Edición Nº 1643

 

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    2 de noviembre de 2000
    Por FERNANDO ROSPIGLOSI


    Alcances de una Rebelión

    E
    L levantamiento del comandante Ollanta Humala ha suscitado interpretaciones encontradas, desde aquellos que lo consideran un héroe antidictatorial hasta los que creen que se trata de una maquiavélica maniobra del desaparecido Vladimiro Montesinos.
    En realidad, todo indica que el alzamiento de Humala es auténtico. Es decir, el comandante está expresando un sentimiento de oficiales honestos e institucionalistas, hartos de la politización y corrupción que se ha instalado en el Ejército desde que Montesinos se apoderó de él.
    Las demandas que plantea en su "Manifiesto" son compartidas por la mayoría de la población: renuncia de Alberto Fujimori y destitución de la "cúpula montesinista" del Ejército. Probablemente por eso ha recibido un respaldo insospechado y su rebelión ha sido observada con simpatía por muchas personas.
    Aunque no ha tenido apoyo efectivo en su institución, el escaso impacto militar del levantamiento ha sido inversamente proporcional a su enorme repercusión política. Los cambios tardíos e insuficientes en la cúpula castrense efectuados el sábado por Alberto Fujimori, quedaron sepultados en pocas horas por la resonancia de la rebelión de Humala.
    Una de las consecuencias políticas de esa acción, será posiblemente acelerar el amodorrado proceso de negociación, que tiene como escenario principal el Hotel Country. De hecho casi todos los políticos opositores le han expresado un cauteloso respaldo y son escasos los que lo han condenado.
    Entre estos últimos, destaca Jorge Santistevan, casi lanzado como candidato. El Defensor del Pueblo cometió un error al reprobar virulentamente a Humala e identificarlo con Hugo Chávez. El comandante venezolano insurgió en febrero de 1992 contra un gobierno impopular pero democrático, a diferencia de Humala que se ha rebelado contra una dictadura y no pretende instaurar un régimen militar, sino remover a una cúpula castrense corrompida y al Presidente que la sostiene.
    No obstante esa diferencia básica, no se debe obviar las similitudes. Tanto Chávez, como el coronel ecuatoriano Lucio Gutiérrez -que encabezó la fracasada intentona de enero de este año- y Humala, pertenecen a una generación de militares nacionalistas y antiimperialistas. Reaparece el fantasma del general Juan Velasco y los oficiales que lo acompañaron en los sesentas.
    Por eso el gobierno de los Estados Unidos se ha apresurado a respaldar a Fujimori. Pero probablemente se estén equivocando nuevamente, como erraron al apoyar a Montesinos durante una década -por lo menos la CIA-, con las consecuencias que estamos viviendo.
    Si los Estados Unidos se comprometen con gobernantes y militares corrompidos en aras de la estabilidad, los elementos sanos que se rebelen contra aquellos desarrollarán al mismo tiempo sentimientos antinorteamericanos. El resultado ya no serán revoluciones comunistas, como la cubana o la nicaragüense, sino pueden ser gobiernos como el de Chávez, igualmente nefasto.
    Por supuesto, al gigante del norte estos sucesos le afectan muy poco. Fidel Castro fue un problema al principio, hoy no tiene importancia para los EE.UU. Pero a quienes arruina es a los países y a los pueblos, que se desgastan durante décadas y pierden, quizás definitivamente, el ritmo del progreso.
    Durante un tiempo se pensó que los EE.UU. habían cambiado. Que ya no sostenían a tiranos abominables como Rafael Leonidas Trujillo, Anastasio Somoza, Alfredo Stroessner, Ferdinand Marcos o Suharto. Que terminada la Guerra Fría, su compromiso con la democracia era firme.
    Sin embargo, las cosas no parecen tan claras ahora, cuando quedan pocas dudas de su vinculación con Montesinos. Y si bien es evidente que en el último tiempo ha habido una fuerte presión de los EE.UU. para deshacerse del régimen de Montesinos y Fujimori, ese empuje no ha sido constante y ha tenido fiascos espectaculares, como el refugio panameño de su ex agente, hoy día reinstalado aquí, negociando su futuro con Fujimori y la cúpula castrense, y propiciando nuevos conflictos.
    Ollanta Humala ha intentado redimir la dignidad y el honor de los oficiales de un ejército manejado durante una década por un traidor, como antes lo hicieron Jaime Salinas Sedó, Rodolfo Robles y otros. No hay que confundir este hecho con otras implicancias políticas del alzamiento.


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