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Edición Nº 1658 |
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¡Si al menos pudiéramos ver un video en el que Alan García le proporciona a Siragusa el número de la cuenta en Gran Caimán en donde depositar los 800,000 dólares que, dice Siragusa, le pidió Alan García! Pero ese video tendría que haberlo filmado Siragusa, lo que evidentemente le era imposible de hacer porque la cosa fue en Palacio, aunque el cheque o el depósito en la cuenta de su amigote Zanatti en Gran Caimán sí parecen estar probados. Lo quise decir en la edición anterior, pero me faltó el espacio: Me pareció extraordinaria la actitud de los jóvenes que aparecieron espontáneamente en la puerta del canal 5 para manifestar contra Raúl Romero, por las desenfadadas e irresponsables declaraciones aparecidas en el antepenúltimo número de esta revista. Es una maravilla enterarse que en el país hay todavía capacidad de indignación. Y no sólo en la juventud, sino en personas como el presidente Valentín Paniagua, el alcalde Alberto Andrade y el presidente interino del Congreso, Carlos Ferrero, que le dieron aquel domingo famoso una lección de dignidad al pobre (¿pobre?) Lúcar. Me desconcierta, y lamento, porque me parece una debilidad contraproducente, que el Jurado Nacional de Elecciones haya autorizado a quienes no votaron en las elecciones pasadas a hacerlo en las próximas sin llevar en su libreta electoral el holograma respectivo. Ya sé que muchos no votaron por solidaridad con Toledo, pero quienes eso hicieron deberían por lo menos asumir su responsabilidad y ponerse a derecho por unos cuantos soles, es decir, pagar su multa y hacer que sus libretas electorales luzcan el mencionado holograma, como hasta hace poco era de ley. Perdonando, perdonando -las deudas cívicas o las comerciales- no se avanza sino que se desprestigia el principio de autoridad. Y se fomenta el ausentismo electoral en este caso. O el perro muerto en general. Probablemente la mayoría de las personas detestan los aeropuertos. Yo no. Porque como ya no acudo al Jorge Chávez a despedir a nadie (¡que se las arreglen!), si estoy en él es porque voy a viajar, y eso sí me gusta con deleite. Por eso me ha dado una doble satisfacción el que el de Lima-Callao haya sido transferido en usufructo por un tiempo a la empresa que maneja el aeropuerto de Frankfurt, en el que he tenido la suerte de estar varias veces. Si usted no lo conoce, merecería la pena que se compre un pasaje para esa ciudad, conozca su aeropuerto y, si no tiene otra cosa que hacer, se regrese enseguida. Porque el aeropuerto de Frankfurt es casi una ciudad, dinámica y entretenida como pocas. No sé si será porque es alemán, pero allí todo funciona. Si uno tiene que esperar una conexión, toma su carretilla, pone su maleta en ella y se lanza a caminar, subiendo con carretilla y todo por las escaleras mecánicas de uno a otro piso, como si nada, ¡super shopping, como se dice ahora! Allí se confunden alemanes con hindúes, peruanos, turcos, chinos y de todas las nacionalidades. Por eso me satisface que la concesión de nuestro primer aeropuerto la haya ganado la empresa que lo dirige. No va a ser lo mismo, claro, pero que va a mejorar notablemente, va a mejorar. Entonces hasta me daré el trote de ir a despedir a mis amigos. ¿Y usted por quién va a votar?: esa es la pregunta de cajón que le hacen a uno cada vez que sube a un taxi. Por eso, me sospecho que las empresas encuestadoras trabajan con los taxistas. Quizá a un sol por taxi. ¿O es mucho para los resultados aparentes que tenemos? Los carnavales son, al menos en el Perú, un retrato de nuestra sociedad: Aquí los pobres aprovechan para aliviar sus frustraciones agrediéndose entre sí a baldazo limpio, aún en sectores en los que el agua escasea y es costosa. Atacan también a todo micro que se les pasa por delante, con la furia de la gente que tiene que movilizarse en esos vehículos. Los acomodados, por su parte, se sacan el gusto con fiestas de disfraces y jaraneándose, como si nada sucediese a su alrededor. Pero donde los carnavales se convierten en una fiesta infame es cuando, en Ancón, manganzones entre veinte y treinta años, parapetados en los pisos altos de sus edificios, y escondiéndose luego de hacerlo, agreden a globazos, con verdadera furia racista, a todo cholo que pasa por el malecón, de regreso "a su humilde hogar", como dice el vals de Felipe Pinglo. Y hay hasta algunos que les enseñan a sus hijitos a hacerlo. Los psicólogos deberían estudiar los carnavales. Allí hay carne para mucho. En otras épocas, a decir de don Francisco de Quevedo, el dinero era un poderoso caballero. Hoy en día un siniestro asesor -claro que con dinero mal habido- terminó siendo ese poderoso caballero (bueno, caballero-caballero no), doblegando a banqueros y políticos por igual. Ellos eran los que iban al SIN a pedir prestado, si no dinero, influencia y favores. Ante él, todos ellos arriaron sus banderas. Los que las tenían, claro. Porque hay quienes no tuvieron, no tienen ni tendrán bandera. ¡Qué pena! Lo que sí satisface es que ocurra ahora lo que hace años hubiese parecido inconcebible: que una mujer sea candidata, y con posibilidades. Mejor o peor, no sé todavía, pero con posibilidades. ¡Chapeau (pronúnciese chapó) por ella! Es decir, de quitarse el sombrero. ¡Y eso que todavía no he hecho mi selección! Lo único que sé es por quién no voy a votar. ¡Adivinen!
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