Edición Nº 1662

 

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    22 de marzo de 2001
    Por AUGUSTO ELMORE


    E
    SPERANDO no se me confunda con el anterior oficialismo, voy a decirlo claro: la toma de la embajada del Japón constituyó un suceso militar absolutamente admirable, al punto que me extraña que la industria cinematográfica norteamericana, tan propicia a destacar esas epopeyas (recordemos si no "Entebbe") no le haya dedicado ni un milímetro de celuloide, como sí parece haberlo hecho algún empresario ruso o sabe Dios de dónde, que con actores de esa nacionalidad, realizó la película que se exhibió recientemente en la televisión -como un golpe bajo y sin preaviso-, haciendo una parodia grotesca de lo acontecido. Lo afirmé desde el primer día, y me reitero: la toma fue un acto maestro de estrategia militar, no importa quién lo haya planeado, porque a quienes hay que admirar es a los comandos que lo llevaron a cabo. Y en su oportunidad rechacé las críticas organizadas que se hicieron en todo el mundo, en connivencia con el MRTA y sus secuaces. Y por cierto que lo que, casi cuatro años después, diga al respecto el diplomático japonés -víctima quizá del síndrome de Estocolmo- no tiene por qué ser cierto ni empaña lo realizado.

    Es cierto que ha podido ocurrir allí alguna ejecución sumaria. La violencia de la toma de la embajada, con la gran cantidad de pertrechos de muerte de los que no se deshacían ni un segundo los emerretistas- puede haber ocasionado una violencia no justificada y hasta culpable de parte de quienes allí estaban exponiendo sus vidas para salvar a los rehenes. Pero creo más en la palabra sensata del padre Juan Julio Wicht, testigo de excepción sobre el que no puede caber la menor duda, que afirmó que la situación en la embajada -cuando el asalto de los comandos militares- era absolutamente ensordecedora, y la visión de los allí presentes, por el polvo levantado por las explosiones, no sobrepasaba los cuarenta centímetros. Difícil ver y oír nada, pues. Pero el mismo padre Wicht reconoce que cualquier cosa pudo suceder, pese a lo señalado antes. Y claro que sí. Pero no serán los violentistas del MRTA que aún quedan los que pueden tomar la palabra a ese respecto. Ellos fueron asesinos antes. Asesinaron a sangre fría, tras haberlo hecho reducir cuarenta kilos de peso en un encierro infame, a ese afable minero que fue David Ballón, entre otros.

    Los subversivos armados, que estaban allí armados hasta los dientes, en todo momento expresaron que jamás se rendirían. Decir que lo hicieron no es lo mejor que se puede decir de un combatiente. Si lo hicieron durante el feroz enfrentamiento y en medio de la confusión del momento y la batahola que allí se armó, será difícil de saber.

    Que el descubrimiento de la monstruosa actuación de Montesinos no salpique a cualquier parte ni sirva para confundir. De otra forma la sombra maligna del asesor pesará ya no solamente sobre el presente, sino también sobre el futuro de los peruanos.

    Alan García habrá sido el peor Presidente de la historia del Perú (aunque el título hay quien ahora se lo disputa), pero hay que reconocer que es un estupendo marketero, como se dice en el argot usual. Seguramente que guiado por la mano experta de Hugo Otero, últimamente se ha promocionado en una forma absolutamente exhaustiva, habiendo aparecido en un largo reportaje en esta misma revista, en diez páginas del dominical de La República (en algo que se parecía más a un publirreportaje), en el programa de Magaly Medina y en cuanto medio de información existe, siempre con la locuacidad, gracia, donaire y sanfazón que lo caracterizan, demostrando ser a prueba de balas. ¡Admirable!: ¡Lástima que haya sido tan mal Presidente!

    Un spot televisivo de la ONPE informando sobre la importancia de votar se equivoca de medio a medio cuando lo relaciona a una selección de fútbol, la peruana, por supuesto. Porque si vamos a elegir a los congresistas con el mismo criterio con el cual se ha elegido a los jugadores de la selección peruana de fútbol, ¡estamos perdidos!

    La inspección de la Comisión Waisman a la base aérea de Chiclayo, con el propósito de investigar acerca del estado de los aviones adquiridos en forma sospechosa, fue de un éxito lamentablemente estrepitoso. Si no hubiera ocurrido el accidente, los legisladores que estuvieron allí se hubiesen parecido más al juez Salvatierra aquel, que se subía a los postes para ver si existía chuponeo. Lo digo con toda simpatía, pero ¿qué saben el señor Waisman y la congresista Townsend sobre aviones? ¿Cómo iban a saber si estaban en buen o mal estado? Infelizmente tuvieron la respuesta casi de inmediato, sin necesidad de ser expertos. ¡Qué suerte para la desgracia, como decía Biondi!

    Lo que sí me parece una exageración que se quiera convertir en otro héroe estilo Alfredo Salazar al piloto del avión siniestrado, porque éste no se estrelló sobre la ciudad, supuestamente gracias a su pericia. Claro que algunas veces los aviones de la FAP caen sobre la gente (remember Pisco, dos veces), pero ¡ya basta de esos héroes!, por favor.

    A quien el gobierno peruano debería tratar de extraditar es al empresario de nacionalidad chilena que, al mejor estilo de la mafia, y con el mismo lenguaje, trató con Montesinos (que parece no se perdía una, y que aprovechó para manifestarse admirador, claro, ¡cómo nó! de Pinochet) el asunto de la fábrica de fideos construida en una reserva natural. Los buenos empresarios chilenos afincados en el Perú deberían sentir vergüenza de tal sujeto, y guardar distancia en forma pública para no ser confundidos.



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