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Edición Nº 1656 |
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Al único ex presidente a quien se le puede llamar Presidente en este país es a Fernando Belaunde Terry, cuya probidad ha sido absoluta. Y lo dice quien esto escribe, que criticó los últimos estertores de sus gobiernos. Pero a Belaunde la gente lo llama Presidente con respeto, porque se lo merece. La gran diferencia está en que Belaunde salió y se mantiene incólume por su honradez a carta cabal. Que no es lo que otros pueden decir. Su departamento de la Av. Camino Real debe ser la cuarta parte de la mansión de Monterrico. Pero quiero hacer otra excepción: Francisco Morales Bermúdez -pese a no haber sido presidente constitucional-, pero cuyo comportamiento moral y sus virtudes cívicas lo hacen merecer muy bien el título de Presidente. Los dos y ni uno solo más. ¡Qué papel tan desairado y desafortunado el de la embajadora de Costa Rica que acudió al aeropuerto a acompañar a Nicolás Lúcar en su huida voluntaria del país! Y qué desfachatez la del innoble periodista cuando ante las cámaras sonreía como quien se va de vacaciones a gozar del Caribe. Nunca nadie acumuló en su contra la animadversión pública como él. El, Fujimori, Montesinos y ya saben quién. Después de la noche pasada en un hogar humilde de un pueblo joven en el acto más descomunalmente demagógico que conozca la historia del país, el candidato del fujimorismo solapado (¿o no tan solapa?) -que, dicho sea de paso, hasta ahora no retribuye atenciones, como se suele hacer en gente de su clase-, se la pasó de campaña recorriendo barriadas en las que repartía vasos descartables (no sé si con el emblema de Pizza Dominó). Vacíos, por supuesto. La bandera peruana tiene una dimensión reglamentaria, que no me sé de memoria, pero en la que el ancho debe guardar una relación exacta con el largo, para que no aparezca desproporcionada -que es como las venden en los mercados para las Fiestas Patrias. Por eso me extraña que un banco connotado, que acaba de estrenar un edificio de lujo sobre la Vía Expresa, luzca -junto a la de su institución, con legítimo derecho- una bandera que es una salchicha, mucho más larga que ancha. Las instituciones deberían cuidar algo más los detalles. Tengo la impresión de que esas casi gigantes cadenas de cines que existen actualmente en Lima, compitiendo en confort, magnífica visión y perfecto audio, sólo están sirviendo para idiotizar a la gente adulta, porque creo que los distribuidores se esmeran en importar todo lo mediocre que encuentran, salvo raras excepciones, claro, para establecer una coartada. Las películas en cartelera son en su gran mayoría para gente intonsa por debajo de los catorce años de edad y dos de entendimiento. Es una pena si nos comparamos con lo que se exhibe en otros países. Salvo El Cine del Centro Cultural de la Católica, que hace sus esfuerzos para presentar algo distinto, los demás sólo traen al Perú la chauchilla, digamos. Y es así como nos perdemos lo mejor del cine mundial, que jamás llegamos a ver en el Perú gracias a la dictadura y la concertación de las distribuidoras y los cines. Lamentablemente tampoco se encuentra nada potable en los locales de alquiler de películas, en donde prima la misma mediocridad. Si ese sistema lo queremos comparar con algún otro, digamos que se parece a la televisión de señal abierta antes de la huida de Fujimori. El objetivo es el mismo: idiotizar. Una lectora me escribe desde Estados Unidos indignada por mis críticas a Alan García Pérez, hoy candidato a la Presidencia de la República gracias a haberse acogido sin vergüenza alguna a la prescripción de sus sospechados delitos. Y me dice, refiriéndose a un comentario que hice de otra carta, que ella está allá, en Washington, tras haber asistido y sufrido la debacle del primer gobierno de Fernando Belaunde Terry. Feliz ella: salió del país por un sismo de dos grados y evitó sufrir el de 12 grados Escala Mercalli o la que sea. Es decir el seísmo llamado Alan, que destruyó el país, su economía, su moneda, el sueldo de las personas, las carreteras de todo el país y todo lo que estuvo a su alcance. Pero la verdad es que el tema me está cansando, aunque me molesta la benevolencia con la que García es tratado por los entrevistadores de la televisión. Claro que él es un fresco entrevistado a quien no le entran balas, y posee una verborrea verdaderamente admirable (en cuanto la verborrea pueda serlo). Voy a tratar de evitar ocuparme de él en adelante. Pero, antes quisiera recomendar a sus contrarios en la lid electoral adoptar el mismísimo spot televisivo que el Apra difundió para hacer perder a Vargas Llosa y ganar a Fujimori: ese de la máscara siniestra sacado de un filme de Pink Floyd, que anunciaba todo tipo de desgracias. Ese es el indicado y, si no tiene derechos de autor, deberían aplicárselo a AGP.
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