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Edición Nº 1644 |
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Sociedad En Bancarrota En su caída Montesinos está arrastrando inevitablemente a su socio y cómplice, Alberto Fujimori, que hace desesperados y poco exitosos esfuerzos por desvincularse de quien fue su alma gemela por una década. Ese era dinero "negro", que Montesinos usaba a discreción, sin dar cuenta a nadie. Se utilizaba, entre otras cosas, para comprar congresistas tránsfugas, pero también para sobornar a una extensa planilla clandestina, que algunas fuentes calculan en unas quinientas personas, civiles y militares, que recibían regularmente una asignación de Montesinos. Baruch Ivcher ha revelado en entrevista con Mariela Balbi de La República, que la tarifa para los militares era de US$ 3.000 mensuales para los generales de brigada, US$ 6.000 para los de división y US$ 15.000 para los comandantes generales. Si eso es verdad, solamente en ese rubro se gastaría aproximadamente medio millón de dólares mensuales. Además, por supuesto, de jueces, fiscales, congresistas, periodistas, ministros, funcionarios electorales, alcaldes y otros, que eran regularmente sobornados por Montesinos. Sin mencionar la extensa red de soplonaje, que incluía a miles de militares, policías y civiles, que recibían cien o doscientos dólares mensuales por informar y hacer pequeños trabajos por cuenta del "Doc". ¿De dónde salía ese dinero? De las arcas fiscales, naturalmente. Y eso sólo podía ser autorizado directa y personalmente por Alberto Fujimori y el ministro de Economía de turno. Así, el más grande y organizado aparato de corrupción jamás montado en la historia republicana del Perú, se construyó y ejecutó mancomunadamente por Montesinos y Fujimori. No hay que olvidar tampoco un hecho obvio, pero que hoy pretende ser descaradamente negado: todas esas acciones ilegales se hicieron para mantener no sólo a Montesinos como jefe de los servicios de inteligencia, sino a Alberto Fujimori como Presidente. La compra de congresistas, el fraude electoral, la falsificación de firmas, el control de las fuerzas armadas, todo, se hacía en función de conservar a los socios en sus respectivos cargos. Como cualquiera hubiera podido suponer, conociendo los antecedentes de Montesinos, su avidez enfermiza por el dinero, el siniestro personaje disponiendo de millones de dólares, sin tener que dar cuenta a nadie, desviaba una parte a su propio bolsillo. Ese es, sin duda, el origen de parte de su inmensa fortuna. El resto proviene de sus otros negocios conocidos: venta de sentencias judiciales, sobornos en las compras de armas, coimas y negociados en la Caja de Pensiones Militar Policial, cupos cobrados a los narcotraficantes, extorsión a empresarios. Todo esto se sabía desde hace mucho tiempo. No se podía probar judicialmente, por supuesto, porque Montesinos manejaba a jueces y fiscales a discreción. Pero es ridículo que Alberto Fujimori pretenda ser el único que no conocía lo que hacía Montesinos, con quien durmió bajo el mismo techo muchas veces. Sobre todo porque -hay que insistir-, Montesinos no hizo todo eso sólo en beneficio suyo, sino también en el de su asociado. La desesperación actual de Alberto Fujimori se explica por su interés en ocultar su participación en esa siniestra sociedad. Los delitos de Fujimori no son sólo políticos, sino penales. Por eso negocia frenético su impunidad, aunque las opciones de los ex socios son cada vez menores. Esa es una de las razones por las que la permanencia de Fujimori es absolutamente perniciosa para la transición. No estamos ante un Francisco Morales Bermúdez tratando de salvar las "reformas estructurales", las prerrogativas institucionales y la imagen de las fuerzas armadas, sino ante un delincuente haciendo esfuerzos desesperados y disparatados por salvar el cuello y la fortuna.
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