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Edición Nº 1660 |
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Por LORENA TUDELA LOVEDAY Quiero
ser Igualita a Ella
Bueno, a qué viene lo anterior. Muy sencillo, todo ese asunto del paradigma, el modelo y el coño de la Bernarda, se me fue al cacho el otro día, cuando descubrí, pucha, que el único ser al que me quiero parecer en este mundo adefesiero, es a la Pinchi Pinchi. La otra noche, hija, me estaba arreglando para el cóctel de despedida a los embajadores de Birmania que había organizado Marishienka (pobre, se ha subido por lo menos cuatrocientos gramos, lo siento, las verdades hay que decirlas), y cuando me di cuenta, hija, no sabes, inconscientemente me había tirado el pelo para atrás con horrores de gel, tenía puesto un sastrecito celeste de bitch de Gamarra con el saco culinchi y unos lentes de marco cuadraditos que me hacían una cara de mala tal, que si me veías caminando por la calle te cruzabas la pista, no sabes. Con decirte que cuando llegué a la casa de Marishienka (pobrecita, estaba con los codos más rugosos que nunca) y me encontré en la puerta con mi tío Javier y mi tía Marcela, pucha, el pobre (que anda tan ocupado) no solamente no reconoció a su sobrina favorita sino que mandó a Cotito -su jefe de seguridad- a seguirme por toda la fiesta, mientras le comentaba a mi tía, en un tono por demás muy poco torretaglesco, que entre los daños irreparables operados "por la entraña gangsteril del par de sátrapas ésos, está que hoy te puedas encontrar en reuniones de gente decente con cualquier personaje de media mampara a los que antes ni te tomabas el trabajo de nominar". La cosa es que, hija, desde que he descubierto que existe la Pinchi Pinchi, ya dejé de ser Lorena Tudela Loveday, ¿te imaginas?: cuarenta años dedicados a construir -día a día- un modelo de mujer moderna, para terminar obsesionada por una contrabandista de chafalonía, qué quieres que te diga. Pero así es el mundo. Y me dirás, ¿qué tanto te gusta de esa mujer con cara de cuchillo y primaria dudosamente completada en un colegio nacional de Tarapoto? Te contesto: muy sencillo, su concha, hija. ¿No has visto cómo no se le mueve un pelo a la hora de declarar ante la comisión de Woody Allen Waisman, que ella estaba casada con otro contrabandista, que vivían en Miami (me imagino exactamente dónde y cómo), que se aburrió de ser pobre, que empezó a traer bisutería de cuarta escondida en el zolcan y cuando se dio cuenta, pucha, amasaba más millones que Roque, Dionisio y Manuel Pablo juntos al punto que le pagaba noventa mil dólares mensuales al viejo pederasta del Montachino para que le llevara la SUNAT? Ay hija, en cambio una, temblando como una hoja para que nadie se dé cuenta de que las esmeraldas que lleva en el matrimonio de fulanita, son las mismas que le regaló la reina Victoria a la abuela, porque es de pésimo gusto andar ostentando, ¿te das cuenta del engaño en el que nos sumieron las monjas del Villa María? Porque además -y esto es lo más grave de todo- me han contado que la cool Pinchi Pinchi es tan pero tan Niupe (de New y Perú: entiéndase por ello psicopático-maquiavélico -cholo pendejo- alanista), que está a punto de seducir... ¡al incorruptible Cholón Ugaz, el mismo que a mí, con toda mi clase y mis modales de Romanov, se me ha escapado de las aristocráticas manos! Qué cojuda que he sido, de hoy en adelante, Pinchi Pinchi o muerte, venceremos. Chau, chau (Rafo León).
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