Edición Nº 1643

 

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    ARTICULO

    2 de noviembre de 2000

    Bajo el Cielo Azul, Una Cadena Perpetua
    Rhoda Berenson cuenta en un libro sus peripecias en el Perú, entre ellas las visitas a su hija Lori en la cárcel de Yanamayo.

    Esta semana sale a la venta en Estados Unidos, el libro "Lori: My Daughter, Wrongfully Imprisoned in Peru ("Lori: Mi Hija Erróneamente Prisionera en el Perú"), escrito por Rhoda Berenson, la madre de la joven norteamericana que purga cadena perpetua debido a su presunta filiación con el MRTA. En 246 páginas editadas por la casa editorial Context Books de Nueva York, la señora Berenson relata lo que para ella es "una pesadilla que su familia vive desde 1995", año en que su hija cayó detenida. El prólogo es de Noam Chomsky, el profesor de Lingüística y Filosofía del prestigioso MIT (Massachusetts Thecnology Institute) famoso por sus convicciones izquierdistas. CARETAS publica extractos del libro de la señora Rhoda, concretamente un testimonio de sus visitas a la cárcel de Yanamayo.


    Lori Berenson en su casa de Nueva York, cuando todo era felicidad. Su caso entra en una etapa decisiva en el fuero civil esta semana.

    "Normalmente, los jueves en la tarde tomaba un taxi al bus, del bus al aeropuerto de Newark, y volaba toda la noche, llegando a Lima el viernes en la mañana. Luego de muchos viajes me sentía como una viajera frecuente, siempre sentada en los mismos asientos del aeropuerto, sin darme cuenta de lo que había a mi alrededor, y luego dormitaba en las dos horas de vuelo que había de Lima a Juliaca (...) Por las tardes, abordaba una camioneta hacia Puno.

    (...) Luego de aproximadamente 15 minutos de camino rústico, animales y ocasionalmente alguna fábrica, pasabamos la curva final hacia Yanamayo y a nuestra derecha teníamos un rápido vistazo del lago Titicaca, abajo a la izquierda (...) De repente, toda la ciudad de Puno estaba frente a mis ojos: el centro de la ciudad, rodeado de muchas, muchas casas construidas entre montañas, conectada al centro de la ciudad por empinados senderos (...)

    CAMINO AL PENAL

    Siempre me quedaba en el Hotel Colon Inn, el cual nos enseñó Julie Granten nuestra primera visita, en diciembre de 1996. Era razonablemente cómodo y estaba cerca al enorme mercado que cubría gran parte del centro de la ciudad. Ya que la altura limitaba mi habilidad para cargar mucho de una vez, hacía varios viajes a la tienda. Era muy conveniente estar en un hotel cerca al mercado.

    Compré un enorme maletín lleno de víveres que sólo se encontraban, o eran más accesibles, en Nueva York: ropa, leche descremada en polvo, vitaminas, medicinas, galletas, pasteles y libros. Y en Puno yo andaba por el mercado yendo a comprar fruta, verduras, cosas de lavandería, implementos para el baño, pan, queso, gelatina, café y té. Compraba para cuatro semanas, lo suficiente para que pueda compartir (...) Ya que la prisión era tan fría, prácticamente un refrigerador, no había problema de que la comida se malogre. A menos que los policías insistan en que se pele la fruta.

    Los sábados en la mañana partía hacia la prisión, a diez minutos de donde estaba. Siempre tuve al mismo taxista, Zenón, quien me llevaba a Yanamayo y luego regresaba por mí cuatro horas más tarde. La visita sólo duraba una hora, pero había tres horas de "ingreso " y espera. Hasta en época de lluvia, había un gran resplandor por la mañana, que en el frío invierno hacía la espera soportable.

    Todos los visitantes estábamos cargados de bolsas con víveres y muy emocionados de ver a nuestros seres queridos. Mis conversaciones con las otras familias fueron limitadas por mi limitada capacidad de hablar español. Pero (...) con pocas palabras claves y mucho movimiento de manos, podía comunicarme (...)


    La carátula del libro. "Todos los visitantes estábamos cargados de bolsas con víveres -cuenta la señora Rhoda- y muy emocionados de ver a nuestros seres queridos. Mis conversaciones con las otras familias fueron limitadas debido al idioma".

    CONTROL Y DESCONTROL

    Cuando se abrían las rejas, entrábamos uno por uno a la puerta principal, donde nos revisaban los documentos y los víveres. Luego cargaba la bolsa de víveres como 250 yardas hacia arriba, hasta llegar a la puerta principal. Ni haciendo varios viajes era fácil cargar esto a una altura de 12.700 pies (N. de R: más de 4.000 m.s.n.m).

    Los otros visitantes tenían la misma dificultad y a veces los policías nos ayudaban. Todo dependía del policía del día, que tomaba todo su tiempo en decidir cuándo ayudar a los visitantes o acosarlos. Encontré a la mayor parte del personal amigable y educado. Les divertía practicar algunas palabras en inglés y me preguntaban de Nueva York. Les llevaba cartas y paquetes a sus parientes en los Estados Unidos, y algunas veces ellos me daban dinero para traerles medicinas y ropa (...)

    Había por lo menos dos revisiones más donde la información era ingresada en cuadernos (...) En principio yo vaciaba todos los víveres en bolsas de plástico transparente para que sean más fáciles de distinguir, y siempre seguía las reglas de no llevar nada con vidrio o metal. Los libros y docenas de cartas eran colocadas a un lado para la aprobación del censor (...)

    Algunas veces la inspección era rápida y fácil y algunas veces interminable y frustrante. Otras veces dependía del policía de turno. El decidía qué cosas eran permitidas y si la fruta debía o no ser pelada. Me dijeron que los prisioneros podían usar la cáscara de la fruta para preparar bebidas alcohólicas, pero en Yanamayo esto no se conocía como un problema y el pelar la fruta era sólo otra forma de acoso. Nunca sabía si comprar suficientes manzanas para que estén un mes peladas o menos de eso. Si se pelaban, se debían comer rápido. Lo mismo con las peras, plátanos, naranjas, etc.(...)

    Un día en que un guardia determinó "ser rudo en los días de visita", las reglas fueron realmente extrañas. Los guardias permitían rasuradoras descartables, pero no en bolsas de plástico, y quitaban todo el plástico de los plumones (...) Permitían yardas y yardas de hilo, pero sacaban los pasadores de un par de zapatos nuevos, para que Lori no se pudiera colgar. Algunos visitantes llevaron gaseosa en botellas de plástico, que debían ser echadas a una bolsa de plástico (...)


    El lago Titicaca y el despejado cielo del Altiplano. Tanto Lori Berenson como su madre, Rhoda, los tienen como referencia de su contacto con Puno y con sus penurias.

    EN EL LOCUTORIO

    La inspección era la última traba antes de ver a Lori, y cuando finalmente terminaba, me dejaban dentro de la prisión. Ingresando a la derecha estaba el primer piso, el locutorio, y una escalera de caracol de metal llegaba hasta el segundo piso (...)

    Todo este tiempo, desde el momento en que dejé el aeropuerto el jueves hasta que Lori caminó bajo el corredor y entró, mi estómago había estado agitado y mi cabeza daba vueltas. Había visitado a Lori docenas de veces, y en cada viaje mi cabeza y estómago reaccionaban siempre de la misma manera. Siempre tenía miedo de que haya sucedido algo malo desde que Mark y yo vinimos por última vez. La única manera de que esté segura de que Lori está bien, es cuando la veo. Necesito ver esa sonrisa y escuchar ese "Hola mamá".

    El locutorio estaba apenas iluminado, muy bullicioso y frío. La corriente eléctrica no funcionaba desde las 6 de la tarde y la única luz que se veía era la que atravesaba las ventanas cerca al techo de los pasillos. Las ventanas no tenían vidrio, sólo horizontales barrotes de madera que limitaban la luz pero no detenían el viento frío (...)

    Me hubiese quedado por muchas horas, si lo hubieran permitido. A pesar de que era frustrante no poder abrazar a Lori o siquiera tocarla, era maravilloso conversar con ella. Hablábamos de cosas que habían sucedido en la familia, eventos mundiales y titulares peruanos. La actualicé de nuestra campaña, en el Congreso, del presidente Clinton, de sus nuevos partidarios. Ella me habló de lo que sucedía en prisión, de los proyectos en los que estaba trabajando, y de los libros que había leído. Y bromeamos. A pesar de sus dificultades físicas, ella era la misma Lori (...)

    Una hora pasa muy rápido, y decir adiós era muy difícil. Lori siempre esperaba y miraba mientras yo bajaba la escalera de caracol y luego me daba un último adiós mientras que el guardia abría la puerta y yo salía del patio (...)

    Ocasionalmente, dependiendo de quien estaba de servicio, me permitían ver una hora extra a Lori los domingos, igual que lo hacía los sábados. Estaba muy contenta de tener esa hora adicional. Nuestras vidas habían llegado al punto de que una hora extra con Lori, a pesar de no tener la posibilidad de darle un abrazo, nos traía una gran felicidad (...)


    Los Berenson en pleno. La batalla judicial -y política- por la hija Lori ha sido intensa desde 1995.

    ENTRE EL LAGO Y EL CIELO

    Pasaba las pocas horas antes de ir al aeropuerto caminando por las calles de Puno. Visitaba la plaza principal, hasta el lago, o miraba los kioskos. Me gustaba Puno. No era muy popular entre los turistas de los Estados Unidos, pero muchos europeos, asiáticos, y australianos, muchos con mochilas, venían a ver el Lago Titicaca y las ruinas en Sillustani, antes o después de visitar Bolivia (...) A pesar de que había música pop en cualquier lugar, la música andina caracterizada por zampoñas y flautas, eran muy popular. "El Cóndor Pasa" fue famoso en Estados Unidos por Simon y Garfunkel, un ritmo andino, se oía por todos lados.

    Mis memorias de Puno fueron influenciadas por Lori. Ella estuvo ahí en 1995 y dijo que era su lugar favorito de Perú por su accidentada belleza y su historia (...) En una carta a sus amigos ella escribió:

    El cielo aquí es tan azul y hermoso, y está en las afueras de la ciudad y sobre el lago Titicaca que recuerdo tan claramente, pero que ahora me es imposible ver. Precisamente en esta región, el Collasuyo, los guerreros de Manco Inca lucharon en sangrientas batallas en la guerra contra los conquistadores españoles en 1500. A pesar de que los españoles ganaron, los esfuerzos de Manco Inca no fueron en vano. Los incas perdieron Copacabana en ese entonces, perdieron su imperio, y los españoles ganaron un continente que nunca supieron cómo cuidar. Pero de estos incas queda un camino, una gran historia para futuras generaciones que podrán recordar y aprender de ella".




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