|
Portada
Nos
Escriben...
Mar
de Fondo
Heduardo
China
te Cuenta...
Ellos & Ellas
Culturales
Caretas
TV
Controversias
Lugar
Común
Piedra
de Toque
Mal Menor
|
|
 |
 |
2
de
noviembre
de 2000 |
Por
MARIO VARGAS LLOSA |
La Niña De Pataya
EMPLEADO modelo de los transportes públicos franceses
según sus jefes y compañeros de trabajo, el parisino Amnon
Chemouil, solterón de 48 años, descubrió en 1992
los encantos de Tailandia. No los de su bravío paisaje tropical,
ni los de su antiquísima civ lización y sus templos budistas,
sino los del sexo fácil y barato, u na de las industrias florecientes
del país. En el balneario de Pataya, a poca distancia de Bangkok,
pudo hacer el amor con prostitutas muy jóvenes, por las que siempre
sintió predilección. Desde entonces, decidió pasar
sus vacaciones en aquel paraíso exótico, al que volvió
en 1993 y 1994.
En el tercero de sus viajes, conoció en un bar de Pataya a otro
turista sexual, el suizo Viktor Michel, también un entusiasta,
en materia amorosa, de la juventud, o, más bien, de la niñez,
principalmente masculina. Incitado por su flamante y experimentado amigo
a iniciarse en los placeres de la pedofilia, Amnon Chemouil consintió.
Viktor se encargó de todo: encontró a la celestina y tomó
un cuarto de hotel. Aquélla compareció a la cita con una
sobrinita de once años y desplegó ante los clientes el abanico
de servicios que la niña podía ofrecer, con las correspondientes
tarifas. Amnon escogió la felación, que era una verdadera
ganga: apenas el equivalente de 125 francos (unas 3.100 pesetas). Pese
a que la niña lloriqueó un poco al principio, porque quería
ver la televisión en vez de trabajar, el parisino quedó
tan satisfecho, que, además de pagar lo pactado a la tía-alcahueta,
dio a la pequeña una propina de 25 francos. Todo lo sucedido en
aquel cuartito de hotel de Pataya quedó filmado por una cámara
portátil del exquisito Viktor Michel, que, además de pedófilo,
es también voyeur. A poco de regresar a París y reintegrarse
a sus juiciosas labores de servidor público en la RATP, Amnon recibió
una copia de aquel vídeo, que le envió desde Suiza su amigo
Michel, como recuerdo de aquella excitante travesura. El parisino lo incorporó
a su colección de películas pornográficas, que rayaba
ya el centenar.
Meses
o años después, Viktor Michel, debido a su debilidad por
la puericia, se vio en problemas con la policía suiza, bastante
menos tolerante que la tailandesa en materia sexual (¡Ah, manes
de Calvino y Rousseau!). Al registrar su domicilio, aquélla encontró,
entre otras delicadezas, el vídeo que documentaba las eyaculaciones
de Amnon Chemouil (tres, al parecer) en aquel hotelito de la esplendorosa
Pataya. Interrogado, el cineasta reveló las circunstancias en que
filmó aquel documento y la identidad del héroe del filme.
Los gendarmes helvéticos constituyeron un expediente y lo enviaron
a la policía francesa. Ésta, después de examinarlo,
lo puso en manos de un juez de instrucción.
Aquí, debo abrir un paréntesis en mi relato, para declarar
mi admiración por la Justicia francesa. Muchas cosas andan mal
en Francia y merecen ser criticadas -yo lo hago, a veces, en esta columna-,
pero hay una que anda muy bien, y es la Justicia, pilar de la democracia
y garantía máxima de la convivencia social y el funcionamiento
de las instituciones. Los tribunales y jueces franceses actúan
con una independencia y valentía que son un ejemplo para todas
las demás democracias. Su actuación ha servido para sacar
a la luz innumerables casos de corrupción en las más altas
esferas económicas, administrativas y políticas y para sentar
en el banquillo de los acusados -y, si hay lugar, poner entre rejas- a
personajes que por su riqueza o influencia serían, en otras sociedades,
intocables. Sea en materia de derechos humanos, de discriminación
racial, sexual, o de subversión y terrorismo, la Justicia suele
mostrar en Francia una eficacia y prontitud para intervenir, y una solvencia
para enmendar los yerros, que dan al ciudadano de a pie, aquí,
esa tranquila y rara presunción de que, en el medio en que vive,
por lo menos hay una institución pública, el juez, que está
allí no para perjudicarlo sino servirlo.
No fue ésta, seguramente, la impresión que tuvo el sorprendido
Amnon Chemouil, cuando, años después de aquel episodio tailandés,
se vio detenido y enfrentado a un tribunal parisino, que le tomaba cuentas
por haber transgredido el Código Penal de 1994, perpetrando una
violación sexual a una menor. La ley penal francesa es aplicable
a todo delito cometido por un francés "dentro o fuera" del territorio
de la República, y una ley aprobada el 17 de junio de 1998 autoriza
a los tribunales a juzgar las "agresiones sexuales cometidas en el extranjero"
aun cuando los hechos imputados al acusado no sean considerados delitos
en el país donde se cometieron.
El proceso de Amnon Chemouil ante la Corte Superior de París concitó
considerable atención, pues sentaba un precedente. Era la primera
vez que se ventilaba ante los tribunales un caso de "turismo sexual" delictuoso.
Varias organizaciones, nacionales e internacionales, que combaten la explotación
sexual de los niños, se habían constituido parte civil en
el juicio, entre ellas la UNICEF, Ecpat (End Child Prostitution in Asian
Tourism), y varias ONGs, incluida una tailandesa cuyo empeño permitió
localizar en Bangkok, siete años después, a la tía
y la niña de la historia. Ésta, ahora una joven de 18 años,
vino a París y prestó declaración, en privado, ante
los jueces, quienes, además, pudieron ver la copia del vídeo
de Viktor Michel, encontrado en el registro de la vivienda de Chemouil.
El acusado, que, en los ocho meses que pasó en prisión antes
del juicio, dice haber experimentado un verdadero cataclismo psíquico,
reconoció los hechos imputados, pidió perdón a su
víctima y reclamó al tribunal un castigo. La sentencia fue
de siete años de cárcel, en lugar de los diez que había
pedido la fiscal.
Muchas conclusiones se pueden sacar de esta historia. La primera es que,
si siguen el ejemplo de Francia países como España, Alemania,
el Reino Unido, Italia, Estados Unidos y los países nórdicos,
que, debido a sus altos niveles de vida, figuran entre los principales
practicantes del "turismo sexual", es posible que los delitos que al amparo
de esta práctica se cometen a diario y por millares en países
del Tercer Mundo, y que conciernen sobre todo a la explotación
sexual de los niños, puede que al menos disminuyan, y que algunos
de los delincuentes sean sancionados. El precedente que ha establecido
Francia es impecable: una democracia moderna no puede aceptar que, salvadas
las fronteras nacionales, sus ciudadanos queden exonerados de responsabilidad
legal y delincan alegremente porque, en el país forastero, no haya
normas jurídicas que prohíban aquel delito o porque, si
las hay, no se acatan, son letra muerta. No sé qué ocurre
en Tailandia en materia legal con los crímenes sexuales. Pero estoy
seguro de que, en Cuba, otro de los "paraísos sexuales" del planeta
para turistas con divisas, hay una puntillosa legislación prohibiendo
la prostitución infantil. (Siempre recordaré las náuseas
que me provocó, en un viaje de avión, mi vecino de asiento,
un comerciante mallorquín, eufórico consumidor de "jineteras"
habaneras, que, me contó, se disponía a llevar a su hijo
a Cuba ese verano, para que lo desvirgaran allá esas mulatas deliciosas,
tan jovencitas, tan baratas, y "tan limpitas").
Que por hambre, por la urgencia de divisas, por la extendida corrupción
o ineficacia de las instituciones, en mu chos países del Tercer
Mundo la prostitución infantil prospere de manera espectacular
ante la indiferencia (o con la abierta complicidad) de las autoridades,
es una realidad innegable. Lo cierto es que, según las publicaciones
de UNICEF y Ecpat al respecto que se han dado a conocer con motivo de
este juicio, el problema tiene contornos multitudinarios y crecientes.
Todo ello debería ser un aliciente para que los gobiernos de las
democracias desarrolladas, tal como acaba de hacerlo Francia, contribuyan
a la lucha contra la industrialización sexual de los niños
y niñas en los países pobres, persiguiendo legalmente a
sus ciudadanos que practican el turismo a la manera de Viktor Michel y
Amnon Chemouil, pues, en buena medida, ellos y sus congéneres son
responsables de la existencia de aquel innoble mercado.
No hay que hacerse muchas ilusiones, desde luego, porque la pobreza y
la miseria que están detrás de la prostitución infantil
en los países subdesarrollados constituyen un obstáculo
casi infranqueable para su erradicación, o, al menos, drástica
reducción. Quienes se interesen por conocer los niveles dramáticos
a que esto puede llegar, aconsejo leer un librito que publicaron en 1963
dos escritores norteamericanos, Allen Ginsberg y William S. Burroughs,
The Yage Letters, con las cartas que se escribieron, recíprocamente,
desde Lima y dos ciudades de la selva peruana, Tingo María y Pucallpa,
en los años cincuenta, contándose sus experiencias sexuales
y con cocimientos alucinógenos en el país de los Incas.
Recuerdo haber leído con verdadera estupefacción estos textos,
donde aparecía una cara de Lima que yo no sospechaba siquiera que
existía: la de los niñitos putos, de los barrios de La Victoria
y El Porvenir, que indistintamente hacían de lustrabotas, mendigos
o meretrices para aficionados como los beatniks susodichos. Uno de ellos,
Ginsberg creo, elogiaba en una carta la destreza sexual de esos niños
limeños, aunque lamentaba que tuvieran tantos piojos.
Pero, quizás, la conclusión más importante del reciente
juicio de París, sea que muestra una cara positiva de esa nueva
bestia negra fabricada por los enemigos irredentos de la modernidad: la
globalización. Si las fronteras no se hubieran ido adelgazando,
y, en muchos campos, desapareciendo, Amnon Chemouil jamás hubiera
llegado a comparecer ante el tribunal que lo juzgó y condenó,
y es seguro que hubiera pasado muchas otras vacaciones en Pataya, disfrutando
de los cómodos precios y la variedad de oportunidades para la fantasía
y los deseos que ofrecen a los turistas con divisas las niñas y
niños tailandeses. Gracias a que ese concepto rígido, de
camisa de fuerza, que tenía la soberanía nacional, se va
disolviendo en una entidad más ancha y profunda que abarca todos
los contornos de la humanidad, los legisladores franceses decidieron extender
la jurisdicción de las leyes y códigos a esa sociedad globalizada
de nuestro tiempo, lo que ha permitido sentar un precedente y un ejemplo,
como ocurrió, ya no en el campo de los delitos sexuales, sino en
el de los crímenes contra la humanidad, con el general Pinochet
en España e Inglaterra. Es verdad que aquél se libró
de comparecer ante el tribunal para responder por sus crímenes,
pero no por defectos de los jueces británicos, que cumplieron con
su deber, sino por el feo enjuage político a que se prestó
el gobierno inglés devolviendo al ex dictador a Chile por "motivos
de salud". De todas maneras, otro precedente quedó sentado, que,
desde entonces, hace correr escalofríos a los tiranuelos y sátrapas
en ejercicio. La globalización no es sólo la creación
de mercados mundiales y de compañías trasnacionales; es,
también, una interdependencia planetaria que puede permitir extender
la justicia y los valores democráticos a las regiones donde todavía
imperan la barbarie y la impunidad para los crímenes sexuales y
políticos.
_________
© Mario Vargas Llosa, 2000.
©Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario
El País, SL, 2000.
|