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Edición Nº 1657 |
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Por FERNANDO VIVAS
EN el Perú todos yerran pero nadie se arrepiente. El viejo truco de convertir el delito premeditado en error involuntario tiene por fin evitar los costos del arrepentimiento... Tal vez, si fuera un trend cosmopolita, una moda generacional, la última de Nueva York, París o Buenos Aires. Pero no, en ese caso estaríamos ante el intelectual arrepentido que descubre que sus teorías valieron de poco o nada, algo así como el "pentitismo" que asoló en los '90 a los comunistas italianos tras la caída del muro ¡Qué vamos a deplorar haber remado contra la corriente si los que finalmente nos absorbieron en su remolino eran unos ladrones! Nani Moretti en "Caro diario" chilla contra su generación culposa:
"soy un cuarentón espléndido y no he estado equivocado,
simplemente he vivido mi vida". Ese es el júbilo de los que no
la deben y no la temen en el primer mundo. Dejémoslos en su celebración
de la autoestima y ponchemos a los peruanos que tienen mucho por cantar
y cuando lo hacen, convierten el delito en pecado y el pecado en metida
de pata.
El error te obliga a cambiar de posición y de camiseta sin abandonar tus privilegios. Del error sales con un borrón y cuenta nueva y no, ¡qué miedo!, con pena de carcelería, apanado social o la renuncia al estatus. El equivocado de ocasión ahoga el sentimiento de culpa en una chela con los amigos apañadores y un cínico ¡qué huevón que fui! Luego mira a la cámara y ofrece un canje: que fustiguemos el poco prestigio que le queda, qué importa, pero no nos metamos con sus privilegios. Así estamos: el honor vale menos que la fortuna en el Perú post-Fujimori. El arrepentimiento, en cambio, te obliga a la entrega y al sacrificio, a colaborar con la sociedad y a ofrecerte de lección en carne viva en señal de expiación. Es fácil corregir un error, es difícil redimirse de un delito o un pecado capital. El arrepentido renuncia a sus gollorías y jamás se corre de la justicia. Si Raúl Romero estuviera de veras arrepentido dejaría de payasear en Canal 5. Luis Bedoya Reyes reclamó el limbo para su hijo Luis Bedoya de Vivanco. El PPC perdona el pecado de transar con Montesinos pero no el escándalo de ser zarandeado por la Policía. Luis hijo se salvó del infierno de las rejas y con una ayudita de sus correligionarios y de sus aliados del Opus Dei hasta podría llegar al paraíso. Si estuviera arrepentido, por lo menos hubiera renunciado a la alcaldía y pedido disculpas en público. Otros tienen un afán de poder y de lucro más grande que su conciencia. Son los corruptos a secas. No se consideran equivocados ni menos arrepentidos. Sólo lamentan no haberse cubierto suficientemente las espaldas, no haber operado a través de terceros, no haber evitado la cámara escondida. Su rutina es un continuum de estrategias evasivas, alibis, cortinas de humo y alegatos de persecución política según consejo de Eduardo Calmell. Si la maquinaria les funciona entonces se relajan y hasta ríen. Ya no defienden el honor ni el prestigio que acaban de perder sino la fortuna que amasaron. Una peruana me cuenta que la semana pasada se dio de bruces con esta postal del horror en el lobby del Hotel Intercontinental de San José de Costa Rica: José Francisco Crousillat, Oscar Dufour, sus mujeres e hijos. Nicolás Lúcar no tardaba en llegar. Cuando los corruptos se reúnen y están en líos, conspiran. Los corruptos han comprometido a poderosos. Eugenio Bertini del Wiese Sudameris, el banco favorito de Montesinos, fue entrevistado por la conductora del programa dominical de un canal de televisión local (así menciona el 5 a la competencia ¿no?). Mal jugado señor banquero pues usted pudo quedar mejor si se dejaba encarar por una entrevistadora menos concesiva. No prejuzgo su complicidad con Montesinos, eso sería irresponsable; pero qué pena no haberle oído decir que lamenta haber acudido al SIN a pedido del Asesor a arreglarle problemas financieros a la familia Crousillat. Felicito a los camarógrafos que, hartos de vladivideos obra del anonimato de una cámara oculta, se pulieron en la conferencia de prensa de Dionisio Romero. ¡Qué sensacionales zoom backs como los que vi en N, en el 2 y en el 5, abriendo desde un primer plano del magnate hasta verlo empequeñecido en la cabecera de su ostentosa mesa de directorio! El roche del Kane local, con profundidad de campo digna del filme de Welles, en el noticiero del día. Las preguntas ¿cuánto vale el honor y cuánto vale la fortuna del hombre más rico del Perú?, ¿qué cálculos de prestigio, transferencias de disculpas, fusiones de valores, lo llevaran a admitir error o arrepentimiento por haber tramitado influencias con Vladimiro Montesinos?, ojalá se respondan pronto y sirvan de ejemplo.
Escribe BEATRIZ MERINO
¿Qué es la TV para mí? Veamos: ¿Quién me va a convencer de que Rin Tin Tin no fue mi perro? Acaso no estudié derecho por culpa de Perry Mason? Mis sábados con Augusto y Trampolín eran tan graciosos... En el '70 seguí a nuestra selección con mi TV, mi camiseta nacional y pop-corn junto a toda la familia. ¿Cuántas veces me he emocionado al ver y escuchar a Horowitz o a von Karajan y recordar mis conciertos de juventud en Londres? Sin la TV, Pink Floyd y Elton John hubieran sido emociones de conciertos a los que asistí durante 3 ó 4 horas, sin embargo, durante años he podido revivirlos por la TV. Conozco la creatividad de los grandes actores, me informo de libros de vanguardia que me provoca leer: Larry King, Oprah, César Hildebrandt. Nunca tuve que gastar en ir a las Olimpiadas: cada brazada de Mark Spitz, cada golpe de Sugar Ray Leonard, lloré con Zola Budd y el Dream Team de Barcelona '92 me convirtió en una fanática de la NBA (el año pasado lo vi en 5 países). Conocí políticamente a Mario Vargas Llosa resfriada y arropada mientras él hablaba en la Plaza San Martín: me lo presentó mi TV; lloré una semana sola por mis queridos aliancistas caídos en Ventanilla. El dolor de las madres de los policías que enterraban a sus hijos me sacudió cada noche por años, y no dormí dos semanas ni dejé dormir a nadie en mi casa por mis gritos cuando nuestras voleibolistas perdieron por un punto en Tokio. Extraño a las Utilísimas y agradezco a Dios por Canal N. ¿Y la política? Gracias a la TV pude conversar con mi país 10 años. Me permitió abrirle mi corazón para compartir mis sueños y principios. Hoy para mí, ver TV es mucho más que ese tonto electrodoméstico de 14 pulgadas.
Nueva Antena
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