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Edición Nº 1646 |
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Por JAIME BEDOYA
La revisión se realizaba con la minuciosidad que podría esperarse de un país con altísimo grado de avance tecnológico como Alemania. El inspector exploraba el interior del maletín con una profesionalidad no ajena a la sensualidad, iluminándose su rostro al detectar táctilmente el origen de la sombra. Pareció un parto: con la maleta sobre una mesa de aluminio, abierto su cierre cual vientre en flor, le fue extraída una larga criatura que venía envuelta en una membrana transparente. El inspector entregó la criatura al padre, y en este caso dueño de la valija, exigiendo una explicación. Luego de rasgar lentamente la bolsa transparente, exhibí para un puñado de inspectores alemanes una de las 50 bolsas negras de basura con las caras de Alberto Fujimori y Vladimiro Montesinos hechas por el Colectivo Sociedad Civil. -¡Ahhhhhhhhhhh!, la expresión universal del entendimiento súbito fue expresada a coro a la vez que el partero simultáneamente frotaba los dedos pulgar e índice entre sí. Antes el peruano que traspasaba su natural frontera andina caía dentro del estereotipo del narcotraficante o el terrorista. Ahora puede gozar un nuevo prejuicio, acaso más compasivo, el haber sido victima del robo gubernamental más descarado de la última década. Nos despedimos con los pulgares en alto y tres bolsas de basura quedaron de regalo en el aeropuerto de Frankfurt. Fujimori no es el Perú: esta aseveración que hoy resulta clarísima e indispensable resultaba herejía apenas hace unos años. Un pragmatismo hipnótico identificaba los síntomas más estúpidos del progreso (?) -un casino, dos franquicias- con una prosperidad selectiva y magnánima que sólo un elegido como Alberto Fujimori podía derramar sobre sus súbditos. Debe resultar monótono escuchar esto repetidamente, pero resulta urgente repetirlo hasta la afonía teniendo en cuenta, primero, que se trata de la historia reciente del país y tienen que asumirse responsabilidades en persona y no desde el lobby del New Otani Hotel en Tokio. Y segundo, por una cuestión ecológica ante violentísima transformación del fujimorista peruviannis en una especie en extinción. ¿Dónde están todos los que celebraban y justificaban el autoritarismo y la falta de escrúpulos en nombre de una eficacia falaz? Respuesta: Si no empacando, avergonzados. Una de las primeras víctimas de una dictadura es el sentido común. Mas de 2000 años de civilización sugieren que un fin se justifica por la calidad de los medios que llevan a él. Y si estos son la traición, el chantaje, la tortura, el espionaje, la corrupción, la amoralidad, el abuso del poder, la pendejada, el asesinato, la antiética de Martha Chávez y el telescopio de Kenyi, el fin acaba siendo el final. Así como Fujimori no es el Perú, tampoco lo puede ser toda la tetudez que como supuesta expresión de modernidad y comunión con los valores alterados del fujimorismo estuvieron aflorando como cultura oficial del régimen. Han sido diez años de coma moral que han producido atrocidades cumbres del rubro "éxito personal- internacionalización", como la monstruosidad de Laura en América o la exitosa afasia apolítica de Christian Meier, por citar dos ejemplos. Diez años de vulgaridad, cobardía e insolidaridad que trocó contenido por negocio e integridad por conveniencia, tal como el maestro Alberto Fujimori. Por esto resultó un alivio ver una película peruana en Madrid totalmente a contracorriente de esta escuela. La española es una sociedad asfixiada entre la bestialidad de ETA y la nadería de la prensa del corazón y sus más perecibles sucedáneos, como es el caso ahora de Tamara, la versión ibérica de Susy Díaz que tampoco canta, o el oximorón social de tener un venezolano que triunfa pontificando sobre el glamour. En este habitat, "La Espalda del Mundo", película dirigida por Javier Corcuera, no hace ninguna concesión. Sin melodrama pero con impecable contundencia, presenta tres retratos -un niño peruano, un exiliado kurdo, un condenado a muerte norteamericano- que viven literalmente en ese lugar del planeta que los fujimorismos del mundo nunca visitan. Tiene que ser la película más inteligente que ha hecho un cineasta peruano en esta década. Sería imperdonable que no estrene en Lima, depositaria de las obras cumbre de Sandra Bullock, entre otros. Sueño con ver colas en Larcomar. Durante el fujimorismo España fue el primer inversor en el Perú. Sus intereses convivieron coquetos y engreídos con un régimen que a ellos, como a pocos, les ofrecía dócilmente la panza. El dinero es cobarde, ya se sabe, pero no tendría por qué ser además insensato. Ahora que hay un minipánico español por el futuro de sus inversiones en el Perú ya que todo lo hecho podría haber estado firmado por "Alberto Fujimori", por un suplantador japonés que respondería a los nombres de "Kenja Fujimori" o "Kenki Inomoto" queda claro que -Tal como dijo Toledo en Madrid- no hay nada más rentable que la democracia. Alejandro Toledo fue entrevistado en este país prácticamente como futuro presidente del Perú. No estoy seguro si respondió exactamente en esos términos. Tiene todos los méritos, especialmente esa fisonomía suya políticamente invalorable y que sería el sueño de una campaña publicitaria de Inca Kola, así como el haber resistido tercamente los peores ataques del régimen. Pero lo cierto es que transmite una inseguridad telúrica casi tan poderosa como su carisma popular. Esto es ficción, pero para compensar dicha situación ¿no sería posible, por ejemplo, incorporar en su plancha al Defensor del Pueblo? O mejor aún, ¿Valentín Paniagua no podría ser presidente transitorio hasta el 2006 y recién entonces postular un Toledo más cuajado? Divagaciones así y peores acontecían en una mesa de El Inti de Oro, restaurante especializado en ají de gallina peruano en sobre de la capital española. El pisco sour estaba bueno. La conversación derivó al tema de las bolsas de basura con cara. De las 47 llegadas a España, tras intensa repartición aleatoria, sólo quedaban dos. Una de éstas fue oficialmente donada (entre aplausos y vivas) al Inti de Oro, donde quedó el compromiso de exhibirla al lado de la consabida ornamentación vernácula. La otra la tengo en el hotel. Ahí guardo la ropa sucia.
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