Edición Nº 1647

 

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    ARTICULO

    1 de diciembre de 2000

    El Goce de PONCE
    Orejas, rabo y Escapulario de Oro en la última corrida. Faena histórica
    de Enrique Ponce en Acho.

    "Halcón" fue el toro de Domecq que necesitaba Ponce. Lo toreó con un relajamiento total y absoluto. Derecha, el resultado.

    Por EL MARQUES DE VALERO DE PALMA

    LA última corrida de la temporada fue una corrida para el recuerdo. La expectación despertada, por ser indudablemente la que contenía, sobre el papel, el mejor cartel de toros y toreros, no se quedó en agua de borrajas. La expectación no se frustró sino todo lo contrario. Fue divertidísima y la faena al cuarto toro de la tarde realizada por Enrique Ponce va a quedar en la Historia reflejando uno de los hitos máximos de los anales de la venerable plaza de Acho. Triunfo sensacional. Triunfo de polendas. Triunfo que convence a tirios y a troyanos. Triunfo inobjetable. Y en el Olimpo taurino las musas dejaron escapar lágrimas de felicidad.

    Dije en mi anterior crónica que Finito de Córdoba, con la pureza de su faena, había puesto muy difícil la consecución del Escapulario a los toreros de esta última corrida. Pienso ahora que fue éste un pronóstico temerario. Porque, en esta última, estaba Enrique Ponce. Y a Enrique Ponce no se le puede perder de vista ni un segundo. Porque él, con José Tomás ahora, son los dos toreros más importantes de finales del siglo XX y la transición al nuevo milenio. Y todavía más dilatada es la carrera taurina y el curriculum vitae del torero valenciano.

    Ponce no fue Ponce en su primer toro. No le gustó. Se sacudió de él y de su compromiso ya que era un toro que le iba a contraestilo. Había que romperse el alma con este toro lidiándolo, y Ponce, que le puede a casi todos los toros, no fue el Ponce con ganas, que estoy seguro que lo hubiera hecho con el toro. No quiso. La gente le aplaudió en pases sueltos que los dibujaba con ese clásico desmayo que imprime a su toreo. Pero no cuajó nada. Fue un Ponce caprichosito y reservado que dio muestras de arte pero sin quedarse parado en ningún momento. Una metisaca horrorosa haciendo guardia, un pinchazo sin convicción al ejecutarlo y un cuasibajonazo nos mostraron el revés y la cara oculta de un gran torero que no la quiso ver.

    En el cuarto de la tarde toreó a la verónica sin esforzarse demasiado en cargar la suerte y dibujar el pase pero haciendo algo maravilloso, de gran torero, que es darle a la capa toda su extensión, sin recogerla y lanzársela al toro con toda la dimensión y largura de la franela para recogerlo con mucho recorrido. Esto, perfecto. Pero no fue tan perfecto el recibo y el remate. Hasta ese momento parecía que Ponce iba a reservarse y quizá mandanguear, pero cuando veo que va a brindar al público, conociéndolo y comprendiendo que el torito terciadito había salido de puyas con muy buen son, pensé: faenón habemus.

    Orejas bien ganadas. El rabo, acaso un exceso.Derecha;El éxtasis se dio con el cuarto toro, terciadito, cómplice del faenón del valenciano.

    Este fue el toro que necesitaba Ponce para torearlo fumándose un pitillo y bebiéndose una caña de cerveza, es decir: para torearlo con ese relajamiento absoluto y total que lo definen como el torero más fácil de la historia. El poderío de Ponce, su extraordinaria capacidad intrínseca de gran lidiador, cuando encuentra el torito noble y repetidor, hace que la faena pueda llegar a ser el summum de la perfección. Porque su capacidad de dominio ya no se gasta en la brega y la sujeción de los efectos del toro sino en la perfección de los pases y en la construcción de la faena. Y asombra con ese toreo tan fácil y relajado, con la mano baja, que al quedarse quieto, dibuja tandas concatenadísimas de pases muy profundos, muy largos, muy perfectos, muy naturales (como si le hubiera puesto el piloto automático a la tanda y todos los pases fuesen exactamente iguales de bellos el uno y el otro y toda la tanda), muy relajadamente desmayados y con un poder de medida exacta de los terrenos que asombra.

    Se hinchó a torear. Con el compás abierto. De frente. Con los pies juntos. Naturales. Derechazos. De pecho con largo recorrido. Y midiendo midiendo saca tres circulares concatenados, y sin variarle la dirección al toro, que levanta al público de los asientos. Estocadón y el toro que cae en muerte fulminante. Enorme triunfo. Revolotear de palomas que son los pañuelos al aire. Dos orejas y rabo y faena histórica. El Escapulario. Y a seguir hablando los aficionados en años venideros sobre esta faena. ¿Era para rabo? La faena fue perfecta, modélica, extraordinariamente cuajada. Pero el toro era una babosa genética y un toro terciadito. Para mí que debió cortar dos orejazas inmensas, enmarcadas en oro fino y con angelitos de Rubens adornándolas. Las orejas más grandes que hayan podido imaginar. Pero ahí. Porque yo le hubiera dado el rabo a cabal satisfacción si lo hubiera hecho todo esto a un toraco como los de la corrida de la esposa del Capea.

    El ensayo de salón, días antes, en el Marriot.Derecha: Fin de feria con broche de oro. Temporada recobro solera de Acho.

    David Luguillano es torero artista, escorzado y churrigueresco. De los que componen la figura, de los del ballet taurino, de los que se esfuerzan por crear estética antes que nada. David Luguillano hizo una faena extraordinariamente pinturera a su primer toro. Muchísimo más compuesta que la que le hizo a su segundo toro. David Luguillano toreó en la suya, en su esencia, en su interpretación de la belleza un tanto desaforada a veces. No le veo nada de toreo gitano a este vallisoletano que se da buscando reafirmar la juncalidad estética y la entrega absoluta. Los gitanos (los Gitanillos de Triana, Cortés, Amador, Paula y tantos otros) no tienen esta perseverancia. Hubiera cortado dos orejas a su primer toro y una a su segundo si hubiera encontrado la muerte fulminante. La faena a su segundo toro no tuvo ninguna construcción y se limitó a torear (con pases en algunos momentos formidables de ejecución) de forma bastante inconexa y arbitraria. Así le daba redondos al toro al principio de la faena y luego naturales y derechazos y toreaba y toreaba y volvía a torear sin orden y concierto. Un poco a lo loco. Pero torear, lo que se dice torear, toreó estética y abundantemente a lo largo de toda la tarde. Dio los mismos circulares concatenados de Ponce y mató pésimamente a sus dos toros. La mejor faena de capa de la tarde, con mucha diferencia, fue la propiciada por él a su segundo toro.

    Manuel Caballero tuvo el peor lote de la tarde. No le dejó su primer toro centrarse con él. Manuel Caballero es un gran torero y estuvo muy por encima de sus dos toros. Derrochó voluntad y en algunos momentos puso su calidad en templadísimos naturales y derechazos de amplio recorrido en el primero, con una faena larga que fue muy ovacionada. En su segundo, que llegó sosísimo a la muleta, hizo lo inconcebible y le sacó hasta el último centímetro de pase que el toro tenía. Manuel Caballero sigue con el crédito abierto en la plaza de Acho.



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