Edición Nº 1645

 

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    16 de noviembre de 2000

    Por LORENA TUDELA LOVEDAY

    Pandora Chávez y la Esperanza
    AY hija, nunca como hoy tan vigente entre nosotros el mito de la Caja de Pandora -que no es, como creía la oligofrénica de Maripí, el packing de un nuevo perfume de Kenzo-, ahora que, cuando ya todo parecía perdido, arrasado por las fuerzas malignas de todos esos cholos igualados e impresentables en el poder, pucha, surge desde el fondo la piedra preciosa de la esperanza, encarnada en unos ojos negros, grandes como aceitunas del Mediterráneo; unos labios gruesos como los de Simón Bolívar (¿habrán sido gruesos, me pregunto?, ay qué importa), unas manos, hija, con unos dedotes que si te atienes a la metonimia corporal, mis respetos; unos bigotes del todo encomiables; un vozarrón de esos que cuando suena te hace sentir que te están abriendo los cajones del alma y sobre todo, ay no sé, una peruanidad liberada en su andar que es lo que más me gusta (y encima dicen que baila salsa que es como para llevártelo y capturarlo dentro de un pisapapeles de cristal, darle vueltas y que le caigan copos de nieve). Me imagino que ya te habrás dado cuenta de que te estoy hablando de Cholón Jose (nunca José, siempre Jose) Ugaz, que desde que lo vi en la tele como procurador del caso del marrano, repugnante, alangarcía (insulto per se), del pederasta Montesinos, pucha, no hago sino recuperar día a día las ganas de vivir, cosa difícil en estas circunstancias, me lo vas a decir.

    Lo he grabado en todas sus conferencias de prensa, declaraciones y presentaciones. Ya ni salgo de mi casa, hija, al punto que estoy dejando hasta de ir al gimnasio y al consultorio. Me duermo con el televisor prendido y amanezco igual, delante de sus ojotes como las llantas de los tractores de nuestra hacienda en Trujillo. El otro día estaba así, pucha, arrobada de escucharlo hablar de... no sé qué, cuando suena el teléfono. Contesté porque en fin, con decirte que ya ni lo hago y mi pobre grabadora está más llena de mensajes que la Gamboa, de caspa.

    Bueno, contesto y era mi sobrina Altagracia Tudela, hija de un primo medio mafiosón que tengo (hermano del Pancho y de Pipo, que más bien, como sabes, andan por el Sodalitium), y que por esas cosas de la vida la chica ha terminado metidísima en ese grupo que se llama La Resistencia, hija (y que tampoco es, como otra vez creía la estúpida de Maripí, "la cosa esa que se calienta dentro de la plancha"), donde se realiza existencialmente tirando la basura en la casa de ese deslavado Baudelaire de la macroeconomía que es el huevas tristes del Carlitos Bologna, o de la ogresa Hildebrandt (que dicho sea de paso, me han contado que ya está tan senil que... hasta se está volviendo buena porque como tú sabes, pucha, los viejitos se terminan olvidando hasta de ellos mismos, regio).

    Me llamaba mi sobrina para que la asesore creativamente en el siguiente operativo del movimiento, que consiste (pero please, no lo comentes) en tirar basura en la puerta de la casa de Martucha, ag, y como ésta es mi especialidad.... La chica me contó en qué estaban pensando y yo, pucha, la verdad que sentí que la propuesta era súper conservadora y se repetía a sí misma, así que dejando de lado por un momento a Cholón (aaaaaa aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaay, me duele acá abajo), le escribí a La Resistencia algunos componentes estratégicos que hagan más impactante el operativo pensado:

    1. Usar basura de verdad, con énfasis en restos de mondongo, toallas higiénicas usadas, pelos sacados del codo del lavatorio, sanguaza de la lavadora, cáscaras podridas de cebolla, la caca del perro. Eso, pucha, le va a dar al asunto un toque de social realismo que ya lo hubieran querido Rufino Tamayo y los trotskistas del México insurgente.

    2. Imaginar nuevos slogans y frases que, pucha, renueven los que han estado usando. Propongo uno: "Chola, fea, el pueblo se te voltea". Otro: "Fea, chola, te estás quedando sola". Otro: "Fea, chola, Martha, de ti ya estoy harta". Otro: "Martucha, feúcha, tienes cara de ..." (No, ese mejor lo dejamos para otra etapa de la lucha).

    3. Hacerle guardia pretoriana las 24 horas del día en su casa sin dejar de gritar los slogans, a ver si recapacita; por ahí que recupera la cordura y adopta la identidad que, pucha, Dios le puso en la cara y ella no se resigna a aceptar: costurerita de bastas.

    4. Eso sí, no se metan con la bebe, que será pazguata, gansa y tetelememe, pero ella no tiene la culpa de nada.

    Ay ya, ahora déjenme ir a ver a Cholón en mi tele; ya me está haciendo más falta que el aire al pájaro. Chau, chau (Rafo León)


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