, cada vez con más gracia. Fue así que llegó hasta Sidney. ¿De dónde sacó Jimmy esa energía sobrehumana para enfrentarse a la adversidad (por no decir perversidad)? No conozco su historia de cerca, no lo veo desde la época del colegio. Me gusta, sin embargo, imaginar que esa tenacidad que sonríe, aunque sea con una mueca torcida, y no se arredra ante los cabes del destino, es también una manera -acaso la mejor- de ser peruano.

    Mi otro fogonazo de esperanza, en esta tenebrosa y endiablada actualidad que se complace en dejarnos a los cronistas en off-side, es el medio siglo de Caretas. Por eso, en mi título, la paráfrasis del inolvidable cuento de Alfredo Bryce. Cincuenta años y ni una sola arruga. Sobre todo, ni una sola arrugada. Cuando vivía en Europa, en esas eras incomunicadas previas a Internet, cada vez que un compatriota llegaba del Perú, lo primero que le preguntábamos era si había traído el último número de la revista. Ni siquiera era necesario precisar cuál. Después nos la pasábamos de mano en mano y la leíamos con avidez, de cabo a rabo, como no leo publicación alguna, ni siquiera la propia Caretas, acá. Supongo que la distancia y la nostalgia le conferían al semanario, en esos años de destierro voluntario, la misma valoración exaltada que le asignábamos a la comida o a la música criolla, cuyo consumo ahora procuro espaciar, con el mismo respeto. En cambio mi romance con la revista continúa, aunque no tenga la misma intensidad afiebrada de entonces.

    No vaya a pensarse que estábamos de acuerdo con todo lo que la revista decía, en particular durante la época de Alan García, en la que su línea editorial nos dividía en fogosos bandos, atizados por la pasión celosa y algo paranoide del exilio. Lo cierto es que nada de lo que Caretas dijera nos dejaba indiferentes. Cuando uno tenía Caretas en sus manos, incluso cuando era un número atrasado pero que todavía no había sido leído, uno se sentía, inexplicablemente, menos desarraigado. Visto ahora que ya tengo algunos años de retorno al Perú, me da la impresión que sus páginas representaban, como las de ninguna otra revista, los sentimientos que nos evocaba el país que habíamos dejado al otro lado del mar.

    Lo cual no significa que esos sentimientos fueran siempre positivos. Si tuviera que decir una de las cualidades que más me atraen de Caretas, sería precisamente la de ser una maestra de la ambivalencia: esa habilidad, descrita por el psicoanálisis, para sentir a la vez amor y odio, que tan bien refleja los afectos que muchos tenemos por el Perú. Para ser más justos, habría que decir que si bien Caretas no escatima la crítica, ésta se encuentra la mayoría de las veces orientada por Eros. En jerga analítica se diría que su agresividad está libidinizada, además de amenizada por su indesmayable sentido del humor. Y si tuviera que decir en dos frases la enseñanza que estas cinco décadas de independencia y creatividad periodística nos dejan a los peruanos, podría ponerlo así: harto ya de odiar a mi país, he preferido amarlo.

     

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