|
Edición Nº 1660 |
||||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||
|
|
Gritos
y Plegarias
DOMINGO 4 de marzo, cerca del mediodía. El sol cae implacable sobre moros y cristianos mientras, desde el atrio de la Catedral de Lima, Juan Luis Cipriani se dirige a una feligresía algo rala, que no alcanza a llenar la cuarta parte de la Plaza Mayor. Cerca de la pileta, un coro frenético lucha por aplacar los cantos que vienen del altar... ¡Cipriani cardenal! ¡Vergüenza Nacional! El aire de este mundo está enrarecido por esta pugna entre ecos gregorianos y la voz del pueblo convertida en furiosa voz de Dios. Hay algunas escaramuzas entre devotos y manifestantes -con celestiales palos de Policía de por medio-, al punto que el propio purpurado se enfurece y sentencia. ¡Si no tienen fe, váyanse! La misa pública de bienvenida al cardenal continúa pero en medio de evidentes tensiones. Un cordón de hermanos morados rodea la Plaza, como queriendo producir el milagro de la reconciliación. Pero el clima es de enfrentamiento. Cualquier San Martín de Porres corre el riesgo de ser devorado por la multitud. ¿Qué ha pasado en esta tierra del Señor para que vivamos esta especie de cruzada de beatos contra agnósticos o aún de cristianos contra cristianos? Como ya hemos señalado en varias ediciones de CARETAS, la distinción cardenalicia de Cipriani no ha sido precisamente el maná que ha calmado el hambre de fe de muchos creyentes. Ha provocado controversia, incluso en los predios obispales, debido
a los pecados de la lengua que el ex arzobispo de Ayacucho y hoy arzobispo
de Lima y cardenal ha cometido más de una vez. Basta recordar su
memorable sentencia sobre la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos
-"esa cojudez"-, que ha pasado a la historia como el summum de lo impronunciable
para cualquier cura.
En un momento en que el fango de la corrupción amenaza con embarrar al más impoluto de los peruanos, a muchos ciudadanos -católicos de misa semanal varios de ellos- la figura del cardenal no se les antoja como faro reflector. El problema es que estuvo ausente, cuando las papas quemaban, cuando la gente desaparecía, cuando los periodistas eran ajochados, cuando las elecciones eran una trafa sin perdón de Dios. No sólo calló sino que encima habló mal de quienes querían vivir el Evangelio en las calles y no en la sacristía. Sólo tardíamente, cuando ya había caído el telón, se sumó al coro de los que pedían el fin del oprobio. Eso se puede reconocer, pero, ¿por qué pedirle a los católicos o no católicos borrar de su memoria otros episodios ingratos? Se les puede pedir mesura, eximirse de insultos, mas no olvidar. Si ha de existir el perdón entre el cardenal y sus detractores la condición será recordar la triste inmensidad de las palabras del purpurado. Distingamos. Cipriani no es monseñor Desmond Tutu, ese héroe de la resistencia contra el apartheid en Sudáfrica; ni Arnulfo Romero, el obispo que amó hasta la muerte a los salvadoreños. Pero tampoco es Adolfo Hitler. Es exagerado llamarlo "asesino", pero es igualmente destemplado rotular como "neofascistas" a quienes han salido a las calles a criticarlo. En el espacio reducido de los membretes, se puede agotar la sana intención de reconocer que hasta el Papa puede levantarse un día con el pie izquierdo< (Ramiro Escobar).
|
|||||||||||||||
|
|
||||||||||||||||