Edición Nº 1645

 

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    16 de noviembre de 2000
    Por AUGUSTO ELMORE

    EN entrevista que le concedió en Madrid a la corresponsal de "El Comercio", el canciller Fernando de Trazegnies no ahorró zalamerías para su presidente (ojo que digo su, porque por lo menos el mío ya no lo es más), del que dijo (¡atención señores y señoras!): "tiene espíritu de samurai". Aparte de que si así fuera hace tiempo que Fujimori se hubiese hecho el hara-kiri, considero que es una lástima que, por su parte, el canciller parezca tener espíritu de geisha. Disculpa Fernando, pero ser canciller no obliga a tanto.

    En otra parte de la misma entrevista, De Trazegnies dice que "Montesinos no es un delincuente común sino que es una persona que ha tenido un poder muy grande en el Estado, que en este momento debe responder a cargos muy complicados". ¡Señor De Trazegnies, Montesinos sí es un delincuente común -aunque usted no lo vea así- y los cargos por los que aparentemente es buscado, con ser muchos, no son nada complicados! Corrupción de funcionarios, soborno, extorsión, tráfico de armas y de drogas, lavado de dinero, malversación de fondos, asesinato, abuso de confianza, contra la fe pública, asociación para delinquir y otros más, son y seguirán siendo delitos comunes, y especialmente comunes en el gobierno actual.

    ¿Cuántas veces un sonido, una visión, un aroma nos llevan a un lugar, una situación, un acontecer de otros tiempos? Nos vuelven a lo que fuimos alguna vez, de regreso a algo que pasó. Nosotros, los de entonces, volvemos a ser los mismos.

    Es que los sentidos, como dije hace poco, son cómplices de la memoria. Esa vez fue el aroma de un café el que me llevó de regreso a París. Será cosa del clima, pero hace poco, tomando un café en La Tiendecita Blanca de Miraflores, oír el piano que allí sonaba esa tarde me llevó años atrás, a Buenos Aires, y transportado en la máquina de los sentidos puros estuve otra vez sentado en el Maison Dorée, ese piano bar de la calle Viamonte al que iba a escuchar música y a conversar (y tratar de culminar los intentos amorosos de mi juventud) mientras el pianista tocaba también, como ahora en Miraflores, Les feilles mortes, esa canción especial para enamorados que se hizo famosa en la voz de Ives Montand. El oído fue en esta ocasión el cómplice de mi memoria. Bendito sea.

    Mucho me agradaría que los hechos me desmintieran -y ojalá que eso ocurra en los próximos días-, pero debo confesar que dudo mucho que en verdad se esté persiguiendo a Montesinos, así como que Fujimori recorra decenas de kilómetros a la medianoche para tomar "una bocanada de aire marino", como dijo. Lo que pasa es que como éste ha sido el reino de la mentira uno ya no cree en nada. Y menos aún lo que dice Fujimori.

    ¡Qué lamentable papelón hizo cometer Fujimori a sus pares, los presidentes latinoamericanos que abogaron por el asilo de Montesinos! Aparte de que se necesitaba ser bien cándido para creer en la patraña inventada por éste. O estar muy mal informados.

    Dime cuáles son tus gustos y te diré qué eres. Relojes de platino con brillantes, gruesas cadenas de oro: narcotraficante.

    ¿Cuál será la mentira oficial de esta semana? La de la pasada fue la irregular intervención en el domicilio del supuestamente perseguido. Además de las bocanadas de aire marino.

    Es hora que se sepa aquello que no hizo público el fiscal de la nación, Miguel Aljovín: ¿quiénes eran las personas o las empresas que le abonaban religiosa y puntualmente 250 mil dólares mensuales a Montesinos? Tanta generosidad merecería ser reconocida públicamente.

    La plaga de langostas siempre fue un símbolo bíblico. Ultimamente han venido asolando los campos de Cajamarca y el erario público nacional.

    El comandante Humala se ha convertido por propio derecho en una figura nacional, por más que su gesto -porque en realidad no llegó a ser sino eso, un gesto- parezca haber sido extemporáneo. Y frente a él no hay nada más repugnante que la actitud de los fariseos que se rasgan las vestiduras luego de haber apañado el golpe de Estado del '92.

    Fujimori debería agradecer al alcalde Alberto Andrade porque los domingos en el Gran Parque de Lima que éste construyó, el pueblo deja atrás, afuera de sus puertas o en las calles aledañas, la tristeza y la desesperación que lo abaten. Allí, los domingos especialmente, los padres juegan con sus hijos y éstos corretean y son felices, ajenos a sus tristezas, olvidándose por unas horas de la crisis. Por más que haya sido criticado por espíritus selectos, el Gran Parque de Lima es el pulmón en el que el pueblo respira, de espaldas, si se quiere, a la realidad que lo circunda. En lugar de irse entre gallos y medianoche a Santa Rosa a tomar bocanadas de aire de mar, Fujimori debería ir con Keiko y sus otros hijitos, cuando no están en la costosa Boston, a respirar libremente un poco de aire popular no contaminado Le haría bien.

    Este gobierno ha hundido al país en un sumidero, y lo ha convertido en un albañal, en la charca de los podridos de que hablaba Basadre. Es hora, pues, que Fujimori entregue el mando que usurpa desde las elecciones fraudulentas. Que no deje para mañana lo que debe hacer hoy.



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