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Edición Nº 1654 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Es Mi Culpa y de Nadie MásAY hija, eso me pasa por acompañar a la huachafa de Maripí a sus rondas de shopping, te lo juro que esta chica se apellida Pinillos Ganoza por una contingencia de la vida porque aquí entre nos te digo que de Espichán Siura no debería haber pasado, pero en fin. La cosa es que la semana pasada nos encontramos las dos en París de causalidad y Maripí me pidió -me rogó en realidad- que fuera con ella "un ratititititito, China" a unas tiendas en las galerías Lafayette donde un calzón no te baja de quinientos dólares y ésa no se la merece ni Diego, qué quieres que te diga. Yo, de puro idiota acepté, hija, a pesar de que desde que me he vuelto full ecologista, ya no compro sino ropa étnica, nada de marca. Lo malo nomás es que los hututus me han subido horrores el precio de sus túnicas y nada te cuento de los blusones de los pigmeos de Tasmania, que son talla Higaonna y andan ya por los trescientos dólares el par, no sé qué se creen estos negros enanos. En eso, hija, veo entrar a dos porongas con un inocultable South-America-state- of-mind y me puse a observarlas, pensando, "éstas deben ser venezolanas, nadie sino las caribes se tiran la mitad del Kenzo debajo de la papada antes de las doce del día", porque no sabes cómo olían a duty free, te podías morir. Una de las porongas, que parecía la mamá, era una especie de cholona reciclada, con una estirada en la cara, hija, que te lo juro, no pude dejar de concluir en que para bostezar tenía que jalarse las pantys porque con una cirugía así, es una u otra. La otra parecía corista de merengue: gordezuela y vulgarona como una hamburguesa dejada a enfriar, se acababa de teñir el pelo color Crush rebajada con agua y los lentes Armani que se me había puesto, no sabes, tenían una pata etrusca y la otra dórica, sin contar el marco, que era más dorado que la cornucopia del escudo patrio, con nefertitis puestas de perfil encima de las lunas. Un poema. En fin, hija, como yo soy de las que piensa que cada uno es libre de hacer de su popó una bicicleta para que otro venga y lo monte, lo dejé ahí, o al menos intenté...porque cuando escuché que en un perfecto castellano de la esquina con Aviación con Andrea Mantegna la vieja le dice a la hija, "oy Samantha, apúrate con los monillos porque de acá tenemos que ir a Poupé por la estola de zorro blanco que me tengo que poner para las bodas de plata de la Blanca Nélida como abogada", cómo te explico, me vino una pegadera con la situación tan horrible que casi termino en los Alcohólicos Anónimos de París, porque hija, fue directamente una adicción. Cuando en eso, qué crees, después que madre e hija se habían alzado hasta con las cortinas de la boutique, la vendedora, mirando la tarjeta de crédito, pregunta "¿Madame Trinité Mountolive?"; la gorda voltea y dice, "yeeeeeeeees?", y la vendedora sigue, (en castellano, porque era argentina), "ah, señora, por su récord de compras usted se lleva de regalo este pañuelo Hermes". Bueno, la hija poronga no termina de escuchar a la vendedora y, ¿sabes tú lo que dice a gritos? Agárrate: "¡amá, para la Josselynneh's Gamboa en su santo, qué chévere, ya no gasto en regalo y me puedo comprar otra tanga!". Plop, hija, plop, plop, plop. Pero insisto, es mi culpa y de nadie más, es mi culpa, mi grandísima culpa... (porque de paso, ahora que a Cipriani lo hicieron cardenal, pucha, todo va a haber que hablarlo así). Chau, chau. (Rafo León).
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