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2
de noviembre de 2000 |
Por
AUGUSTO ELMORE |
NUNCA ha sido más imprevisible y sorprendente el ejercicio
del periodismo en el Perú que en la semana pasada. Desde que volvió
Montesinos, lo que uno podía escribir a una hora era negado o puesto
en duda a la mañana siguiente, como si todo el país se hubiese
convertido en una caja de sorpresas. Había que ser mago (y mucho
mejor que Mandrake) para adivinar lo que iba a suceder en las próximas
horas. Felizmente el ocuparme del 50 aniversario de CARETAS me inhibió
de equivocarme mucho. Y aún ahora que proso estas líneas,
como diría el poeta, la posibilidad de equivocarme en mis juicios
está latente.
Como para confirmar lo que digo en el párrafo anterior -escrito
en la noche del sábado 28-, a las once de la mañana del
domingo, después de creer haberme perdido la Rueda de prensa del
canal N de las diez (¿a quién se le habrá ocurrido
pasarla a un horario tan poco apropiado?), enciendo la televisión
y me encuentro con la noticia del tardío (evidentemente fuera de
lugar y tiempo) levantamiento del teniente coronel Ollanta Humala, en
Arequipa. Media hora antes había leído los titulares de
los diarios (es decir El Comercio) anunciando el cambio de ministros (que
no incluyó el de Defensa, tan cuestionado). ¿Cómo
rayos, entonces, escribir sobre la actualidad en el Perú si cambia
a todas horas?
Tengo la convicción de que si el levantamiento del teniente coronel
Humala se hubiera realizado en Lima, Fujimori se habría asilado
de inmediato en la embajada del Japón, como ocurrió cuando
el frustrado golpe del general Salinas.
Vistas las cosas, pienso que esta columna debería dedicarla en
los próximos meses a hablar sobre el clima, la primavera, el próximo
verano. Lo malo es que hasta el clima en estos momentos se hace tan difícil
de confiar como la política. Y es mucho menos entretenido que ver
a Fujimori en su teatralizado rol de sheriff buscando, nadie sabe para
qué (y probablemente él tampoco), a su carnal Montesinos.
La verdad es que, según modesta opinión del suscrito, Fujimori
aparentaba buscar a Montesinos pour la galerie, como dicen los
franceses. O para hacer finta, como decimos aquí.
La cabra tira al monte: Tudela acaba de insistir en el ya viejo y mañoso
argumento de llamar malos perdedores a quienes fueron víctimas
del gran fraude electoral último, ese que montó detallada
y minuciosamente Montesinos. ¿Aceptar el fraude sería ser
buen perdedor? Como lo comprueban ahora los hechos, las elecciones fueron
un fraude monumental preparado con toda antelación por el gobierno.
Sólo que, gracias a Toledo en particular, les salió el tiro
por la culata. Al punto que ya Tudela no es más primer vicepresidente.
Y Montesinos -por lo menos hasta que escribo esto- está desaparecido.
¿Y Tudela insiste?
Viéndolo visitar, por dos veces consecutivas las instalaciones
del SIN, muchos se preguntaron: Federico Salas ¿es o se hace? Señores
y señoras, vistos los acontecimientos, la duda ha quedado resuelta:
Salas es.
La insurrección del comandante Ollanta Humala (nombre auspicioso
por lo menos) lava en alguna forma la cara a un sector del Ejército
peruano, que ha venido desde hace años soportando casi estoicamente
la manipulación organizada por Montesinos, un ex militar condenado,
además, por la justicia castrense. Porque no era posible que todos
los militares fueran cómplices y tuvieran que aceptar disciplinadamente
las imposiciones que perjudicaban sus carreras y su prestigio. Por de
pronto, en acto absolutamente repudiable y perversamente manipulador,
se acaba de declarar infundada, aparentemente con resolución suprema
y todo, la reconsideración del pase al retiro del general Tafur,
y se mantienen los de los generales Huerta y Bustamante. A los que no
son serviles los retiran. ¿Cómo puede manejarse así
un ejército?
Por lo menos este domingo, gracias a los acontecimientos, no tuvimos que
soportar la presencia de la congresista María Jesús Espinoza
en Canal N. Su espacio estelar, que nadie sabe cómo y en mérito
a qué se le concedió, fue reemplazado por la Rueda de Prensa.
¡Qué suerte! Esperamos que la Espinoza, de tan nefasta actuación
en el Parlamento, sea definitivamente desplazada, porque en verdad nada
hay que la justifique.
El señor Ronald Dobrydnio vuelve a escribir de a esta columna en
su calidad vocero del activo lobby de la familia Berenson, diciendo que
aparecer en forma rabiosa ante la prensa no es un crimen. Efectivamente
no lo es, pero sí es un claro indicio de su militancia, porque
a muchos otros miembros del MRTA, evidentemente integrantes del grupo
asesino, los hemos visto y escuchado hacer explícitos sus odios
en idéntica forma. No necesita decirnos el señor Dobrydnio
los defectos de la justicia peruana. Los conocemos, los sufrimos e impugnamos.
Pero conocemos también el accionar inclemente y artero de los subversivos.
Mi mamá me advirtió siempre que quien mal anda, mal acaba.
Lo lamento por la joven Lori, a quien su mamá debió advertirle
lo mismo en su momento.
Aparte de eso, otro lector, el señor Igor Vílchez, quien
parece saber de lo que habla, se refiere también desde Estados
Unidos a la primera carta de Dobrydnio diciendo: "...me parece que el
señor R.D. es un ciudadano norteamericano de raza blanca que vive
en una burbuja aséptica, que filtra todas las cosas negativas que
él no quiere ver de su sociedad". Creo que así es. Nada
más. Ya tenemos bastantes problemas aquí como para seguir
esta polémica.
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