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Edición Nº 1650 |
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Por JAIME BEDOYA
Bajo la figura tutelar del descubridor de las tres bacterias responsables de las enfermedades humanas1 tuve mis primeras experiencias en sociabilidad y amistad. Fueron signadas por la economía expresiva, la reverencia silenciosa y la incógnita permanente de una mirada que no se deja ver.. Todas las caras de entonces que recuerdo eran iguales. Todos usaban los mismos zapatos2, todos tenían los mismos juguetes. La evocación del nido Louis Pasteur es una sucesión de gentiles rostros homogéneos y amistades precozmente sutiles, sin estridencia infantil alguna, correteando en el patio que colindaba con el entonces mítico Súper Market, depositario de la felicidad plástica en la sección juguetes de pacotilla. Sólo distingo, cual contraseña mágica para acceder a esta memoria colectiva en blanco, el nombre de mi primer amigo, Takeshi Yamada. Nos veo quitándonos los zapatos para entrar a la limpia sobriedad de su casa. Sus padres recibiéndonos con reverencias entusiastas y sonrisas sin alegria. Nosostros, dedicados al rescate planetario a traves de extraordinarios muñecos de Ultramán versus monstruos fruto de la era atomica. Selectas golosinas japonesas de sabor inclasificable desperdigadas estratégicamente sobre un tatami delimitaban las fronteras de esta ínsula aséptica e infranqueable. Salías de esa casa y volvías al Perú. Fulbito, mascota chusca, la iniciación el nativo oficio de joder por joder, implementado entonces en tocar timbres y salir corriendo. A cabo de la graduación en el Louis Pasteur los Yamada se fueron del país. En el majestuoso recinto de un aún decoroso primer terminal aereo, realizaron una rigurosa ceremonia de intercambio de regalos. Lo hacían con las dos manos, así fuera un lápiz, reverenciando hasta el grado máximo de respeto, 45 grados. Me tocó un maletín azul de los 101 dálmatas. Ese es el pasado. El presente es el asombro de mi cordial amigo nikkei, Paul Yamamoto, recién llegado de Madrid, teniendo que bajarse de un taxi en el aeropuerto de Lima cuando el chofer le dijera "¡japonés de mierda, tú te vas caminando!" No hay nacionalidad santa. Probablemente ni siquiera haya nacionalidades. El dudoso mérito de Alberto Kenya Fujimori reside en haber desvirtuado selectivamente las características más discutibles de las idiosincrasias peruana y japonesa. Luego, manipulando ciertos principios no escritos de los japoneses, se vale ahora para contar con el respaldo del Imperio. Según el calmo Paul Yamamoto hay por lo menos cuatro consideraciones a tomar en cuenta: Uchi soto.- (ellos y nosotros) Los japoneses tienen un acentuadísimo sentido de colectividad que los une frente al diferente. En el grupo se diluyen culpas y responsabilidades. Honne y tatemae.- (la verdad versus la mentira blanca). La utilización del lenguaje diplomático, por no decir hipocresía, es un arte nipón. Giseisha.- (víctima, sacrificio). Los japoneses, como colectividad, tienden a victimizarse. Así, Japón cierra filas tras su súbdito apócrifo
y manipulador. Más aún si se toma en cuenta las deudas políticas
que algunos miembros del actual gobierno japonés guardan hacia
Fujimori3. Aun siguen fascinados con su peor hijo despues de Godzilla:
Hace una semana, en una conferencia de prensa en Tokio, las preguntas
que los periodistas nipones le hacían al ex Presidente, lejos de
inquirir acerca de dineros mal habidos, giraban en torno a "cuáles
eran sus comida japonesas favoritas". Sic4.
En Japón viven 333 personas por kilómetro cuadrado5,
se consume un promedio de 45 sopas Ramen al año por cabeza, existen
7000 tipos diferentes de bebidas gaseosas, la comida para bebes más
vendida es el Gerber de sardina, y el himno nacional tiene cuatro líneas.
Los aproximadamente 50 mil peruanos descendientes de japoneses viviendo
allá, por más nikkeis que sean, son tratados invariablemente
como gaijin (extranjeros dignos de desconfianza) y para ellos se
reservan los trabajos conocidos como kiken, kitanai, kitsui: peligrosos,
sucios, duros. Mientras la gente honrada vive así, a un minusválido
moral como Fujimori el gobierno de Tokio lo protege cual Buda de la Inmundicia.
Peor aún, la estela infecta de su baba, inevitablemente representada
por su mirada oriental, ensucia a los nikkeis del Perú que desde
el primer día vieron su llegada al poder con temor anticipado.
El problema de Fujimori no es de raza, sino de miseria espiritual. Hay
un test de personalidad japonesa que existe en la cultura popular de dicho
país. Supone una sola pregunta: Está usted haciendo una
dura caminata atravesando el desierto. Lleva cinco animales, pero tiene
que ir dejándolos uno a uno en el camino: león, mico, oveja,
vaca, caballo. Diga el orden en que usted los abandonaría.
El desierto representa una crisis, los animales el orden de los principios
que uno iría abandonando. Sabiendo lo que representa cada animal6
es fácil imaginarse a Fujimori despachando primero al mico de un
puntapié. Aunque lo más bonito sería que los cinco
en mancha lo abandonaran a él primero.
_______ 2 Zapatillas unisex iguales a las de Mitsuo Zawa, "El Hombre Par".
3 La Prefectura de Kumamoto lo quiere reconocer como héroe local.
Ryutaro Hashimoto, primer ministro en días de la toma de la embajada
por el MRTA, salvó la cara cuando Fujimori tácticamente
le dio cierto crédito por el éxito de la operación
Chavín de Huántar. En esos mismos días, el entonces
ministro de Relaciones Exteriores, Masahiko Komura, entabló cercana
relación con Fujimori. Hoy es ministro de Justicia y sobre sus
manos está el estatus legal del prófugo.
4 London Financial Times (12/12/2000)
5 Compárese con el Perú: 19, 9 personas por kilómetro
cuadrado.
6 león=orgullo, mico= hijos, oveja= amistad, vaca= necesidades
básicas, caballo= pasión.
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