Edición Nº 1655

 

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    ARTICULO

    1 de febrero de 2001

    El Duro Legado de García
    La última visión de la democracia que tuvo la población peruana antes de hundirse en el fujimorato, fue la del caos de García.

    Escribe
    GUSTAVO GORRITI ELLENBOGEN

    DURANTE los años del fujimorato jamás critiqué al ex presidente Alan García. Antes que nada, García era un perseguido político que merecía la solidaridad compartida entre quienes enfrentábamos a la dictadura. En 1992, poco después de la incursión militar en su casa, cuando el ex Presidente se encontraba en la clandestinidad, visité a su valiente esposa, Pilar Nores, que soportaba las consecuencias del abuso de poder con ánimo parejo y gran dignidad.

    Desde el inicio de la dictadura, el Apra se hizo parte importante de la oposición democrática. En medio de la brutal erosión que afectó a los partidos políticos, hubo un núcleo aprista que persistió en la actividad opositora. El año pasado, me tocó ver de cerca el trabajo esforzado de dirigentes como Jorge del Castillo y Meche Cabanillas; y contar con los valiosos análisis de coyuntura de Luis González Posada. El partido aprista participó disciplinadamente en la organización de la Marcha de los Cuatro Suyos, y el 28 de julio pude ver a varios de sus dirigentes marchando con decisión y pundonor frente a las provocaciones y la brutalidad represiva.

    Los ataques contra el Apra en que incurrieron ciertos miembros de la oposición democrática, me parecieron un error grave; apenas menor que el haberse coligado con el fujimorato para aprobar medidas legales contra Alan García. En la oposición democrática, sin embargo, éramos mayoría quienes pensábamos que ninguna crítica contra García o el Apra era admisible mientras durara la dictadura. García era un perseguido político y el Apra una parte fraterna de la oposición democrática.

    Pero la dictadura está en proceso de erradicación. Empezamos a construir, sobre el espanto de lo vivido, una democracia.

    En ese contexto, Alan García proclama su candidatura presidencial y regresa al Perú, con su oratoria torrencial y su capacidad de seducir multitudes.

    Nadie puede quitarle ese derecho, si persiste en ejercerlo. Pero creo mi deber pedirle que permanezca fuera del proceso electoral, para darle la oportunidad al Perú de construir una sólida democracia. Puede que su candidatura le convenga al Apra, en tanto convoque mayor voto y representación, pero le hará daño, mucho daño al país.

    No puede negar García que su Gobierno fue no sólo malo, sino desastroso; y que, aun reconociendo las duras circunstancias que le tocó enfrentar, gran parte de los descalabros que padeció el país se debieron a sus acciones y decisiones. Terminamos su período en 1990 con la nación postrada por la fiebre hiperinflacionaria, enfangada en escándalos y enconadamente polarizada, a pesar de la ofensiva senderista. Varios sectores militares conspiraban, y la supervivencia del régimen de García se debió antes a la intervención diplomática que a los mecanismos de seguridad de su gobierno.

    García nos dio a Fujimori. En medio del caos surgió, como suele darse en tales circunstancias, la esperanza irracional. Ella fue abonada por García, quien ordenó a su entonces jefe del SIN, Edwin Díaz, prestar toda la ayuda posible a Fujimori. Esa no fue la única colaboración. También la hubo, entre otras cosas, en publicidad (¿recuerdan aquel segmento de Pink Floyd?).

    La última visión de la democracia que tuvo la población peruana antes de hundirse en el fujimorato, fue la del caos de García. Por eso, una mayoría aceptó por varios años renunciar a la libertad, canjeándola por la supuesta eficacia de la dictadura.

    Un político puede aprender de sus errores, pero una nación también. Y una de las cosas que hemos aprendido es a escudriñar y fiscalizar las acciones de quienes, al pedir nuestra representación, dirigirán nuestra suerte y determinarán en gran medida nuestro destino.

    Lo que vi el año pasado, en lugar de disipar dudas respecto a García, las acrecienta. Mientras, como he escrito, un sector del Apra se enfrentaba valerosamente a la dictadura, otro colaboraba. Recibí en forma reiterada la información fidedigna de que el principal colaborador de Alan García, el ex ministro del Interior Agustín Mantilla, mantenía una relación cercana con Montesinos, pese a haber sido su víctima en el pasado. Síndrome de Estocolmo o no, la relación de Mantilla con Montesinos devino en una de admiración y hasta de afecto de aquél hacia éste. Mantilla sostenía que la maquinaria del SIN era tan fuerte, masiva y eficaz, que toda oposición resultaba ilusoria, estaba condenada al fracaso y que, en consecuencia, lo único que quedaba era negociar o colaborar.

    Hubo luego arreglos con tránsfugas (Cáceres Velásquez) y cuestionables votaciones, como la que sacó a David Waisman de la comisión investigadora de Montesinos.

    En esas condiciones, la presencia de García en la contienda electoral confunde y desvirtúa lo que hasta ahora ha sido un proceso tremendamente positivo, de desmontaje de la dictadura y de construcción de una alternativa democrática con cimientos sólidos y capacidad de un eficaz manejo del Gobierno. En lugar de mantener el debate y la atención en lo que fue y significó el fujimorato, García atrae el debate hacia sí, hacia sus propios desastres y desdibuja por contraste lo que hasta ahora ha sido una nítida percepción.

    La maldición de nuestra república, el ciclo malévolo en nuestra historia ha sido pendular entre democracias demagógicas y dictaduras cleptocráticas. En el penúltimo capítulo de ese ciclo perverso, García nos trajo a Fujimori. Ahora sólo falta que Fujimori nos traiga a García.



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