Edición Nº 1663

 

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    ARTICULO

    29 de marzo de 2001

    Una Invitación al Ingenio
    "El Perú sólo ha sido grande cuando ha creado, y ha sufrido decadencia cuando mermó su creatividad".

    Belaúnde: "El pueblo no exige milagros, reclama tan sólo esfuerzo".

    Escribe
    FERNANDO BELAUNDE TERRY

    ESTAMOS llenos de recuerdos, permítasenos reeditar algunas de nuestras experiencias.

    Los Andes grandiosos y amenazantes, dijimos alguna vez, la Selva ubérrima, con sus soledades y sus privaciones, con sus bellezas inéditas, con sus caminatas y sus ascensos, con su territorio que va desde la aspereza de la roca hasta la plasticidad del fango, ocultan riquezas, cuya extracción es una invitación al ingenio, un reto al esfuerzo.

    En nuestros primeros recorridos dijimos: "La cordillera es un orfelinato de pueblos olvidados". Poco después, impresionados por la Costa, agregamos: "La naturaleza, en su sabiduría, compensa la aridez del desierto con la fertilidad del mar".

    Es un concepto fundamental para comprender la compensación pesquera del Perú, que ha dado grandes resultados, pero que aún es una gran promesa del porvenir.

    En la Sierra nos conmovió la leyenda de su lucha. El poema de su viril defensa. Cangallo -dijimos- fue condenada a ser borrada del mapa, arrasada desde sus cimientos por el implacable Carratalá, para que "nunca más pudiese reedificarse". Y, en elocuente desmentido histórico, está allí altiva, gallarda y victoriosa, sin que nadie pueda destruirla.

    Pero, la lucha requiere sudor, mas no sangre. Trabajo mancomunado, mas no insurrección. Ideas y no violencia. Héroes de la paz y no de la discordia. ¡Vida y no muerte!

    ¡He visto en cada choza andina un pesebre de Belén y en cada rincón peruano, una esperanza de redención! Nos hemos refugiado allí para disfrutar de su luz y despejar, con la de nuestro tiempo, sus tinieblas. En aquella ciudad que no está muerta, que está dormida y sueña, Machu Picchu, se medita mucho por su mensaje viviente. Alguna vez la comparé con Pompeya, destruida por la lava del volcán. Su limpieza atestiguó el pecado en una vida un tanto licenciosa, mientras, en Machu Picchu, el desbroce exaltó la virtud, se descubrió en las tumbas las mujeres, porque los hombres estaban luchando por su libertad.

    Yungay inolvidable, bajo el manto de las inundaciones, perturbó alguna vez mi largo destierro. Arrasada por la naturaleza, cubierta por la mortaja de granito y barro. Cuando me enteré, me consolé diciendo que las víctimas de aquella hora trágica, murieron en Yungay ¡qué hermosa tumba!, pero anuncié, con acierto, que las nuevas generaciones forjadas en la esperanza, nacieron en Ancash ¡qué bella cuna!

    "EL PUEBLO LO HIZO", LEGENDARIO LEGADO

    Hizo el camino, el templo y las escuelas. Elevó la andenería y contuvo el torrente. Recogió los escombros. El tema peruano es tema universal. Porque el mundo hace suyos a los pueblos donde brotó el chispazo de la idea, donde se produjo el milagro de la belleza creada.

    No somos, pues, inventores, sino herederos de una doctrina. El Perú sólo ha sido grande cuando ha creado, y ha sufrido decadencia cuando mermó su creatividad. Pero dejando un gran mensaje: "No habrá equitativa distribución de la riqueza, si no hay una equitativa distribución del saber". Tal fue mi exclamación al fin de largos peregrinajes.

    Y, quedó eterna una noble directiva: sudor mas no sangre, fraternidad y no discordia, sustancia gris y no espuma de ira. Por acción popular surgió una ciudad misteriosa y poética en la cumbre de la montaña, y se elevaron catedrales sobre los cimientos de los templos paganos. ¡Por acción popular ha dado frutos el desierto! Dentro de una intensa emoción dije, al fin de mi primera jornada: después de cada golpe de pala, sentir el eco de una voz que a nombre de la Nación os dice, ¡Gracias y adelante..!

    Ante una maqueta de Machu Picchu, "aquella ciudad que no está muerta, está dormida y sueña".

    EN EL FRAGOR DE LA LUCHA

    La violencia esa compuerta que clausura los cauces del talento y del amor, siempre me preocupó hondamente. Mas no tocamos doblegados las puertas palaciegas, ni buscamos la ayuda de los poderosos. Fuimos, en cambio, al encuentro de los humildes y los débiles, y es a ellos a quienes les debimos nuestra fuerza. No soy un mensajero de discordias, sino el peregrino de la fraternidad nacional, dije al emprender la fuga del dramático penal de El Frontón. A esos penados que sufren dejo estas palabras de aliento: ¡Dios siempre perdona y la Patria siempre espera!

    En aquellas conquistas opacadas por el contraste de víctimas y victimarios, de himnos victoriosos y de lágrimas, de botín y de muerte, no pudo haber el entusiasmo y la decisión que suscita la idea del Perú, de los peruanos y para los peruanos. ¿Y qué dijimos de la Plaza del Cusco? Son 360 grados de obras de arte. Huellas de la mano de Dios y de los hombres. No hay plaza que iguale a la del Cusco y ninguna merece más que ella para definirla que estas palabras: ágora de América.

    EN LA MAJESTAD DEL PARLAMENTO

    "Los últimos serán los primeros", dicen las Sagradas Escrituras. Fue la introducción de mi mensaje al Congreso, en 1963: "Permitidme que, inspirándome en ellas, dedique la majestad de este momento a la altiva majestad de los pueblos olvidados del Perú. Y, ese olvido termina hoy aquí, en el Congreso, en el acto primero y trascendental del gobierno que presido. El establecimiento de la autenticidad municipal".

    Pero, el gobierno es exigente, una explicable vehemencia de progreso reclama redoblada acción. Se llega hasta negar lo realizado. La crítica es severa y exigente. Se ataca: ¡pero el pueblo tiene fe! Sabe bien a quién da su confianza, gusta de una mirada limpia y una trayectoria recta. Nunca es verdugo y siempre indulgente con quienes le quieren bien. No exige, el pueblo milagros. Reclama tan sólo esfuerzo. El pueblo no endiosa a los hombres, sabe bien que en esta hora él mismo es soberano.

    "Guardaré y haré guardar la Constitución y las leyes". Nunca en la vida de la República, la frase ritual repetida con regularidad de plegaria, tuvo mayor contenido de fe ni más sentido profundo de realidad. Nos dirigimos al pueblo, nuestro maestro, al humilde, nuestro maestro, y los analfabetos, nuestros excelsos maestros que nos enseñaron a leer el mensaje de la historia Dije, al comentar obras: El pueblo percibe la actividad arrolladora y se pregunta por doquier ¿qué rumor es este de vida, qué chispazo de creación?

    ¿De dónde este vibrar de máquinas, esta orquestación de herramientas en movimiento, este triturar de rocas?

    ¿De dónde el aliento agitado de hombres y mujeres que trabajan cantando y esa fragancia de Selva desflorada? El historiador sabiendo que la historia se repite, nostálgico de glorias andinas, presagiaba la respuesta: ¡Es el Perú que despierta!

    En 1967, hice el único viaje al exterior de todo mi período. Se me escuchó con atención. Sostuve la tesis de que la primera prioridad radica en las obras de sentido continental.

    La multitud se congregó espontáneamente en la Plaza de Armas a mi regreso. Yo casi no sabía qué decir y comencé con esta letanía: "¡Tu presencia es el mayor honor que yo esperaba! ¡Tu civismo justifica y enaltece nuestra causa! ¡Tu lealtad despeja todos los pesares, compensa todos los sacrificios! ¡Fui sacado del sitial que tú me diste mientras el pueblo dormía!". Contrasta esa partida en la penumbra de la noche, metralleta a la espalda, con este encuentro a plena luz. Sentía la necesidad de cerrar adecuadamente mi honda expectativa.

    Alguien me lanzó de la plaza un laurel. Lo cogí en el aire y respondí: "Y qué laureles me alcanzas, si tú te los ganaste". Cuando volví del destierro y me esperaba un retorno al sitial presidencial, dije: "Aquí estamos. Dijeron que no nos permitirían pisar tierra peruana. Fueron generosos con la injuria y mezquinos con la verdad. ¡Y aquí estamos! Estamos prendidos de nuestras raíces ancestrales para decirles a propios y extraños que jamás permitiremos que se nos arrebate nuestra Patria. ¡Aquí estamos y estaremos en el vigor de la vida y la quietud de muerte!

    Han pasado los años, se acorta mi existencia. Pero se extiende al infinito el porvenir. Tengo fe en el pueblo peruano. Creo conocerlo bien. Escribirá nuevas páginas para enriquecer la doctrina del Perú. Se iniciará pronto un nuevo gobierno. En la infinidad del futuro veo con intuición, el reencuentro de nuestra pasada grandeza. No hablemos de desorbitadas ambiciones, pero sí de aportes en todo lo que conduce al engrandecimiento espiritual, es en ese campo donde el destino le asigna una gran tarea al Perú. ¡Hay que cumplirla!

     


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