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Edición Nº 1662 |
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Por JAIME BEDOYA
Hay que tener...
¡boloñas, boloñas, boloñas! para que siga lo bueno y lo malo no vuelva jamás. En este simple pero efectivo recurso paranomásico, donde se suplanta un término por otro de similar forma o sonido, logra un prodigio propio de la profecía poética: insuflarle nuevo valor semántico a una palabra. En este caso, el significante, en un valiente desprendimiento pocas veces visto, no es sino su propio apellido. El significado que adquiere es obvio. Lo cual permite un primer teorema: boloñas = bolas Bolas, como es de público conocimiento, es uno de los mas simpáticos términos con que la jerga popular se refiere a los testículos. En efecto, al lado de huérfanos, porongos, verijas, alforjas, gemelos, etc., bolas funge de apelativo perfectamente inocente y juguetón. Efecto benéfico que se intensifica, y hasta dulcifica, al transformarse en boloñas.
En la etimología misma de la palabra matriz de esta génesis semántica, hállase el nervio de la argumentación. Testis, en latín, significa prueba. Al añadírsele el sufijo diminutivo -culus, deriva en testículo, o implícitamente, pequeña prueba, término idóneo para referirse a los modestos en tamaño pero gigantescos en virilidad avales masculinos. Consecuentemente, cuando se argumenta que hay que tener boloñas para confirmar el arrojo atribuido a los machos de la especie, implícitamente se acepta que -desde ahora en adelante- allí donde se lea boloña se puede leer también teste, sin pudor y sin ofensa. Hablar de buen o mal gusto en este acto voluntario de amor al lenguaje y sacrificio del propio nombre y el de los hijos de sus hijos es algo accesorio cuando las motivaciones finales no pueden ser sino las de hacer patria. Sin embargo, no hay apuesta sin riesgo. Es cierto que desde siempre el testículo ha suscitado una fascinación en la cultura humana. El potente misterio que encierra su ovoide naturaleza de apenas 24 cm3 crepita en el toro y erupciona en las divinidades báquicas, enriqueciendo con su espumoso caudal el río de la historia. El burbujeante y feliz andrógeno, química mágica que encierra el misterio mismo del ser macho, es razón de su existir, dignificando su misión más allá de limitarse a mero colgajo de entrepierna. Pero, simultáneamente, es justo reconocer que con su carga de fortaleza y coraje connotados llevan también el riesgo de cruzar la frontera y convertirse en pesada tara, sinónima de escasez intelectual y mediocre ingenio. Es decir, hacer de su portador, un huevón. El doctor Oscar Pamo Reyna es autor del libro Medicina y Lenguaje1. En su doble condición de galeno profesional y lingüista amateur, tuvo la gentileza de responder telefónicamente a una consulta sobre tan delicada índole, añadiendo lúcidamente los alcances del tema que nos ocupa. Refiere Pamo que, a diferencia del pene, el tamaño de los testículos es promedio a nivel mundial, siendo el izquierdo siempre más grande que el derecho. Datos sin duda interesantes, pero es en lo siguiente donde reside lo medular: Cuando debido a alguna inflamación su tamaño se hace excesivo dificultan el caminar, y es en este pesado andar en que el científico encuentra la relación establecida popularmente entre el ser pelotudo y el ser lento de ideas. Momento oportuno para citar a Pamo Reyna: La palabra epónimo es de origen griego (epi, sobre, ónomas, nombre) y se refiere, según definición de la Real Academia de la Lengua, al héroe o persona que da su nombre a un pueblo, a una tribu, a una ciudad o a un período o una época. Así tenemos las columnas de Hércules, el pueblo de Abraham, el mar de Behring, el siglo de Pericles, etc. En lo referente a la medicina, tendríamos el bacilo de Koch, los fagocitos de Metchnikoff, las células de Kupffer, el órgano de Corti, el signo de Babinsky... Sería interesante preguntarnos si acaso no estuviéramos siendo testigos, sin saberlo, del nacimiento de un epónimo, el síndrome del Boloñismo.
Este recién bautizado desorden, tal como la duplicidad de los apéndices que le dan nombre, tendría dos vertientes. La positiva apunta al valor tradicional de valentía y arrojo que suelen asociarse con ellos. La negativa, tiene que ver con aquella ingrata situación que lleva a ciertos desafortunados a caminar por el mundo patéandose sus partes nobles sin compasión. El Boloñismo es de autoconfeso valor negativo cuando Carlos Boloña hace poesía2:
Hijo de la razón,
hombre del siglo veinte, bastardo de la ilusión, ¿quién te imputó el sentimiento? Pero el Boloñismo transpira astuta testosterona cuando se considera que el autor de los versos anteriores es el mismo que es socio de Raúl Diez Canseco (Perú Posible) en la Universidad San Ignacio de Loyola, es socio de Samuel Winter (San Jorge) en Dominos Pizza, y es socio de Rafael Rey y Barba Caballero (Unidad Nacional) en una fallida alianza electoral de 1997. Y que ese autor es el mismo que gastó aproximadamente US$15 mil en avisos publicitarios defendiendo a Montesinos, atacando a los partidos que firmaran el Pacto de Gobernabilidad y todo gobierno anterior al de Alberto Fujimori3. Esto permite concluir que el Boloñismo es múltiple, orgánico y polivalente, manifestándose pendularmente entre un acompasado ir de la pelotudez a la pendejada en rítmico arcadas de vitalidad. Esto queda corroborado en los Diez Mandamientos que a manera de decálogo del éxito personal el propio Boloña hiciera públicos hace algunos años4 y que hoy deviene en credo del Boloñismo. Bastan los tres últimos dictados, en orden inverso, para certificar el carácter visionario que lleva ímplicito este síndrome. Las referencias en paréntesis son nuestras:3 10) Haz lo posible por salir en la foto. (véase: pijamas partys en asentamientos humanos). 9) Las facturas siempre se pagan. (véase: Boloña y sus empresas tienen deudas por más de 14,8 millones de dólares). _______ 2 "Don Eleazar Boloña y Dañino, Escritos Literarios", Lima, 1996, libro dedicado a su abuelo donde incluye poemas de su autoría perfectamente atribuibles al vate casmeño Dennis Angulo. 3 Enero, 2000. 4 Diario Gestión (25/4/96)
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